La región de Darfur, un calvario para las sudanesas víctimas de esclavitud sexual

Bastien Massa (Mediapart)

Tiné, Ouré-Cassoni (Chad) —

Los rayos del sol entran en la tienda en ángulo recto. Desde el interior, la estructura humanitaria instalada en el centro del campamento de tránsito de Tiné, ciudad fronteriza con Sudán situada en el extremo oriental de Chad, es de una blancura que recuerda a un centro médico. Zeinab (ficticio), con el rostro medio oculto bajo su velo verde y azul, acaba de cruzar el umbral algo jadeante: ha recorrido los cinco kilómetros que la separan del mercado donde vende frutas y verduras a cambio de unos cientos de francos.

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“Todo lo que gano se lo envío a mi familia en Iridimi, otro campo de refugiados chadiano”, precisa esta madre de 32 años, originaria de la provincia de Darfur del Norte, en el vecino Sudán.

A pesar de la proximidad entre ambos lugares, Zeinab no ha vuelto a ver ni a sus padres ni a sus hijos desde hace meses. “Aún no me siento preparada, ellos no saben nada de las violaciones”, justifica, mientras intenta acoplar su cuerpo a la curvatura de la silla de plástico.

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Ocurrió cuando las Fuerzas de Apoyo Rápido (FSR) tomaron el campamento de desplazados de Zamzam, el 12 de abril de 2025. Al salir en busca de su padre, se topó con un grupo de milicianos. Armas en mano, la amenazaron y la llevaron a una casa abandonada. “Me obligaron a desnudarme y luego me violaron por turnos”.

En las carreteras de Darfur por las que transitan los civiles que huyen de los combates, todo control militar es sinónimo de peligro para las mujeres sudanesas. Unos días después, a Zeinab la violaron de nuevo en un puesto de control de las FSR y después la abandonaron al borde de la carretera. “A continuación, otros soldados me detuvieron y me llevaron en coche a un lugar apartado, y luego me encerraron en una pequeña habitación sin ventanas.”

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Miles de mujeres secuestradas

Para Zeinab comenzó entonces un infierno de más de tres meses. En ese centro de detención oficioso, fue violada a diario por una sucesión de combatientes que rivalizaban en brutalidad. Su voz, apenas más fuerte que el silencio, refleja su dolor: “No había tregua, venían día y noche, y cuando uno salía de mi habitación, otro entraba inmediatamente. Me decía: ¡La muerte es preferible a esto!”

Ya ni siquiera podía levantarse de tanto sufrimiento. Hasta que una mañana, sin previo aviso, un oficial del FSR mayor que los demás se la llevó: acababa de pagar por su liberación. De camino, ese oficial, próximo a la jubilación, le confesó haber visto a más de 30 mujeres. Pero, por falta de medios, solo había podido liberarla a ella. “Había otras detenidas. No nos veíamos, cada una estaba en una habitación aislada y no podíamos salir. Pero oía sus llantos, mucho llanto”, recuerda la joven.

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Zeinab es una de las miles de sudanesas víctimas de violaciones desde el inicio del conflicto, en la primavera de 2023, entre las FSR del general Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como “Hemetti”, y el ejército regular sudanés. “Es una auténtica lacra y uno de los aspectos más graves de esta guerra”, afirma Hala al-Karib, directora regional de la red Strategic Initiative for Women in the Horn of Africa (Iniciativa Estratégica para las Mujeres en el Cuerno de África, Siha).

En un comunicado publicado tras la caída de El Fasher, en octubre de 2025, Naciones Unidas alertó sobre la existencia de numerosos casos similares al de Zeinab. Mujeres secuestradas, separadas de sus familias y víctimas de explotación sexual en las zonas controladas por las FSR.

No tenemos ningún valor para las FSR, nos consideran inferiores

A pesar de la falta de datos oficiales, el fenómeno dista mucho de ser marginal, lamenta Hala al-Karib, activista comprometida desde hace mucho tiempo contra la violencia sexual en tiempos de guerra. “Tras la toma de Zamzam y de la ciudad de El Fasher, hay miles de mujeres y niñas de las que no se sabe nada. Nadie sabe dónde están”.

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Según Hala al-Karib, las milicias de Hemetti han convertido varios pueblos del norte de Darfur en prisiones donde se practica la esclavitud sexual y el trabajo forzado: “Cuando llegan a algún sitio, preguntan: ‘¿Dónde están las mujeres? ¡Dadnos a las chicas!’, agarran a las que encuentran y se las llevan. Las mujeres son para ellos un botín de guerra, su recompensa”.

“No tenemos ningún valor para las FSR, nos consideran inferiores”, afirma con amargura Najwa (ficticio), de 17 años. Cuando huía de la masacre de El Fasher, en la que varios miles de civiles fueron asesinados en cuestión de días, Najwa fue detenida por combatientes afiliados a la organización paramilitar.

“Eligieron a cuatro chicas del grupo y nos llevaron a un lugar apartado”. Ni las plegarias ni las súplicas de su tía lograron hacerles cambiar de opinión. “Nos decían: Sois falangayat”, un término racista que equipara a las tribus africanas de Darfur con esclavos. “Sois mujeres de los mushtaraka [combatientes de las Fuerzas Conjuntas aliadas al ejército sudanés —ndr]”, y luego nos violaron”.

Huir como sea

A continuación, los milicianos les ordenaron que fueran a buscar leña y preparasen la cena, revelando así sus intenciones: explotar sexual y físicamente a su harén recién constituido. “Si intentáis huir, os alcanzaremos y os mataremos”, las amenazaron antes de marcharse. La adolescente se vio a sí misma convertida en una cautiva permanente: “Con la mayor del grupo tomamos la decisión de huir; las otras dos, más jóvenes, estaban paralizadas por el miedo; por desgracia, no conseguimos convencerlas de que se vinieran con nosotras.”

Durante toda la noche, caminaron por el páramo semidesértico, escondiéndose entre los densos matorrales ante la más mínima luz. Al amanecer, las dos fugitivas lograron unirse a un convoy de civiles a la entrada de Tawila, un campamento de desplazados de Darfur que ha escapado de las fuerzas de Hemetti. “Todos los días pienso qué pasará con las dos chicas que se quedaron allí”, susurra Najwa.

Yasmina (ficticio) dejó a su hermana en una de esas prisiones. “Hace tres meses que no tengo noticias”, confiesa, impotente, esta joven de 18 años, ahora refugiada en Ouré-Cassoni, uno de los campamentos más grandes de Chad.

A mediados de diciembre, las dos hermanas cuidaban de su rebaño en las colinas que dominan su pueblo de Dolbe, en Darfur del Norte, cuando unos soldados las llevaron a la fuerza a un pequeño campamento militar improvisado en el lecho de un uadi seco.

Las separaron inmediatamente y las colocaron en dos habitaciones distintas: “Había dos comandantes, eran árabes maharyas originarios de Kordofán. Cada uno había elegido a una de nosotras y eran los únicos autorizados a tocarnos.”

“Os casaréis con nosotros y os quedaréis aquí. Nunca volveréis a casa ni volveréis a ver a vuestra familia”, les espetó uno de los dos jefes al día siguiente. Una práctica habitual en las regiones recién conquistadas por la milicia.

Me había convertido en una vergüenza para mi padre por haber sido violada, así que intentó casarme con un hombre mucho mayor

“Un día, oí los gritos de mi hermana. La estaban pegando y violando en la habitación de al lado. Era insoportable, aún más de lo habitual. Decidí huir. Empecé a correr sin parar, tenía tanto miedo… Caminé ocho días hacia el oeste hasta llegar al Chad”, añade Yasmina, con los ojos llorosos.

Sentada sobre una estera, nos muestra dos marcas blancas en la mano y en el pie izquierdo. Son cicatrices causadas por aceite hirviendo. “Cuando llegaron esos hombres armados y nos dijeron que subiéramos a su coche, al principio me negué. Uno de ellos me echó aceite de cocina encima”, dice. Hoy, solo esas dos heridas externas han empezado a cicatrizar; las heridas internas, en cambio, siguen abiertas.

A su llegada a Ouré-Cassoni, Yasmina se reencontró con sus padres. En lugar de celebrar su regreso, sufrió el rechazo de su familia. “Me había convertido en una vergüenza para mi padre por haber sido violada, así que intentó casarme con un hombre mucho mayor que yo. Estaba desesperada, no quería revivir mi trauma por segunda vez, así que intenté quitarme la vida.” Se colgó de un árbol y fue salvada por los pelos.

“La mayoría de las que han sufrido violaciones que llegan al Chad están destrozadas psicológica y físicamente”, asegura Marwa Youssouf Yahya. Esta comadrona originaria de El Fasher organiza cada semana encuentros entre supervivientes en un espacio comunitario del centro de tránsito de Tiné. Es una forma de ayudar a estas mujeres a reconstruirse animándolas a hablar.

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“Tras una violación, la mayoría de las mujeres guardan silencio, sienten vergüenza, porque eso es lo que les transmite la comunidad. Si una mujer sufre una agresión sexual, la gente piensa que se ha dejado”, lamenta Marwa. Una recuperación que parece aún muy lejos del alcance de Zeinab: “Aunque no haya muerto, ya no podré vivir con normalidad, he sufrido demasiado.”

 

Traducción de Miguel López

Los rayos del sol entran en la tienda en ángulo recto. Desde el interior, la estructura humanitaria instalada en el centro del campamento de tránsito de Tiné, ciudad fronteriza con Sudán situada en el extremo oriental de Chad, es de una blancura que recuerda a un centro médico. Zeinab (ficticio), con el rostro medio oculto bajo su velo verde y azul, acaba de cruzar el umbral algo jadeante: ha recorrido los cinco kilómetros que la separan del mercado donde vende frutas y verduras a cambio de unos cientos de francos.

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