El precio de las naranjas se duplica por el cambio climático, pero apenas es rentable para el agricultor

Agricultores tiran coles y naranjas como protesta en una concentración por la “supervivencia” del campo valenciano.

El pasado viernes un grupo de voluntarios recogieron cerca de 800 kilos de naranjas que acabaron en distintas asociaciones para familias necesitadas. Aunque se pagan este año a buen precio, al dueño de la finca no le sale rentable contratar una cuadrilla para recogerlas y prefiere donarlas a una buena causa que simplemente tirarlas al suelo, como ocurre cada año con toneladas de frutas y verduras que acaban abonadas el campo o como pasto de animales pese a ser perfectamente comestibles.

El caso de esta huerta de Alzira (Valencia) es excepcional porque al tratarse de una pequeña explotación ecológica es aún más difícil compensar los costes de producción, pero la tónica general de la campaña no se aleja mucho de este ejemplo. Incluso las grandes fincas han producido muchas menos naranjas de lo habitual debido al cambio climático, por lo que tienen problemas para cuadrar los gastos de producción, que, por otra parte, nunca antes habían sido tan altos: luz, fertilizantes, fitosanitarios y gasoil se han disparado debido a las consecuencias de la guerra, según explican desde la Asociación Valenciana d’Agricultors.

La escasa cosecha ha ayudado a que los cítricos se vendan este año en el campo al doble o más de lo que se pagaba el año pasado, pero no ha sido suficiente para compensar la inflación. “Es cierto que el precio ha subido, pero en origen la naranja se sigue pagando a precio de hace 30 o 40 años, solo saca beneficio quien tiene una explotación lo suficientemente grande”, afirma un portavoz de la asociación.

Para entender la pésima cosecha de este año hay que remontarse a la pasada primavera, explica Artemio Cerda, geógrafo de la Universitat de València. Las intensas lluvias de marzo —la falta de sol, en realidad— provocaron que las abejas no polinizasen lo suficiente las flores de los naranjos y muy pocas generaron frutos, a lo que siguió un verano tórrido y seco que perjudicó el crecimiento de las naranjas.

Otros grandes exportadores de esta fruta, como Marruecos, Egipto o Turquía, no han podido rellenar este cupo porque también sufrieron olas de calor extremas, por lo que el precio de la naranja en origen —lo que se paga al agricultor— ha subido hasta los 20 o 25 céntimos por kilo frente a los diez céntimos que se pagaba hace un año por la variedad Navelina.

Pese al encarecimiento de estas frutas, los agricultores vuelven a reclamar un año más que no reciben lo suficiente para que el negocio sea rentable. Según explican, el problema está en que unos pocos gigantes de la alimentación compran a gran escala a los productores y fijan los precios sin negociar. Desde el sector también recuerdan que la naranja y la mandarina se han encarecido tanto porque el año pasado el escenario fue el inverso: hubo una cosecha inmensa y el precio del kilo se hundió hasta venderse incluso a 3 céntimos, lo que arruinó a decenas de productores y supuso que toneladas de fruta acabasen en la basura.

“El responsable aquí son las grandes cadenas, que no enlazan los picos de producción del campo con ofertas en los supermercados que incentiven la compra de esta fruta. Cuando el mercado se satura, la única solución es tirarla”, cuenta Andrés Góngora, responsable de frutas y hortalizas de la Coordinadora Agraria (COAG)

Celia es una de las organizadoras de la recogida solidaria de fruta en Alzira y explica que esta práctica es habitual, ya que todos los años se quedan campos enteros de cultivos sin recoger porque el producto que no va a llegar al mercado por exceso de oferta. “La idea es ampliar la iniciativa porque no damos abasto para recoger todo lo que hay”, dice una de las representantes de la Asociación de Mujeres por la Agricultura y la Ecología (AMAE).

Este grupo lleva a cabo estas salidas desde hace tres años. Por ejemplo, Celia relata que hace unos meses también recogieron aguacates ecológicos de otra finca valenciana, cuyo dueño se negó a venderlas al precio irrisorio que fijaron los mayoristas. “Es cierto que estos agricultores tienen una mezcla de resignación e ilusión. Se alegran de que su trabajo vaya a parar a gente necesitada, aunque siempre preferirían vender la fruta en el mercado porque al fin y al cabo es su profesión”, dice.

Artemio Cerda, de la UV, denuncia este sistema agrario en el que cada año se dejan pudrir toneladas de frutas y verduras por exceso de cosecha o porque los alimentos cultivados son ligeramente más pequeños o más grandes de lo que buscan los supermercados. Cuenta, por ejemplo, que en Ponferrada las cuadrillas recogen peras con una anilla colgada al cuello, y todas las que no entran por el aro se descartan, dejando un manto de fruta de primera calidad sobre la tierra. "Es una verdadera distopía alimentada por los consumidores", opina.

En el caso de las naranjas valencianas, un negocio que conoce bien, estima que un tercio de la cosecha se suele desperdiciar cada año, e incluso cuando hay déficit de cítricos hay un 10% que jamás llega al supermercado.

Contra toda lógica, afirma, los peores años para los agricultores son los que tienen un clima excepcional y los árboles están a rebosar. Es ahí cuando la naranja es de mejor calidad y su piel es más fina, pero según sus cálculos el 50% de lo recogido se tira o se da a los animales por exceso de oferta. En estos casos, incluso los recolectores hacen uso de la técnica de florear, que se trata de coger solo las mejores piezas de cada naranjo.

Iniciativas como la de Amae en Valencia, la práctica de recoger frutas y verduras sobrantes de las cosechas —espigar—, gana fuerza poco a poco a medida que colectivos ecologistas recuperan esta práctica con siglos de antigüedad. Proviene originalmente de la Edad Media, cuando mujeres y niños iban al campo tras la cosecha a recoger los restos, según relata Anna Gras, de Espigoladors. Esta asociación catalana es la más grande de España de este tipo y lleva casi una década formando grupos para espigar. El año pasado recuperan más de 600 toneladas de frutas y verduras que iban a acabar en la basura.

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