Violaciones, torturas y humillaciones: el infierno de dos periodistas palestinos en una cárcel de Israel

Clothilde Mraffko (Mediapart)

Nablus, Ramala (Cisjordania ocupada) —

Unas nubes negras cubren las cimas de las escarpadas colinas de Nablus y llueve intensamente. Puestos de control improvisados —dos bloques de hormigón y una garita— bloquean las carreteras de acceso a esta gran ciudad del norte de Cisjordania. Los soldados israelíes se dedican sobre todo a detener a los vehículos que salen.

Por las ventanas empañadas entreabiertas se escapa el humo de los cigarrillos que calman los nervios. Una doble línea de faros ondula entre el runrún de los motores en punto muerto. De todas partes se oye una música animada o un boletín informativo en árabe, rompiendo el silencio de los valles circundantes, grises y desiertos.

Los palestinos están sitiados. En primer lugar, físicamente, debido a los cientos de obstáculos, barreras y controles que el ejército israelí abre o cierra a su antojo. Pero también mentalmente: en Cisjordania, todo el mundo tiene miedo. Miedo a ser asesinado por un soldado o un colono. Miedo a ser expulsado de su hogar. Miedo a ser detenido.

Después del 7 de octubre se ha disparado el número de detenidos palestinos en las cárceles israelíes

A fecha 1 de enero de 2026, hay 9.243 palestinos detenidos en Israel, entre ellos más de mil gazatíes, según datos del Servicio Penitenciario Israelí (IPS). Salah (ficticio) fue liberado en el marco de uno de los intercambios de prisioneros negociados entre Israel y Hamás. Al otro lado del teléfono, se disculpa repetidamente ante Mediapart: los soldados ya han venido dos veces desde su liberación, amenazando con detenerlo de nuevo, por lo que no dirá nada. Una exdetenida que había aceptado hablar se ha retractado. Otro exprisionero guarda silencio, porque su hermano sigue entre rejas.

* El concepto de “combatiente ilegal”, que no existe en el derecho internacional, se define en el derecho israelí como “una persona que ha participado, directa o indirectamente, en actos hostiles contra el Estado de Israel o que es miembro de una fuerza que comete actos hostiles contra el Estado de Israel, y a la que no se le pueden aplicar las condiciones previstas en el artículo 4 del tercer Convenio de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a los prisioneros de guerra y la concesión del estatuto de prisionero de guerra en el derecho internacional humanitario”.

En un informe publicado en noviembre, la ONG Physicians for Human Rights Israel (PHRI) registró la muerte de al menos 98 palestinos mientras estaban detenidos por Israel desde el 7 de octubre de 2023, de ellos 46 en prisión y el resto en centros de detención militares. “El número real, advertía sin embargo la organización, sería mucho mayor”.

“¿Eres de Hamás?”

Sami al-Saï se sienta en uno de los sofás expuestos en una gran tienda de muebles a las afueras de Nablus. De cara redonda, calvo y sonrisa franca, saluda a cada uno de los empleados con una broma o una frase cariñosa. El exprisionero aceptó inmediatamente la cita: “Si yo callo, si los demás callan, ¿quién hablará de los prisioneros?”

El miedo sigue pegado al cuerpo, a pesar de todo. Desde su liberación, este periodista de 47 años se dedica a pequeños trabajos relacionados con la comunicación. “Tengo seis hijos”, justifica mientras se recoloca nerviosamente sus gafas cuadradas. “Me aseguro de que lo que escribo no me cause problemas. Por eso ya no escribo.”

Fue detenido el 23 de febrero de 2024. Ya había cumplido cuatro y nueve meses de prisión, respectivamente en 1997 y 2016, por “provocaciones”. Esta última vez fue puesto en detención administrativa, es decir, sin cargos ni juicio; pudo contactar con un abogado y avisar a su mujer. En marzo, durante el Ramadán, fue trasladado a la prisión de Megiddo, en el norte de Israel, no lejos del lugar donde el Nuevo Testamento dice que ocurrirá el Armagedón, la batalla final entre el Bien y el Mal.

Sami al-Saï da muchos detalles; su cuerpo está tenso, pero su tono sigue siendo neutro, como si contara la historia de otra persona. Su lenguaje es formal, baja la voz cuando relata los insultos. A su llegada a Megiddo, lo llevaron a una visita médica. Cada vez que lo trasladaban, le vendaban los ojos y no sabía dónde estaba. Solo oía los gritos de otros presos que recibían palizas.

“El que hacía de médico me dice: ‘¿Eres de Hamás?’ Le digo que no. Él continuó: ‘A los que son de Hamás, los jodemos bien’”, cuenta. Lo llevan de vuelta al lugar donde llegó y un guardia de la prisión le ordena desnudarse. Una vez desnudo le ordenan repetidamente: “¡Agáchate, levántate, agáchate, levántate!”. El guardia le inspecciona los testículos y le dice que puede volver a vestirse. Le esposan las muñecas y los tobillos y le vendan los ojos. “Oí que había más gente a mi alrededor, cuatro, quizá seis voces diferentes, entre ellas una mujer. Hablaban en hebreo, uno hablaba en árabe”, continúa Sami al-Saï. Carraspea. Silencio. “Empezaron a golpearme violentamente, golpes por todas partes”, dice.

Se abre una puerta, luego otra. Las voces lo amenazan: “¡A los periodistas nos los follamos!”. Luego le ordenan que se tumbe en el suelo. Está de rodillas, con la cara contra el suelo, unas manos lo desnudan, le bajan los calzoncillos hasta los tobillos. Sami al-Saï es violado dos veces. La primera vez con un objeto, probablemente una porra. La segunda vez, oyó a una de las voces pedir “pásame la zanahoria”. Los golpes no paran. “Y se reían, y la mujer tenía una risa muy particular, se divertían”, recuerda. “Y me pegaban”. Por encima de su cabeza, las voces gritaban: “”¡Muere, muere, Hamás! Sois perros, insectos, animales.”

Casos de violación documentados

Sami al-Saï vuelve a carraspear nerviosamente, con los ojos secos. Pensó que moriría en ese momento, vio a sus cinco hijos, a su mujer, sus recuerdos, y pensó en su hija que estaba a punto de nacer: “Señor, concédeme un poco de vida para conocerla”, rezó en ese momento. Luego “se hizo el silencio”: “Sus voces venían de fuera, muy cerca de la puerta. Se oían risitas. Sentí el olor del tabaco; estaban fumando”, continúa. Él sigue boca abajo, con la nariz invadida por “un olor repugnante”. Luego le obligan a levantarse. Finalmente le llevan a su celda, a golpes.

Los primeros días, el prisionero está en shock, agotado. Sangra. A pesar de sus repetidas peticiones, no ve a ningún médico. Sami al-Saï no habla con nadie de las violaciones, y mucho menos con los primeros prisioneros con los que se encuentra, sus compañeros de celda, demacrados, que lo reciben con el pelo revuelto, barbas y uñas largas. “Su aspecto me aterrorizaba”, recuerda. A pesar de todo, el periodista intenta averiguar si otros han sufrido lo mismo que él.

“No sé si conocí a personas que habían sido violadas o que me contaban otras violaciones. Los que hablaban siempre decían que no se trataba de ellos”, constata. Él mismo no se lo cuenta a nadie, salvo a dos reclusos, hacia el final de su condena.

Tras las masacres de Hamás en Gaza, se prohibieron las visitas de las familias y del Comité Internacional de la Cruz Roja y las torturas se extendieron

“Que nosotros sepamos, no se ha producido ningún incidente de este tipo”, respondió a Mediapart un portavoz del servicio penitenciario israelí, sin dar más detalles, pero precisando que Sami al-Saï podía presentar una denuncia. El interesado descarta la hipótesis con un gesto de cansancio. Pero habló con organizaciones de defensa de los derechos humanos.

Una fuente confirmó haber recopilado testimonios similares en las prisiones israelíes. En el verano de 2024, un vídeo reveló una violación colectiva de soldados a un prisionero originario de Gaza en Sde Teiman, un centro de detención militar israelí, y hubo informes que documentaron actos de violencia sexual especialmente crueles allí.

En total, Sami al-Saï pasó casi dieciséis meses en prisión; fue liberado el 10 de junio de 2025. Cuando salió, solo pesaba 55 kilos, frente a los 80 que pesaba antes de su detención. Su testimonio se hace eco de los relatos que salen de las cárceles israelíes: privaciones constantes, golpes cada vez que se les traslada al juicio, a la clínica, a otras cárceles —”nos destrozaban”, insiste—, castigos colectivos, chinches y sarna que te devoran la carne... Los presos no saben nada del mundo y el exterior no sabe nada de ellos.

Amnistía Internacional ya documentaba antes del 7 de octubre las torturas y detenciones arbitrarias de palestinos por parte de Israel. Tras las masacres cometidas por Hamás en Gaza, siguiendo las instrucciones del supremacista judío Itamar Ben Gvir, ministro israelí encargado de las prisiones, se prohibieron las visitas de las familias o del Comité Internacional de la Cruz Roja, se retiraron las camas para meter a más reclusos por celda, se suprimió el comedor y se cortó la electricidad la mayor parte del tiempo. Y las torturas se extendieron.

Un trauma aún vivo

Sami al-Saï es trasladado en abril de 2024 a Nafha, una prisión del sur de Israel, en medio del desierto del Néguev. Allí están encarcelados los presos palestinos que cumplen largas condenas. A su llegada, sus compañeros de prisión le ofrecen un cuarto de cucharadita de mermelada, un pequeño sabor a paraíso. Los presos son tratados como antes del 7 de octubre, tienen objetos en sus celdas, libros, mantas, jabón y pasta de dientes.

“Habían convivido quince años con los guardias, por lo que la relación aún no se había roto por completo”, señala Sami al-Saï. “Y luego, poco a poco, también les quitaron todo”. Llevó los mismos calzoncillos durante doce meses. El servicio penitenciario respondió que actuaba “de conformidad con las disposiciones legales y bajo la supervisión del controlador del Estado y de muchas otras instancias oficiales” y que respetaba “plenamente” los “derechos fundamentales” de los reclusos.

Sami al-Saï también está resentido con la Autoridad Palestina, que lo detuvo una docena de veces antes de 2023. En febrero de 2025, esta última anunció que pondría fin al sistema de ayudas para las familias de los presos y los palestinos asesinados por israelíes, satisfaciendo así una demanda que desde hacía tiempo venían planteando Estados Unidos e Israel.

En la amplia terraza de un centro cultural que domina el denso tejido urbano de Ramala, en el centro de Cisjordania, Asma Hreash viene con dos cafés y unos pasteles, bien arreglada, con algo de colorete en sus mejillas y tocada por un pañuelo burdeos. La joven de 33 años acaba de casarse y ha retomado sus estudios. Sin embargo, más de un año después de su liberación, sigue sin dormir bien y le cuesta concentrarse.

Vive con el miedo a los puestos de control y ya no lleva consigo el teléfono. Los israelíes, asegura, “apuntan a todo el mundo”. “En cualquier momento, alguien puede destruirte la vida. Esta noche me despertó un ruido y enseguida pensé en los soldados. Solo era la lluvia”, cuenta. Ella también es periodista independiente y también estuvo en detención administrativa.

Durante cuatro meses, Asma Hreash está “a dieta”. Pierde 20 kilos. Deja de tener la regla

Asma Hreash fue detenida el 3 de marzo de 2024, a las 3:30 de la madrugada, sacada de su dormitorio por hombres armados. La llevaron a un centro militar israelí, donde permaneció unas diez horas “esposada, en el suelo y con los ojos vendados”. Finalmente, la trasladaron a la prisión de Sharon, en el norte de Israel, a una celda de “un metro por un metro y medio, con el retrete al aire libre, dos cámaras y sin intimidad alguna”.

La joven habla rápido, vuelve sobre los detalles y relata nuevas humillaciones. En Sharon, la encerraron con otra mujer más mayor, en la premenopausia, que tenía la menstruación. “No le dieron productos higiénicos”, cuenta la joven, con la mirada perdida. “Llevaba una abaya y, debajo, unos pantalones. Los rasgó para hacer toallitas. Fue violento ver a esa mujer, a esa edad, reducida a eso para mantener su dignidad”.

Violencia para “aterrorizar”

Finalmente, las dos mujeres son trasladadas a la prisión de Damon, en el norte de Israel, cerca de Haifa, esposadas juntas. Durante todo el trayecto, un hombre lanza insultos en árabe por un micrófono y se oyen los ladridos de un perro muy cerca. Una vez allí, la vida discurre entre las privaciones y el miedo. Las compañeras de prisión intentan hacer collares con huesos de aceituna, mantenerse limpias y dignas.

Durante cuatro meses, Asma Hreash está “a dieta”. La comida, seca, en mal estado, nunca suficiente para saciarla, le da asco. Pierde 20 kilos. Deja de tener la regla.

A veces, los guardias echan gas lacrimógeno en las celdas, dejan que las prisioneras “se asfixien un poco y, cuando se sienten mal, abren la puerta y las trasladan a otra celda”, cuenta Asma Hreash: “No quieren que mueras, solo torturarte un poco, que te asfixies. Nos ven como números para los acuerdos de intercambio de prisioneros”. Durante la guerra contra el Líbano, los cohetes de Hezbolá sobrevuelan la prisión. Las reclusas están nerviosas, solas, los guardias están en los refugios.

Algunas reclusas se encontraban en un estado psicológico lamentable

En septiembre, tras protestar contra el aislamiento de dos líderes políticas palestinas, entre ellas Khalida Jarrar, las reclusas son castigadas. Catorce militares, entre ellos dos mujeres, irrumpen en la celda. “No llevábamos nuestros pañuelos. Nos empujaron contra la pared. Llevaron a cada reclusa al baño y las mujeres nos hicieron un registro al desnudo. Dejaron la puerta entreabierta. Si nos negábamos, amenazaban con dejar entrar a un soldado”, cuenta Asma Hreash, con los ojos negros empañados. Estas presiones se repiten varias veces.

Sin embargo, la joven se considera afortunada. Afirma haber visto a reclusas con el cuerpo cubierto de moratones, mientras que otras sufrieron “acoso sexual por parte de las mujeres militares, que les obligaban a abrir las piernas durante el registro solo para mirarlas y burlarse de ellas. Algunas reclusas se encontraban en un estado psicológico lamentable”.

En marzo de 2025, una comisión de investigación independiente de la ONU publicó un informe que concluía que “Israel [había] utilizado la violencia sexual y de género contra los palestinos y palestinas para aterrorizarlos”, según las palabras de su presidenta, Navi Pillay. Los expertos señalaron que esos actos, incluidas las violaciones, se habían cometido tras recibir órdenes “o con el apoyo implícito del alto mando civil y militar de Israel”.

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Al ser puesta en libertad, un responsable de la prisión amenazó a Asma Hreash: si hablaba, volvería a ser detenida. En la madrugada del 1 de enero, las fuerzas israelíes detuvieron a su hermano de 30 años “delante de sus dos hijos de 3 años y 6 meses”. Ya había cumplido quince meses de prisión, en detención administrativa. El abogado informó a la familia de que estaba detenido en Ofer, en el centro de Cisjordania. Asma Hreash no sabe de qué se le acusa, ni siquiera si será imputado.

 

Traducción de Miguel López

Unas nubes negras cubren las cimas de las escarpadas colinas de Nablus y llueve intensamente. Puestos de control improvisados —dos bloques de hormigón y una garita— bloquean las carreteras de acceso a esta gran ciudad del norte de Cisjordania. Los soldados israelíes se dedican sobre todo a detener a los vehículos que salen.

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