Pocas veces las investigaciones sobre medioambiente y contaminación arrojan conclusiones positivas, pero esta es una de ellas. Un reanálisis de decenas de estudios sobre la presencia de microplásticos en la atmósfera concluye que hasta ahora se había exagerado enormemente la concentración de polímeros en el aire, desde donde entran en el organismo a través de la respiración. En concreto, su presencia es entre 100 y 10.000 veces inferior de lo que se creía hasta ahora.
Un grupo de investigadores ha publicado este miércoles en Nature que, de media, la atmósfera concentra 0,08 partículas plásticas por metro cúbico de aire en zonas terrestres, mientras que sobre los océanos su presencia cae hasta las 0,003 partículas, de manera que los datos que había hasta ahora tenían "una sobreestimación de entre dos y cuatro órdenes de magnitud", según los tres autores del documento.
En concreto, se estima que cada año se emiten a la atmósfera terrestre 610 cuatrillones de trozos de microplásticos y otros 26 cuatrillones sobre la superficie oceánica. Estos pedazos miden entre 5 y 100 micras. Un pelo humano tiene un diámetro de unas 80 micras.
Los autores no han realizado ninguna medición nueva de partículas, sino que han recopilado 76 estudios internacionales –que suman 2.768 mediciones de microplásticos en el aire y en depósitos terrestres– y los han estudiado en conjunto para sacar una única conclusión. Elaborar este reanálisis permite arrojar luz sobre un área de investigación realmente caótica, en la que los estudios en diferentes zonas del planeta alcanzan conclusiones opuestas porque la presencia de plásticos está muy ligada a la concentración local de la industria o del tráfico.
"Las mediciones de la abundancia atmosférica [de microplásticos] y de su depósito son difíciles debido al pequeño tamaño de las partículas implicadas. Los niveles de concentración atmosférica comunicados son extremadamente variables", advierten los autores. Por ejemplo, un estudio en una gran urbe de China estimó que cada día se depositaban en el suelo 50 trozos de microplástico por metro cuadrado, mientras que otro análisis en Reino Unido estimaba 3.100 pedazos por metro cuadrado.
Contar con cifras fiables en esta área es indispensable para estimar el impacto en la salud de la exposición a los microplásticos, que ha atraído un gran interés en los últimos años ante las cada vez mayores evidencias de que el organismo acumula polímeros en sus tejidos debido a la exposición diaria en la ropa, el agua, los alimentos o el aire de las ciudades.
Roberto Rosal, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Alcalá, opina que se ha trasladado un cierto alarmismo alrededor de los microplásticos, y que el nuevo estudio de Nature demuestra que algunos titulares son exagerados, "fomentando el negacionismo" y la pérdida de credibilidad de la ciencia. Lo compara, por ejemplo, con una popular publicación de 2022 que afirmaba que cada persona ingiere cinco gramos de plástico a la semana, el equivalente a una tarjeta de crédito, pero una revisión posterior estimó que no sería cada semana, sino cada 23.000 años. También critica otro estudio popular de 2025 que afirmaba que la acumulación de polímeros en el cerebro ha crecido rápidamente en la última década.
El análisis publicado este miércoles también confirma que los grandes responsables de llenar el aire y el suelo de plásticos son el desgaste de los neumáticos y frenos en las carreteras, el uso industrial y personal de los plásticos, y los trozos microscópicos que el aire arrastra del mar y de los campos agrícolas. Solo la abrasión de las ruedas produce cada año 4,4 millones de toneladas de microplásticos, siendo el emisor individual número uno.
Las piezas más peligrosas son las de menor tamaño (de 5 a 10 micras), que pueden penetrar más en el organismo, y estas provienen fundamentalmente del tráfico, de la agricultura y del polvo que se levanta en las llanuras áridas. Mientras que las partículas más gruesas (de 25 a 100 micras) llegan a la atmósfera principalmente desde los océanos –el plástico acumulado en el mar se degrada hasta ser arrastrado por la brisa– y desde los productos de uso diario –principalmente las fibras sintéticas de la ropa–.
Aunque las cifras que rodean la contaminación por microplásticos sean astronómicas, Roberto Rosal matiza que en realidad la exposición diaria es mínima. Un estudio en el que él participó analizó la concentración de piezas de plástico en diez ciudades españolas, siendo Madrid la que más tiene. "Si digo que en la Puerta del Sol se almacenan cada día un millón de fragmentos al día puede sonar muchísimo, pero equivalen a 200 miligramos diarios, el envoltorio de un caramelo", explica.
Impacto incierto en la salud
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Sobre el impacto en la salud de los microplásticos, Rosal también cree que está en parte exagerado. "Estamos expuestos a los microplásticos por la inhalación y la ingesta, pero lo que entra por un sitio sale por otro. El epitelio intestinal solo filtra lo inferior a 200 nanómetros, es muy difícil que lo internalicemos", subraya. Por el estómago entraría una cantidad ínfima, mientras que a través de la respiración, la mayor parte de lo que se introduce por la nariz quedaría atrapado por la mucosa, afirma. El investigador también trabajó en un estudio de pulmones extirpados, en los que encontró cantidades tan pequeñas de plástico que no eran relevantes.
La Agencia Europea de Medioambiente también recoge que "no hay suficiente evidencia" sobre el daño de los microplásticos, aunque sí advierte que pueden contener agentes químicos asociados "tóxicos, contaminantes orgánicos persistentes y metales pesados", que sí son dañinos. No obstante, está ampliamente demostrado que los microplásticos se almacenan en la sangre, el tracto gastrointestinal, los pulmones y en los órganos reproductivos, y se relacionan con respuestas inflamatorias.
Rosal señala que es extremadamente complicado por ahora "relacionar la causa-efecto" de los microplásticos en determinados problemas de salud, porque es fácil confundir los materiales plásticos con la materia orgánica en los análisis. Sí advierte de que algunos de los aditivos que lleva el plástico son tóxicos y se utilizan para dar al polímero propiedades como color, dureza o resistencia al calor. Él y su equipo estudiaron uno de ellos, el Irgafos, un antioxidante imprescindible para que el plástico se pueda fabricar, y concluyeron que tenía "un nivel bastante alto de toxicidad".
Pocas veces las investigaciones sobre medioambiente y contaminación arrojan conclusiones positivas, pero esta es una de ellas. Un reanálisis de decenas de estudios sobre la presencia de microplásticos en la atmósfera concluye que hasta ahora se había exagerado enormemente la concentración de polímeros en el aire, desde donde entran en el organismo a través de la respiración. En concreto, su presencia es entre 100 y 10.000 veces inferior de lo que se creía hasta ahora.