Occidente quiere el desarme de Hezbolá, pero no facilita los medios al Líbano

Gwenaelle Lenoir (Mediapart)

Hace tan solo unas semanas nadie habría apostado por este acontecimiento: conversaciones directas, a partir del martes 14 de abril, entre libaneses e israelíes en la capital estadounidense, concretamente entre la embajadora libanesa Nada Hamadé Mouawad y su homólogo israelí Yechiel Leiter, en presencia del embajador estadounidense en Beirut, Michel Issa.

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La Casa Blanca y el Departamento de Estado ya estaban por la labor, pero Beirut venía afirmando durante mucho tiempo que solo eran posibles las negociaciones indirectas, dado que ambos Estados seguían en guerra. Eso fue antes de que los dos máximos responsables del Ejecutivo libanés, el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam, se sumaran a la idea de un diálogo bilateral directo, el 9 de marzo, una semana después del inicio de esta nueva guerra, teniendo en cuenta el número récord de desplazados y del aluvión de bombas lanzadas sobre el sur del país y los suburbios del sur de Beirut.

El primer ministro israelí, por su parte, no la aceptó hasta el 9 de abril, al día siguiente de la masacre del "miércoles negro", durante la cual unos 100 ataques israelíes, llevados a cabo principalmente contra barrios residenciales de la capital, mataron a más de 350 personas, en su mayoría civiles.

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La principal misión de la diplomática libanesa será conseguir un alto el fuego, pues Beirut se niega a seguir negociando bajo los bombardeos. El embajador israelí será la voz de Benjamín Netanyahu, quien, el domingo 12 de abril, afirmó que la “guerra continúa”, en un vídeo grabado desde el territorio del sur del Líbano controlado por el ejército israelí. Su ministro de Defensa, Israel Katz, que le acompañaba, aseguró por su parte que “Israel tiene todo el derecho a combatir a Hezbolá, a desarmarlo y a asegurar su frontera norte.”

Lo que los israelíes y los americanos pondrán sin duda sobre la mesa es el desarme de Hezbolá. Según Tel Aviv, este es el requisito previo para cualquier discusión sobre la retirada de los soldados del Estado hebreo del territorio libanés, o incluso sobre el cese de las hostilidades.

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Más que un ejército, una fuerza de seguridad

Este desarme es el tema recurrente de la política libanesa desde el acuerdo de Taif, que regulaba las modalidades del fin de la guerra civil. Eso fue en 1989 y todas las milicias aceptaron entregar su arsenal, menos Hezbolá. Desde entonces, varios acuerdos y resoluciones lo han prometido, sin llegar nunca a cumplirlo.

Recientemente, tras el acuerdo de alto el fuego de noviembre de 2024 y hasta el inicio de la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, y la entrada en escena de Hezbolá para “vengarse” del asesinato del líder supremo iraní Ali Jamenei, parecía que había avances en este ámbito.

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El nuevo poder ejecutivo libanés, nombrado en enero de 2025, se había mostrado dispuesto a aplicar la resolución 1701 de la ONU, que había puesto fin a una guerra anterior, la de 2006, y en la que se basa el acuerdo de noviembre de 2024. Su objetivo consistía, efectivamente, en devolver al Estado el monopolio de las armas.

Para ello, el Gobierno libanés había encargado a su ejército, en agosto de 2025, que elaborara un plan de recuperación de las armas de Hezbolá, que debía abarcar en primer lugar el sur del país, entre la frontera con Israel y el río Litani, y luego el resto del territorio. La ayuda para la reconstrucción de un Líbano exangüe dependía en parte de ello.

El ejército libanés se desplegó al sur del río Litani y, con el apoyo de la FINUL y, sobre todo, con el acuerdo del brazo armado del Partido de Dios (traducción de Hezbolá), debilitado por la guerra de los sesenta y seis días de 2024, confiscó armas y descubrió arsenales. A finales de 2025, el Ejecutivo anunció que Hezbolá ya no poseía armas pesadas al sur del Litani. Pero lo que sucedió a continuación demostró que el Partido de Dios tenía la capacidad de volver a desplegarlas rápidamente en la zona, o que la afirmación del Ejecutivo era falsa.

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Israel nunca respetó el alto el fuego de noviembre de 2024: en solo doce meses se registraron más de 12.000 infracciones

A lo largo de esos meses, la administración estadounidense, que dirigía el “mecanismo”, órgano de supervisión del alto el fuego de noviembre de 2024, mostró impaciencia respecto al proceso de desarme. No tuvo en cuenta en ningún momento varios factores que hicieron que el desarme resultara extremadamente complejo desde el punto de vista político y material y que debilitaron en gran medida la posición del Gobierno libanés.

En primer lugar, Israel nunca respetó el alto el fuego de noviembre de 2024: refuerzo de cinco posiciones militares en la frontera entre ambos países, pero en territorio libanés; bombardeos y asesinatos selectivos diarios; violación del espacio aéreo libanés; ataques contra la FINUL; prohibición, con fuego de apoyo, a los agricultores libaneses de trabajar sus tierras cercanas a la Línea Azul y a los habitantes de reconstruir sus casas en las ciudades y pueblos chiitas al sur del Litani. En solo 12 meses se han registrado más de 12.000 infracciones del acuerdo de cese de hostilidades.

En el plano político, este incumplimiento israelí del alto el fuego ha dado argumentos a Hezbolá para rechazar el desarme completo. El Partido de Dios, aunque debilitado por el asesinato de su estado mayor en ataques selectivos y por el terror provocado por la operación de los buscapersonas, y pese a haber perdido numerosos hombres y material, se presenta como el único capaz de defender el territorio libanés y le resulta fácil subrayar la incapacidad del ejército del Líbano para preservar la soberanía del país.

También ha acusado al Gobierno, en particular al ministro de Asuntos Exteriores, Youssef Raggi, y al primer ministro, Nawaf Salam, de ser instrumentos en manos de los dirigentes israelíes y de la Administración Trump.

El jefe del Estado Mayor subraya la necesidad de la unidad nacional

El ejecutivo libanés se ha visto en una situación compleja, teniendo que navegar entre la presión de Washington, la de Hezbolá y la de los partidos anti-Hezbolá, que le presionaban para que utilizara la fuerza y obligar al brazo militar del Partido de Dios a desarmarse. Pero no cuenta con el poder necesario para hacerlo.

Ni Washington, ni París, ni los Estados árabes han aceptado reforzar el ejército libanés y dotarlo de los medios de acción necesarios para, sin llegar siquiera a la confrontación con Hezbolá, presentar una cierta credibilidad.

El ejército libanés, creado en 1945 tras la independencia del país, fue concebido como una fuerza de seguridad interior y no como una fuerza de defensa del Estado libanés, y así ha permanecido.

Carece del arsenal propio de un ejército moderno. Sus blindados son modelos americanos y soviéticos obsoletos: T54, fabricados en la URSS entre 1946 y 1959; T55, en las cadenas de montaje a partir de 1958; M48 Patton, antiguallas de los años 50, y M60, algo menos viejos. Los vehículos de transporte de tropas (BMR) no son mejores, aunque Francia se haya jactado de haber suministrado 39 a finales de marzo; las malas lenguas afirman que proceden de existencias que el ejército francés ya no utilizaba.

No tienen defensa aérea, sus militares están tan mal pagados que muchos deben tener un segundo empleo… En resumen, el ejército libanés no puede compararse con Hezbolá, y mucho menos con el ejército israelí, superequipado y sobrealimentado por la industria militar estadounidense.

Su fragilidad no se debe únicamente a la debilidad de su arsenal. El ejército libanés es también la institución más respetada del país y un auténtico crisol de tradiciones en un territorio donde las tensiones comunitarias nunca han dejado de aflorar.

Para no poner en peligro su cohesión, el jefe del Estado Mayor, el general Rodolphe Haykal, acogió con frialdad la decisión del Gobierno libanés, el 2 de marzo, de declarar ilegales las actividades militares de Hezbolá y de mostrar mayor firmeza en su desarme. Teme protestas, e incluso deserciones, de los soldados chiitas, que podrían unirse a Hezbolá en pleno enfrentamiento con Israel, y ha subrayado la importancia de “la unión nacional”, sobre todo en estos tiempos de “agresiones israelíes”.

El general Haykal ya estaba, incluso antes de esta nueva guerra, en el punto de mira de Washington, que consideraba que su prudencia era excesiva. Así, el 5 de febrero, una reunión en Washington con el senador republicano Lindsey Graham, cercano a Donald Trump y ferviente amigo de Israel, se anuló después de que el general Haykal se negara a calificar a Hezbolá de organización terrorista. “No considero al ejército libanés un socio fiable”, concluyó el político estadounidense.

Francia multiplica las posturas de apoyo y solidaridad, limitándose nada más que a eso, a las posturas

Hace poco, David Schenker, que fue subsecretario de Estado estadounidense, afirmó que el problema del desarme “no es la capacidad” del ejército libanés, sino su “voluntad”. Recordó que Washington le había concedido millones de dólares en ayudas anuales desde 2005 y la retirada del ejército sirio del Líbano, pero no precisó que no se trataba de armas modernas y que parte de esas ayudas consistía en permitir la compra de combustible y nuevos uniformes.

En cuanto a Francia, multiplica las posturas de apoyo y solidaridad, limitándose nada más que a eso, a las posturas. No son los 39 BMR entregados a finales de marzo los que van a permitir a los soldados libaneses permanecer desplegados en el sur del país frente a la ofensiva israelí ni ir a buscar las armas de Hezbolá, sobre todo bajo los bombardeos. En cuanto a la conferencia de apoyo al ejército libanés que estaba prevista para el 5 de marzo en París, y que fue cancelada, su objetivo, según admitió una fuente cercana a la organización, no era conseguir financiación ni armas, sino solo afirmar el apoyo.

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Desde el martes 14 de abril en Washington, y en los próximos días, semanas y meses, los aliados occidentales del Gobierno libanés intensificarán la presión para que este recupere el monopolio militar y, por lo tanto, desarme a Hezbolá. Pero al mismo tiempo hacen todo lo posible para que eso resulte imposible, o al menos extremadamente peligroso para todo el Líbano.

 

Traducción de Miguel López

Hace tan solo unas semanas nadie habría apostado por este acontecimiento: conversaciones directas, a partir del martes 14 de abril, entre libaneses e israelíes en la capital estadounidense, concretamente entre la embajadora libanesa Nada Hamadé Mouawad y su homólogo israelí Yechiel Leiter, en presencia del embajador estadounidense en Beirut, Michel Issa.

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