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Los peligros a los que se enfrenta Macron

Manifestantes protestan durante la huelga de trabajadores de la estatal Sociedad Nacional de Ferrocarriles en la estación del Este en París, este martes.

La “convergencia de las luchas”, como lo denominan los sindicalistas, no llega necesariamente del lado del que se espera. En estos tiempos, se veía venir echando un vistazo al retrovisor de la historia socialretrovisor, como si los acontecimientos de antaño, sobre todo de Mayo del 68 del que se cumplen 50 años, pudiesen reproducirse medio siglo después. Pero lo que ven nuestros ojos no es una repetición, sino el eventual culmen de una larga secuencia.

Existen pocas posibilidades de que el movimiento del 22 de marzo de 1968 se reproduzca, con exactitud, en las universidades actuales; que las huelgas de 1955 se repitan 23 años más tarde; que el espíritu del no al referéndum sobre la Constitución Europea venga a soplar sobre la Francia de Emmanuel Macron. Sin embargo, sí ocurre algo imprevisto. Una corriente que logra unir a sectores hasta la fecha divididos, incluso antagónicos. Los empleados de una empresa pública [de ferrocarril], la SNCF; de una empresa privatizada desde 1999, Air France y del primer empleador privado de Francia, Carrefour, manifiestan una idéntica reivindicación detrás de las diversas reclamaciones. Sus conflictos tienen como nexo común la misma impaciencia e igual rechazo. Se oponen a los efectos de las políticas vigentes, como inevitables, desde hace 40 años, que se justifican por razones económicas.

Funcionarios “parásitos”

El 28 de agosto de 1980, en la universidad de verano de los jóvenes socialdemócratas, a Raymond Barre se le escapaba una palabra que iba a permanecer en las memorias. Una expresión que escandalizó, en aquel entonces, y enfadó, al presidente Giscard d’Estaing, preocupado por sus efectos en vísperas de las presidenciales de 1981. El primer ministro calificó a los funcionarios de “pudientes”.

Tres meses después, Ronald Reagan resultaba elegido presidente de Estados Unidos y se sumaba a la cruzada liberal de Margaret Thatcher, que se ponía al frente del Gobierno británico el 4 de mayo de 1979. En esta corriente que decretaba que “el Estado no es la solución a nuestros problemas, es el problema”, la frase de Barre ya no iba a ser objeto de polémicas, al contrario una especie de palabra del evangelio. El evangelio según Milton Friedman, papa del liberalismo.

En los discursos de una derecha cada vez menos acomplejada y cada vez más dominante en el plano electoral, el funcionario había dejado de ser un agente al servicio del público, para convertirse en una especie de parásito. Y una buena parte de lo que dependía del Estado, industria, bancos, servicios e, incluso, la moneda, se había “rendido a lo privado”, con fama de más eficaz y menos engullidor de impuestos.

Una ideología aplicada en Francia desde 1986, por el Gobierno de Chirac con las privatizaciones de Edouard Balladur, y que después se desarrolló, a velocidades variables, con independencia de quién estuviese en el poder. Y todo ello, al son de una musiquilla que repite incansablemente que “Francia es imposible de reformar”, las “reformas liberales” se han encadenado a una cadencia irresistible.

Llegado al poder con un programa que prometía superar “a los viejos partidos de la derecha y de la izquierda”, el joven Emmanuel Macron ha arrancado esta máquina cuadragenaria. Sus proyectos de “reformas” se suceden a un ritmo tal que descontrola a los observadores más atentos.

La reforma de la SNCF, por decreto por lo general, se incluye en esta especie de frenesí, que se impone como el resto en aras de la adaptación al mundo moderno, de la lucha contra los déficits o de la promesa de un mundo mejor en el que los parados sean menos numerosos y el trabajo más abundante porque es más flexible.

Ese discurso es el que hoy se discute o indigna porque se emplea hasta la extenuación. Repetido hasta el infinito desde hace cuatro décadas, como Grial de la razón y de la eficacia, ha dado lugar a desigualdades vertiginosas entre los más ricos y la masa de los otros, y lleva a una precarización galopante, así como al debilitamiento de las seguridades colectivas que permiten a los ciudadanos vivir y criar a sus hijos con un mínimo de tranquilidad.

Los “que se esconden” se unen a “los que madrugan”

Habría que estar ciego para no percibir en los movimientos sociales de abril más que el último estertor de los ferroviarios que defienden sus condiciones. Su vigor renovado alerta al Elíseo. Este martes 3 de abril, el 77% de los conductores fueron a la huelga. Las estadísticas de participación son inéditas. El 12% de los trenes de alta velocidad circularon. El 13% de los intercities.  El 6% de los trenes regionales exprés. Nunca visto. Pero el “nunca visto” que se percibe detrás de este movimiento de rechazo es la famosa “convergencia”. Con la SNCF, empresa nacionalizada en 1938, otras dos grandes compañías se han visto sacudidas estos días por importantes conflictos. Air France, nacionalizada en 1999, y Carrefour con el 50% de los huelguistas y más de 300 tiendas afectadas. Carrefour, 20.000 empleados, que no son funcionarios, pero que ya no aguantan que su paga de beneficios pase de 610 a 57 euros, mientras los accionistas reparten 356 millones de dividendos.

En este mes de abril, a los que se ocultan oficiales, los del servicio público, objeto de burla o denuncia desde los 80, se les han unido los “apasionados”, los “flexibles”, los que “madrugan” del sector privado, ensalzado para culpar a los primeros. Sus luchas no son las mismas, ni necesariamente comparten expectativas, pero sienten el mismo cansancio, las mismas dudas, los mismos enfados.

Aquí se encuentra implicado el presidente de la República, a título personal. Al haberse lanzado por completo en un proyecto “sobre todo liberal”, mientras su programa persidencial prometía, por contraposición al de François Fillon, una dimensión “liberal y al mismo tiempo social”, Emmanuel Macron ha corrido un riesgo, que se materializa en este mes de abril. Creía distinguirse de sus predecesores, pero repite el error de François Hollande y de Nicolas Sarkozy: haber dicho una cosa en campaña y hacer otra en el Gobierno.

Tres discursos que ya no funcionan

Desde su elección, Macron se ha lanzado en un triple discurso que podría volvérsele en su contra, como un bumerán: el discurso sobre la reforma, como si fuese de cajón que “la reforma” estuviese unida al progreso; el discurso sobre los “déficits”, como si fuese evidente que el umbral del 3% fuese la salida del purgatorio; y el discurso sobre los “privilegiados” (funcionarios o jubilados), como si la precarización de unos fuese a reforzar a los otros.

“Francia ha optado por el cambio. Ha optado por romper con los comportamientos, las modas de pensamiento, las ideas del pasado”, proclamaba el flamante presidente Nicolas Sarkozy, al día siguiente de ser elegido, el 29 de mayo de 2007. “Para mí, las convicciones y las competencias son más importantes que las etiquetas. En esa mentalidad el Gobierno se formó”. ¿A quién recuerda eso?

Para Sarkozy cualquier crítica era “el regreso del pensamiento único”, para Macron supone el “regreso del viejo mundo”. Mismo voluntarismo: “No dejaré que nadie desnaturalice el proyecto que he llevado a lo largo de la campaña presidencial”, decía el presidente de 2007, mientras que el de 2018 declaraba a la televisión: “Hago lo que he dicho. Eso quizás sorprenda, contraríe a otros, quizás en mucho tiempo no había ocurrido”.

Y sobre todo la misma estrategia para imponer “todas las reformas al mismo tiempo”. Sarkozy, recién elegido, teorizaba así su blitzkrieg [guerra relámpago]: “Para acabar con las limitaciones, para desenredar los nudos, hay que golpear duro, hay que actuar sobre todos los frentes a la vez, hay que crear un efecto de entrenamiento, hace falta una masa crítica”. Diez años después, Emmanuel Macron toma medidas para golpear duro, golpear rápido (los decretazos) y en todos los frentes: reforma laboral, pensiones, Justicia, escuela, universidad, parados, formación, límites de velocidad, SNCF, privatizaciones, etc.

La “masa crítica” de Sarkozy se ha hecho tan crítica que se ha vuelto en su contra en pocos meses. Lo mismo da. En vez de sopesar las consecuencias, su sucesor le imita multiplicándose, como si la agitación garantizase su acción.

Y como si la palabra “reformas”, enarbolada como un talismán, pudiese servir de llave maestra después de haber abierto puertas que dan a otras puertas y así sucesivamente, durante cinco presidencias.

Discurso sobre los déficits: ¿partida vacía?

La lucha contra los déficits y el endeudamiento constituye uno de los ejes principales del discurso de Macron. Es, por ejemplo, la justificación de los sacrificios requeridos a comienzos del mandado a ciertos sectores de la población, como los pensionistas, en aras de la solidaridad. Esta exigencia de rigor presupuestario del mundo supuestamente “nuevo” se remonta, otra vez, a Raymond Barre y a las postrimerías de la crisis del petróleo. La idea de que los franceses “viven por encima de sus posibilidades” sin duda es el leit motiv que cualquier hombre o mujer nacidos a finales de los 70 han escuchado desde que tomaron su primer biberón.

Los meses posteriores a la elección de Emmanuel Macron le reservaron una serie de “buenas noticias” en el plano económico. Se recuperaba la senda del crecimiento, se estabilizaban las cifras del desempleo y el déficit caía por debajo del 3%. Motivo de orgullo para el nuevo Gobierno, de inmediato discutido por los fieles a François Hollande, que lo atribuyen a las políticas del expresidente.

Para los franceses, el problema no está ahí. Poco les importa saber de quién es el mérito de esta vuelta a los criterios de Maastricht. Se preguntan más bien de qué sirve esa felicidad estadística si se traduce en seguir con los sacrificios. ¿Para qué sirve comportarse mejor si es para ir a peor? Y ¿cuándo van a percibir por fin los dividendos del rigor?

Esas son las cuestiones urgentes, en este comienzos de 2018, en un momento en que los pensionistas fruncen el ceño, los ferroviarios hacen balance, los barrenderos echan cuentas, los empleados de Carrefour se establecen comparaciones, los estudiantes toman decisiones y los asalariados de Air France, cualquiera que sea su categoría laboral, reclaman subidas salariales.

Discurso sobre los acomodados: el desgaste de estar en el punto de mira

Puesto que va a perturbar la vida diaria de los franceses, les afecta en un sentido o en otro, la larga huelga de los ferroviarios es peligrosa para el Gobierno.

Para deslegitimarla, el poder recurre al viejo argumento de la “equidad”. Consiste en señalar con el dedo a un sector de la población, en nombre de la suntuosa igualdad entre todos los ciudadanos, acusándolo de proteger a los privilegios que los demás no tienen.

Este discurso sobre los “acomodados” no tiene nada de nuevo. Al contrario, hunde sus raíces en el “viejo mundo”. Funcionó de manera implacable, enfrentando a sectores de la población unos contra otros.

Alain Juppé ya echó mano a este recurso en 1995 para tratar de aplicar a la función pública la reforma de las jubilaciones impuesta por Édouard Balladur al sector privado, dos años antes, a propósito del aumento de la duración de la cotización. Chocó contra los ferroviarios, pero François Fillon retomó la semántica del “privilegio” en 2003 y después en 2010. ¿En virtud de qué injusticia el profesor Pierre tendría ventajas de los que carecería el asalariado del sector privado desde 1993?Pierre

El argumento funcionó tan bien que ha vuelto a recuperarse ahora. En las últimas semanas, el poder se ha centrado en los parados, demasiado “asistidos” con relación a los mileuristas, los jubilados que deben soportar un “esfuerzo” porque su poder de compra habría aumentado más que el de los asalariados y, por supuesto, los ferroviarios.

Para no contrariar a la población a la que se dirige, el Gobierno de 2018 aplica un método que se viene probando desde hace lustros, y que empleó con éxito Édouard Balladur: no tocar las ventajas de los que están, sino privar de ellas a los recién llegados en la empresa.

Eso mismo es lo que propone la ministra de Transportes, Élisabeth Borne, a los ferroviarios. Después de subrayar los privilegios de los afectados y tras haber repetido que los conservarían a título personal, la ministra denuncia el abuso del derecho de huelga. No habría razones para dejar de trabajar salvo que se trate de movilizaciones corporativistas.

El problema del poder es que ese “discurso sobre los acomodados” es viejo y que termina por cansar. Esa igualdad por abajo que se impone a los más jóvenes nunca ha traído la justicia que se reivindica, sino desigualdades crecientes y más precariedad.

Llega un momento en que estas contradicciones se aguantan menos bien. Si esto se hace realidad, los ferroviarios ya no serán gente que molesta, a ojos de los ciudadanos, sino gente “que tiene razón al defenderse”.

En ese caso, el Gobierno tendría que desdecirse. La era de los decretazos daría paso al tiempo de las concesiones.

Claro que todavía no estamos en ese punto. Emmanuel Macron hace frente a un movimiento social determinado, que se alimenta con años de paciencia decepcionada, pero aún no ha perdido esta mano. La focalización sucesiva en determinados sectores, en nombre de la unidad nacional, ha creado un frente común, pero debería dar resultados.

Un movimiento social, incluso profundo y enraizado en 40 años de historia, debe encontrar una salida política, si no quiere cronificarse.

Si bien Macron se aísla frente a las exasperaciones, todavía no se encuentra amenazado en el plano político. Las instituciones le protegen; la derecha y la ultraderecha ya no saben a quién consagrarse y la izquierda está más dividida que nunca.

A partir de mañana, lo decisivo en el plano político no será el rostro del poder, sino su estilo y su potencia.

Si a Macron le funciona, tendrá vía libre y su tendencia a decidir sobre todo se desplegará sin freno. Pero si no lo hace y triunfan los huelguistas, deberá despachar sus certidumbres al museo de los monólogos y volver a tierra firma.

Los electores le esperarán tras las europeas, las regionales, las municipales y de 2022. ___________

La izquierda francesa prepara su estrategia de cara a las europeas

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Traducción: Mariola Moreno

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