Cómo se va recomponiendo el núcleo dirigente de Irán

Mojtaba Jameneí, hijo del fallecido ayatolá, elegido como líder supremo de Irán

Jean-Pierre Perrin (Mediapart)

Probablemente Donald Trump pensaba en Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, el Majlis, cuando declaró el domingo 29 de marzo ante la prensa, en relación con unas posibles negociaciones con la República Islámica: “Estamos tratando con personas diferentes, con las que nadie ha tratado antes.”

Mohammad Ghalibaf puede parecer hoy el principal dirigente de Irán porque es quien más aparece en la televisión estatal, porque fue uno de los comandantes más jóvenes del cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) durante la guerra entre Irán e Irak, cuyas fuerzas aeroespaciales dirigió posteriormente, y porque es el último de los “duros” del régimen conocidos por los países occidentales.

“Probablemente se encarga de supervisar el esfuerzo bélico y la estrategia” de Teherán, estima Farzan Sabet, investigador del Instituto de Altos Estudios Internacionales y de Desarrollo de Ginebra (Suiza). Si damos crédito a varias fuentes citadas por la prensa estadounidense e israelí, él también podría servir de canal indirecto en los intercambios entre Washington y Teherán.

En este sentido, según diplomáticos pakistaníes citados por la agencia Reuters, Islamabad ha conseguido que le retiren de la lista de personalidades a eliminar, al igual que el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghtchi. Una protección que sin duda no irá más allá del 6 de abril y del fin del ultimátum lanzado por Donald Trump para que Irán acepte las negociaciones.

Hasta la fecha, Irán ha rechazado formalmente la propuesta de alto el fuego de quince puntos de Estados Unidos. Esta exige el desmantelamiento de las instalaciones nucleares, la transferencia del uranio enriquecido a la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), restricciones a su programa de misiles, el fin del apoyo a Hezbolá (en el Líbano), a Hamás (en Gaza) y a los rebeldes hutíes (en Yemen), así como el reconocimiento del estrecho de Ormuz como vía de libre navegación a cambio del levantamiento total de las sanciones.

Las contrapropuestas de Teherán contradicen totalmente este último punto e insisten en el reconocimiento formal de su soberanía sobre el estrecho.

Una trayectoria sanguinaria

A sus 64 años, el hombre en quien Trump piensa para encarnar un régimen más aceptable goza, de hecho, de la peor reputación entre las organizaciones de defensa de los derechos humanos: Mohammad Bagher Ghalibaf tiene las manos muy manchadas de sangre.

En primer lugar, como jefe de la policía nacional que, ya en 1999, reprimió la revuelta estudiantil de Teherán, ordenando a sus hombres que abrieran fuego. Luego, como alcalde de Teherán, donde, no contento con ser represivo y notoriamente corrupto, mantenía relaciones turbias con el hampa, a la que utilizaba para sus campañas electorales. “Es el más sanguinario de los sanguinarios”, dice una habitante de Teherán recién refugiada en Francia.

Pero en el opaco sistema de la República Islámica, el hecho de que parezca el responsable más destacado podría significar exactamente lo contrario. Es decir, que tiene poco peso en las decisiones políticas o estratégicas, y que el verdadero poder sería colectivo. Así, el jueves 1 de abril, Ali Niqzad, vicepresidente del Majlis, afirmaba que “las declaraciones de que Ghalibaf estaría llevando a cabo negociaciones son infundadas y tienen como objetivo sembrar la discordia”.

El hombre al que se supone que Ghalibaf va a sustituir es Ali Larijani, asesinado el 17 de marzo. Pero Larijani era mucho más influyente

El poder estaría así focalizado en la oficina del Líder Supremo, el misterioso Beit-e khabari. Una institución que cuenta con unos 1.700 altos cargos y constituye un auténtico gobierno en la sombra en torno a Ali Asghar Hejazi, un clérigo muy vinculado a los servicios secretos, que parece haber sobrevivido a los bombardeos del 28 de febrero.

El hombre al que se supone que Ghalibaf va a sustituir es Ali Larijani, que murió en un ataque israelí el 17 de marzo. Pero Larijani era mucho más influyente. Era profesor de filosofía, especialista en Kant y la Ilustración, y mantenía estrechas relaciones con los tres pilares del régimen: los Pasdaran (otro nombre de los Guardianes de la Revolución), de los que fue uno de los oficiales durante la guerra contra Irak; la burocracia vinculada al poder, a la que sirvió como director de radio y televisión y, posteriormente, como ministro de Cultura; y el establishment clerical, como antiguo seminarista y, sobre todo, hijo, hermano y yerno de altos cargos religiosos.

Cuando murió, Larijani ocupaba el cargo de secretario general del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, órgano encargado de la conducción del conflicto, creado durante la guerra de los doce días, en junio de 2025. Ghalibaf no cuenta con todas esas redes.

El presidente del Parlamento dirigió, sin duda, el Khatam al-Anbiya, el riquísimo fondo de los Guardianes de la Revolución. Y, como piloto de su avión privado, ha sido cercano a Ali Jamenei. Pero no es más que presidente del Majlis, la institución más débil de la República Islámica, cada vez más menospreciada. Aunque se ha presentado en cuatro ocasiones a las elecciones presidenciales, nunca ha llegado a la segunda vuelta.

Es un error pensar en este régimen en términos de individuos

Clément Therme, investigador

Este perfil de perdedor puede explicar por qué no fue elegido para sustituir a Larijani al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Se prefirió antes al general Mohammad Bagher Zolghadr, otro alto cargo de los Guardianes de la Revolución.

“En el mejor de los casos, Ghalibaf es el hombre que se encarga de la coordinación entre las instituciones políticas y el Estado profundo militar, pero no tiene ningún peso, todavía menos que el presidente Massoud Pezechkian”, analiza el historiador Clément Therme, autor de Idées reçues sur l’Iran. Un pouvoir à bout de souffle? (Ideas recibidas sobre Irán. ¿Un poder agotado?, edit. Le Cavalier bleu, 2025).

“Ghalibaf es a la vez un asesino y un auténtico perdedor. La supervivencia de la República Islámica no va a depender de un individuo tan impopular”, continúa. “El nizam [sistema – ndr] es inteligente: sabe bien que la vida de sus dirigentes es, como mínimo, frágil. La estrategia de supervivencia consiste, por tanto, en poner en primer plano a figuras de segundo orden. Si Ghalibaf es eliminado, no será muy grave para el régimen. No es más que una de las variables de ajuste del sistema”.

Para este investigador, la naturaleza del CGRI no se tiene suficientemente en cuenta en los análisis: “Es un ejército ideológico, no está al servicio de un hombre o de un país, sino de una idea, el velayat-e faqhi [la “tutela del jurista teólogo”, que consagra el dominio de lo religioso sobre lo político – ndr]. Por eso es un error pensar en este régimen en términos de individuos. Todos ellos son fieles al velayat-e faqhi”.

Aumento del poder de los servicios de seguridad

En la estrategia del régimen, lo importante es que sobrevivan los clanes o grupos que están detrás de los responsables eliminados. La muerte como mártir aporta entonces un gran valor añadido al clan en cuestión. Así, el clan Larijani parece haber ganado influencia, desde la muerte de su líder, sobre el de Ghalibaf.

El “martirio” de Ali Jamenei —y el de gran parte de su familia— ha revalorizado mucho a su hijo Mojtaba. Eso explica en parte la decisión de los jefes del CGRI de imponerlo como Guía Supremo en contra de la voluntad de su difunto padre y de gran parte de la Asamblea de Expertos (órgano encargado de organizar la sucesión).

El hecho de que quizá estuviera gravemente herido o ya hubiera fallecido en el momento de su nombramiento —no se le ha visto desde entonces, lo que refuerza los rumores sobre su estado de salud— no le impidió ser elegido. El régimen necesita visiblemente mantener a toda costa una apariencia ideológica.

Más que Ghalibaf, sin duda es el clan de Ahmad Vahidi, nuevo jefe de los Guardianes de la Revolución, el que actualmente lleva las riendas de la guerra. Vahidi, exsubdirector de inteligencia de los Pasdaran, participó en la creación de Hezbolá y en la fundación de la Fuerza Al-Quds, unidad de élite de intervención del CGRI en los teatros de operaciones exteriores.

Su ascenso es un indicio del aumento del poder de los servicios de seguridad. Va acompañado de una red policial en las grandes ciudades, lo que demuestra que el régimen se está preparando para hacer frente, tarde o temprano, a nuevas oleadas de protestas.

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Traducción de Miguel López

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