El 'Ramadán del dolor' comienza entre bombas en una Gaza que ya se muere de hambre

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Céline Martelet y Alexandre Rito (Mediapart)

Sentado a la entrada de su tienda, a punto de derrumbarse, un niño recupera la sonrisa en cuestión de segundos. Un joven acaba de darle un paquete de galletas. En estas imágenes publicadas en Instagram, el envoltorio morado y plateado de los dulces contrasta con la tristeza y la melancolía que han invadido este campo de desplazados, plantado en la arena de una playa de Rafá. 

En vísperas del Ramadán, este reparto de dulces organizado por los miembros de un equipo de parkour no duró mucho. Sus miembros también son desplazados. Ellos también luchan por encontrar algo para comer. Al final del vídeo, Amir, uno de los deportistas, dice: "Que este mes de Ramadán sea bueno para vosotros, aunque las circunstancias sean las peores para nosotros".  

Para los musulmanes, este período del año es muy importante. Es sinónimo de espiritualidad, pero también de compartir, de bondad y de reencuentros familiares. La Franja de Gaza, sumida en una guerra que parece no tener fin, ahora se ve hoy privada de todo eso. El enclave palestino carece de todo, tras más de cinco meses de asedio impuesto por el ejército israelí. 

La ayuda humanitaria sigue llegando a cuentagotas y no llega a todos los desplazados. Según la ONU, 2,2 millones de personas están amenazadas de hambruna en la Franja de Gaza. Al menos una docena de niños ya han muerto de inanición. Los gazatíes carecen de agua y alimentos. Muy pocos pueden permitirse comprar carne o verduras. Su dieta actual consiste principalmente en arroz y pan. 

"Mis hijos me piden chocolate, pasteles, dulces, caramelos, ropa. Cosas que no puedo darles porque son demasiado caras, así que intento que se olviden", dice Youssef (nombre ficticio) en un mensaje de voz enviado por Messenger. Vive en una tienda de campaña en Rafá con su mujer y sus dos hijas, de 7 y 10 años. Al día siguiente nos envía otro mensaje. Mientras va por un camino del campo de desplazados donde vive, se oyen gritos de niños alrededor. Esa mañana, este padre de familia salió en busca de bocadillos de falafel para su hija mayor. 

“Hace mucho frío", dice, "así que vamos a buscar dónde comprarlos". Unos minutos después, envió un segundo mensaje de voz. "Esto es una locura, antes pagábamos un shekel [0,30 euros] por siete falafels, ahora sólo podemos conseguir tres por ese precio. Y no saben igual. Hay que ser gazatí para notar la diferencia", dice riendo. A continuación nos envía varias fotos del puesto donde compró los tan preciados bocadillos. Se ve a un hombre sentado en el suelo junto a un fuego de leña, con las manos metidas en un cuenco de plástico azul amasando falafel.  

Fe arraigada en la sociedad palestina

"Claro que sí.” La respuesta de Yara es inequívoca cuando se le pregunta si va a ayunar. Contactada por WhatsApp, la joven palestina se ha refugiado con su familia en una tienda abandonada de Rafá, cerca de la frontera con Egipto. El ayuno durante el mes de Ramadán es uno de los cinco pilares del Islam. Durante 29 ó 30 días, los musulmanes deben abstenerse de comer y beber desde el amanecer hasta la puesta del sol. 

Cada comida al final del ayuno, el iftar, es un momento para compartir y celebrar, pero la guerra ha aniquilado cualquier posibilidad de alegría en la Franja de Gaza. "Estamos acostumbrados a preparar deliciosas comidas por la noche, pero aquí ya no es posible. Todo está demasiado caro", escribe Yara en un largo mensaje de WhatsApp. "Hemos perdido nuestras vidas, echo todo de menos. Este es el Ramadán del dolor", añade la joven antes de quedarse sin Internet, aún más inestable desde el inicio del conflicto. 

Unas horas más tarde, nos envía una foto. Está sentada a la mesa del iftar, rodeada de sus amigos. Hay un hombre que sonríe, su marido. “Eran los primeros momentos en nuestro piso, acabábamos de casarnos". Ahora a la pareja no le queda nada; un ataque aéreo redujo a polvo el edificio donde vivían.  

El mes de Ramadán también está dedicado a la espiritualidad. Por la noche, durante este periodo en Oriente Próximo, las mezquitas se llenan de fieles para el "tarawih", una oración colectiva de la que también se verán privados los gazatíes. Según las autoridades locales de Hamás, de las 1.200 mezquitas de la Franja de Gaza, más de 1.000 han sido total o parcialmente destruidas por los incesantes ataques del ejército israelí. Algunas de estas demoliciones se pueden ver en redes sociales. 

En varios vídeos colgados por soldados se oyen gritos de alegría, risas y aplausos mientras los ataques aéreos o los potentes explosivos pulverizan edificios religiosos. En un vídeo, un soldado canta el "Shema Israel", oración judía que se recita varias veces al día, mientras en el fondo se destruyen una mezquita y edificios civiles. Según el derecho internacional, los ataques deliberados contra edificios dedicados a la religión constituyen "graves violaciones de las leyes y costumbres aplicables en los conflictos armados internacionales". 

Muchas familias desplazadas sobreviven también en Nuseirat, que antes de la guerra ya era un campo de refugiados desde la Nakba de 1948. Ahí se instaló Mohamed el pasado noviembre, con su mujer y sus hijos. "Vamos a ayunar como dicta nuestra religión. Sean cuales sean las dificultades", explica este padre de familia. “No habrá oraciones vespertinas en las mezquitas porque han sido destruidas, y aunque siguieran en pie, no iríamos. Ya nadie sale aquí por la noche porque los drones israelíes nos sobrevuelan constantemente".  

La tregua imposible

Las conversaciones sobre una posible tregua de varias semanas no han llegado a buen fin. Israel y los dirigentes de Hamás se culpan mutuamente del fracaso. Benjamin Netanyahu promete una "victoria total". Para lograrlo, el primer ministro israelí ha anunciado que intensificará su operación militar en el enclave palestino, donde siguen retenidos 136 rehenes, de los que se cree que una treintena han muerto. El próximo objetivo del ejército israelí es Rafá, el último refugio para 1,5 millones de gazatíes. 

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Allí vive Sarah (nombre ficticio). A medida que pasan los días y los meses, la voz de esta mujer palestina de unos cuarenta años delata cada vez más su agotamiento y su angustia. "Lloro cada mañana, es demasiado duro pasar el Ramadán lejos de casa. Es un período tan especial para nosotros", dice. A principios de enero, tuvo que abandonar su casa en Jan Yunis ante la ofensiva terrestre del ejército israelí. Desde entonces vive en un piso en Rafá con otras familias. "Todos esperábamos un alto el fuego. ¿Cuánto tiempo vamos a estar así? ¿Cuándo acabará esta guerra?

 

Traducción de Miguel López

Sentado a la entrada de su tienda, a punto de derrumbarse, un niño recupera la sonrisa en cuestión de segundos. Un joven acaba de darle un paquete de galletas. En estas imágenes publicadas en Instagram, el envoltorio morado y plateado de los dulces contrasta con la tristeza y la melancolía que han invadido este campo de desplazados, plantado en la arena de una playa de Rafá. 

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