Roman Abramovich, un oligarca partidario de Putin, la esperanza de Ucrania para negociar con Rusia

Justine Brabant (Mediapart)

En mayo, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, decidió transmitir dos mensajes a su homólogo ruso, Vladimir Putin. En primer lugar, que deseaba reunirse con él en persona. En segundo lugar, que Ucrania no estaba dispuesta a ceder el Donbás, esa región codiciada por Moscú pero que el ejército ruso no ha logrado, en cuatro años de guerra, ocupar por completo.

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Para asegurarse de que este doble mensaje llegara al inquilino del Kremlin sin filtros y sin demora, Zelenski recurrió a un hombre del que, a priori, tendría todas las razones para desconfiar: un oligarca ruso, discreto y seguidor incondicional de Putin, que nunca ha alzado la voz públicamente para condenar la guerra de su país contra Ucrania.

Pero Abramovich cuenta tanto con la atención de Putin como con la confianza del Ejecutivo ucraniano. Tras viajar a Kiev para hacerse cargo del mensaje del líder ucraniano, este hombre, cuya fortuna se estima en 9-000 millones de dólares, fue efectivamente a transmitírselo en persona al jefe de Estado ruso. El 5 de junio, Putin lo confirmó de forma velada (no mencionó el nombre de Abramovich, refiriéndose simplemente a “un representante de los círculos empresariales” en quien “confía”).

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Intentar mediar entre los dos jefes de Estado en guerra abierta, “nadie en la administración rusa puede hacer eso, solo Roman Abramovich”, observa un gran conocedor de Rusia que ha trabajado en intentos de acercamiento entre Kiev y Moscú. “Evidentemente, es un mediador bastante singular”, coincide Tatiana Kastouéva-Jean, directora del Centro Rusia-Eurasia del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri).

El oligarca, nacido en 1966 en el seno de una familia judía soviética de la ciudad industrial de Saratov, cuenta ante todo con una relación privilegiada con el jefe de Estado ruso. Aunque desde 2022 intenta minimizar el alcance de sus vínculos con Putin—sin duda por temor a las sanciones—, estos son reales y se nutren de décadas de servicios leales y discretos.

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Un velero de 50 millones de dólares

Se conocieron en la década de 1990, cuando Putin aún no era primer ministro, y mucho menos presidente. Abramovich, que se inició en los negocios vendiendo muñecas y juguetes de plástico, comenzó en aquella época a amasar una considerable fortuna gracias a la exportación de petróleo: adquirió la empresa Sibneft, antecesora del gigante petrolero Gazprom, durante la ola de privatizaciones del sector de los hidrocarburos.

El empresario se hizo un hueco en el círculo restringido de allegados a Boris Yeltsin, apodado “la Familia”. Desde allí ve surgir a Vladimir Putin, quien inicia su carrera política como alcalde de San Petersburgo. Junto con su socio de entonces, Boris Berezovsky, Abramovich facilita el ascenso al poder del oficial del KGB financiando y participando en la creación de su partido, Unidad.

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Abramovich llega incluso a hacer campaña entre los gobernadores regionales para asegurar a Putin una mayoría en el Parlamento durante las elecciones a la Duma de 1999, según relatan los periodistas Dominic Midgley y Chris Hutchins en su biografía del empresario, Abramovich: The Billionaire from Nowhere (Abramovich: el multimillonario salido de la nada, Harper Collins, 2004).

Cuando el jefe de Estado ruso quiere hacerse con el control de algún medio de comunicación, el magnate responde a la llamada

En agosto de 1999, cuando Putin es nombrado primer ministro por Boris Yeltsin y forma gobierno, un joven discreto recibe en audiencia a los nuevos ministros, en la tercera planta del edificio n.o 1 de la administración presidencial, en el corazón del Kremlin: Roman Abramovich. El oligarca disponía de un despacho para esa tarea. Los futuros miembros del ejecutivo hacían cola para reunirse con él, contaría años más tarde el periodista ruso Alexei Venediktov, también presente aquel día.

En marzo de 2000, Putin fue elegido presidente y Abramovich siguió ofreciéndole pequeños obsequios y grandes ayudas. En 2005, el periódico Novaya Gazeta reveló que el oligarca había regalado al jefe de Estado un velero valorado en 50 millones de dólares, el Olympia. “Las razones de Abramovich eran claras: para él era la mejor manera de construir relaciones sólidas con Putin”, relatará Boris Berezovsky, antiguo socio de Abramovich.

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Cuando el jefe de Estado ruso quiere hacerse con el control de algún medio de comunicación, el magnate responde a la llamada: compra acciones de la principal cadena de televisión rusa (ORT) y de la mayor agencia de publicidad del país, y luego las revende a personas cercanas al jefe de Estado. La operación, que permaneció en secreto durante mucho tiempo, fue revelada en 2023 gracias a filtraciones de datos procedentes de Chipre, donde Abramovich posee varias empresas.

Cuando el presidente le pide que se convierta en gobernador de una región poco poblada, ventosa y gélida del Lejano Oriente ruso, Chukotka, el oligarca acepta, una vez más. Durante sus ocho años de mandato estuvo allí en contadas ocasiones pero invirtió sumas considerables (mil millones de dólares, según la revista Forbes), lo que le granjeó una gran popularidad.

A diferencia de la mayoría de los demás oligarcas de su generación, se adaptó a fondo, optando por no decir ni hacer nada públicamente para oponerse a la deriva del putinismo. “Mientras que otros miembros de lo que se denominó ‘la unión de los siete banqueros’ (conocidos por haber trabajado en la reelección de Yeltsin en 1996 para defender sus intereses), como Boris Berezovsky y Mijaíl Jodorkovski, denunciaron rápidamente el giro autoritario que estaba experimentando Rusia, Abramovich ha preferido jugar la carta de la lealtad y la adaptación hasta hoy”, analiza la politóloga Clémentine Fauconnier, profesora titular de la Universidad de Alta Alsacia. Esto le ha permitido “seguir haciendo prosperar sus actividades”.

“El seguro más barato de la historia”

¿Cómo es posible que un hombre cuyo destino está tan estrechamente ligado al de Putin cuente hoy con la confianza de Ucrania para llevar a cabo delicadas misiones de intermediación? La respuesta hay que buscarla sin duda lejos de Chukotka, fuera de Rusia: en algún lugar entre el distrito financiero de Londres, Israel —donde ha invertido masivamente en start-ups— y el puerto turco de Marmaris, donde atracan sus yates.

Porque el multimillonario no es solo un producto puro de la fábrica de élites económicas rusas, sino que se ha encargado de diversificar sus actividades, sus redes y sus lealtades. A principios de la década de 2000, se desprende de la firma Sibneft (por 13.000 millones de dólares) y vende gran parte de sus participaciones en empresas rusas. Con ese dinero invierte a diestro y siniestro en el Reino Unido, Francia e incluso en Israel: compró el club de fútbol londinense del Chelsea por 200 millones de euros, adquirió inmuebles en Francia y en el Reino Unido y se forjó una imagen de filántropo en Israel y ante numerosas comunidades judías de todo el mundo.

Una “internacionalización” motivada por las lógicas del mercado y del capitalismo globalizado, pero también, sin duda, por el deseo de protegerse del Estado ruso. En 2003, el hombre más rico del país, Mijaíl Jodorkovski, fue procesado y condenado a ocho años de prisión por “estafa” tras atreverse a denunciar el sistema de corrupción en torno a Putin.

El mensaje fue perfectamente recibido por los demás oligarcas. Poco después, Abramovich se instaló en el Reino Unido. Su compra del Chelsea se describe a veces irónicamente como “la póliza de seguro más barata de la historia”, la inversión que le puso en el punto de mira y, por ello, quizá lo protegió también.

El multimillonario tiene pasaporte ruso, israelí y portugués; ha vivido mucho tiempo en Londres y ahora parece que divide su tiempo entre Rusia, Israel y Turquía. “Roman Abramovich es cercano a Putin, pero no está encerrado en la jaula rusa. Es extremadamente leal, hace todo lo que Putin le pide y, al mismo tiempo, se ha volcado hacia Occidente comprando el Chelsea, diversificando sus activos… Su faceta ‘global’ y sus numerosos pasaportes le hacen aceptable”, señala Tatiana Kastouéva-Jean, del Ifri.

Interlocutor aceptable para los ucranianos

Unas horas antes del inicio de la gran ofensiva rusa sobre Ucrania, el 24 de febrero de 2022, el productor de cine ucraniano Alexandre Rodnianski le llamó para que actuara de intermediario con Moscú. El cineasta es un conocido común de Abramovich, quien financió varias de sus películas, y de Zelenski, de quien produjo los primeros programas. El oligarca aceptó, dando así comienzo a varias semanas de discretas negociaciones.

Para el ejecutivo ucraniano, Abramovich presenta “una imagen más favorable que los siloviki —representantes de las instituciones de fuerza— que rodean a Putin”, al tiempo que es “a pesar de todo, lo suficientemente cercano al poder como para que se le escuche, mientras que la oposición antiguerra o incluso ciertas figuras caídas en desgracia como Vladislav Surkov ya no tienen acceso al presidente”, analiza Clémentine Fauconnier, cuya nueva obra, La Russie de Poutine. Du tournant autoritaire à la guerre (La Rusia de Putin. Del giro autoritario a la guerra, ediciones du Cavalier bleu), acaba de ser publicada.

El oligarca tiene acceso a los dirigentes ucranianos “a través de importantes empresarios del país y por intermediación de David Arakhamia, el jefe de la mayoría presidencial en el Parlamento”, añade el politólogo Volodímir Fesenko, que dirige el centro de estudios políticos Penta, un think tank con sede en Kiev. Al parecer, “también tiene acceso al presidente turco Recep Tayyip Erdoğan”, un interlocutor de importancia desde que Turquía también se ha involucrado en los esfuerzos de mediación entre Kiev y Moscú.

Zelenski llega incluso a pedir a Estados Unidos que no imponga sanciones al multimillonario, a diferencia de lo que ocurre con los demás oligarcas

Las conversaciones de paz iniciadas en marzo de 2022 acabarán fracasando. Pero desde la sombra, durante los meses y años siguientes, el oligarca logra varios éxitos: según funcionarios ucranianos, ayuda a negociar corredores humanitarios para evacuar a los habitantes de ciudades bombardeadas; a mediados de 2022 participa en el acuerdo sobre las exportaciones de cereales ucranianos; al menos hasta 2023, contribuye a las negociaciones para el intercambio de prisioneros y de cadáveres entre Moscú y Kiev.

Para permitirle llevar a cabo sus intentos de mediación, Zelenski llega incluso a pedir a Estados Unidos que no imponga sanciones al multimillonario, a diferencia de lo que ocurre con otros oligarcas vinculados al poder ruso, como reveló en aquel momento el Wall Street Journal. No obstante, está sujeto a sanciones de la UE y del Reino Unido.

¿Intenta imponerse como mediador precisamente para seguir eludiendo las sanciones estadounidenses (o para que se levanten las que le afectan)? Esta interpretación está bastante extendida en los círculos económicos y financieros, aunque algunos abogados mercantiles dudan de que eso baste para proteger su patrimonio eternamente.

Tras haber desaparecido durante un tiempo, ahí está de nuevo en acción. “Cuando la administración Trump inició las conversaciones entre Rusia y Ucrania” a principios de 2025, “la necesidad de mediadores como Abramovich desapareció”, analiza Volodimir Fesenko. Vuelve a aparecer, y sin duda no es casualidad, justo ahora que se empantana la mediación estadounidense.

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Nadie cree, sin embargo, que vaya a obrar milagros: el empresario es un mensajero eficaz, pero no un pacificador capaz de superar las posiciones —por el momento irreconciliables— de Kiev y Moscú. En mayo, Putin respondió al oligarca que le transmitía la propuesta de encuentro de Zelenski: “No le veo el sentido”.

 

Traducción de Miguel López

En mayo, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, decidió transmitir dos mensajes a su homólogo ruso, Vladimir Putin. En primer lugar, que deseaba reunirse con él en persona. En segundo lugar, que Ucrania no estaba dispuesta a ceder el Donbás, esa región codiciada por Moscú pero que el ejército ruso no ha logrado, en cuatro años de guerra, ocupar por completo.

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