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Los restos de un verano en llamas: "Quien vea las fotos de la zona no va a querer venir"

Vistas de Bejís (Castellón), un mes después del incendio.

A pocos días de que acabe el verano más tórrido jamás registrado, los españoles vuelven a la rutina, quizás con el recuerdo de haber pasado semanas de mucho calor, pero ya con la vista puesta en el otoño. Sin embargo, en muchas zonas rurales de España, estos últimos tres meses tardarán en ser olvidados tras unos incendios que han arrasado viviendas, cosechas y bosques que tardarán años o incluso décadas en recuperar. 

Uno de los fuegos más duros de la temporada se produjo en la Serra do Courel (Lugo), donde estaban acostumbrados a ver pequeños incendios en verano. Pero en julio, una anómala tormenta eléctrica acompañada de altas temperaturas, levantó unas llamas que provocaron el desalojo de 23 aldeas. 

"En Galicia siempre hemos convivido con el fuego, pero jamás con este nivel de destrucción. Es un antes y un después", opina Lola Castro, alcaldesa de Folgoso do Courel (Lugo), un ayuntamiento con pocos recursos que este verano ha sido el epicentro de un incendio voraz que ha arrasado 11.000 hectáreas, uno de los más grandes registrados en España. 

Dos meses después, los vecinos siguen contabilizando las pérdidas y apenas ha comenzado el largo proceso para recibir las ayudas para reconstruir sus casas y fincas. Los ganaderos no saben cuándo podrán volver a sacar a sus animales a pastar. En el sector de la madera cuentan los días para talar los árboles quemados para evitar que los troncos se pudran. Y quien vive del turismo ha perdido la temporada de verano y ve cómo los visitantes buscan ahora otros destinos. 

Los dueños de Casas do Comerciantes aúnan dos de estos negocios. Tienen una casa rural en Courel y aprovechan las tierras de alrededor para criar medio centenar de vacas. El punto fuerte de su negocio era un gran ventanal donde los huéspedes podían comer con vistas a la montaña, pero ahora el paisaje es color ceniza.

"Quien vea las fotos no va a querer venir", lamenta Marta Rodríguez, dueña del negocio. "La gente llama para preguntar si la zona se ha quemado, aunque tenemos la suerte de que los clientes de toda la vida han venido para apoyarnos estos meses", añade. Pero lo que más le duele son sus animales, que tiene apiñados junto a su casa porque la finca se ha quemado y la ley de Montes impide el pastoreo de la zona durante dos años, salvo que la Xunta lo autorice próximamente. 

Por desgracia, este testimonio se repite por toda España. Hasta septiembre, se han registrado 54 grandes incendios en todo el país, una cifra desorbitada en comparación los 15 que ocurren cada año de media. No solo ha habido más fuegos, también han sido más grandes debido a una mezcla de calor extremo, sequía y falta de trabajo en el monte. 

De la foto al olvido 

A 150 kilómetros de Courel, en la Sierra de la Culebra (Zamora), también sufrieron en junio un incendio que nadie olvidará: más de 30.000 hectáreas quemadas que barrieron un tesoro natural protegido justo antes de que comenzase la berrea del ciervo, un evento que atrae visitantes de toda la península. 

Uno de los pueblos que acabaron rodeados por las estas llamas fue Ferreras de Abajo, donde han perdido miles de árboles cuya tala proporcionaba al municipio una quinta parte de sus ingresos cada año. También ha afectado a apicultores, la recogida de setas, cosechas... gran parte de la economía local vivía del campo

Simón García ha perdido su finca de castaños y los pastos que alimentaban a sus 170 vacas. "Después del incendio vino todo el mundo a hacerse la foto: la Junta, el delegado del gobierno... pero después no han vuelto más", critica este vecino, que paga ahora de su bolsillo el forraje para los animales, que además ha duplicado su precio este año.  

Este comentario se repite entre varios afectados, que se sienten olvidados meses después de la catástrofe. Durante los peores días estos pueblos abrían los informativos, y en algunos casos se les declaró zona catastrófica y se desviaron fondos especiales para su recuperación. Pero la concesión de ayudas a los vecinos es un proceso largo, donde hay que calcular daños, enviar la documentación y esperar a que el dinero se desbloquee.  

"El incendio tiene mucha repercusión cuando está pasando, pero al mes siguiente la gente se olvida, y ahí empiezan nuestros problemas", cuenta la alcaldesa de Bejís, María José Madrid. Hace justo un mes, este municipio de Castellón fue desalojado durante cinco días para proteger a sus 400 vecinos de un aparatoso fuego que llegó a quemar 20.000 hectáreas. 

La alcaldesa cuenta que ha desaparecido el 98% del término municipal. Solo se han salvado las casas y algunas parcelas afortunadas, pero han perecido miles de hectáreas de olivos, almendros y nogales. "Aunque lo que te encoge es mirar alrededor y verlo todo negro cuando antes era verde".  

Como muchas de las zonas rurales que han ardido, Bejís era un polo para el turismo de fin de semana, y muchos valencianos hacían senderismo o rutas en bicicleta en las montañas de alrededor para acabar comiendo en el pueblo. "Los grandes grupos han desaparecido", cuenta Luis Clemente, propietario del Bar Tren Pita, uno de los pocos restaurantes que hay en Bejís. 

Desde el ayuntamiento son conscientes de la importancia de recuperar a estos visitantes, pero atraerlos será un desafío. Por ahora no está permitido hacer senderismo en la zona quemada, por mucho que la lluvia revitalice la zona este otoño, así que toca buscar nuevas ideas, como una ruta de conductores de Vespa que han organizado a finales de septiembre. "El pueblo está volcado en salir adelante hasta que volvamos a ser un pueblo verde", zanja la alcaldesa de Bejís.

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