Cuando un periodista del Detroit News, que había acudido a entrevistarle, le preguntó a Adolf Hitler en 1931 por qué tenía en la pared de su despacho en la sede del partido nazi en Múnich un gran retrato enmarcado de Henry Ford, su interlocutor le respondió: “Considero a Henry Ford mi inspiración”.
No era un halago de cortesía. Mein Kampf reproduce ideas —y a veces párrafos enteros— de las publicaciones del magnate del automóvil.
Ford intentó jugar un papel fundamental en la promoción del nazismo en Estados Unidos como una manera de frenar a la izquierda en su país. Había comprado un periódico deficitario, el Dearborn Independent, y lo convirtió en la máquina de propaganda antisemita más potente del mundo anglosajón: 92 entregas bajo títulos como “El judío internacional”, distribuidas en los concesionarios de Ford Motor por todo el país y editadas en doce idiomas sin copyright para maximizar su difusión.
Noventa años después, en los días previos a las elecciones alemanas de febrero de 2025, Elon Musk publicó en X —la red social que compró en 2022 y cuya moderación de contenidos desmanteló casi por completo— una serie de mensajes de apoyo a Alternativa para Alemania, el partido de ultraderecha que ha heredado en parte el vocabulario y los marcos conceptuales del nazismo. No fue un tuit aislado. Era la culminación de una estrategia.
La comparación no es ni superficial ni caprichosa. Es la conclusión inevitable de la lectura de dos ensayos que acaban de ver la luz en España con pocas semanas de diferencia, Precuela (Capitán Swing), de la periodista norteamericana Rachel Maddox, e Irresponsables (Alianza), del historiador francés Johann Chapoutot. Su análisis del papel que jugaron los actores que contribuyeron al ascenso del fascismo en los años treinta, con éxito en Alemania y sin él en EEUU, revela una hoja de ruta inquietantemente familiar.
El “Fuhrer olvidado”
Para entender el presente hay que recordar a Alfred Hugenberg, al que Chapoutot llama el "Führer olvidado" de Alemania entre 1928 y 1933. Hugenberg construyó un conglomerado mediático sin precedentes: una agencia de noticias que vendía contenidos a la competencia, 26 diarios propios, y una “fábrica de textos” —la WiPro— que producía editoriales, artículos y reportajes listos para publicar y los enviaba en matrices a 1.600 periódicos de toda Alemania.
Esos periódicos difundían los contenidos sin saber, o sin importarles, que estaban distribuyendo propaganda con línea editorial “nacionalista, reaccionaria, racista y antisemita”, en palabras de Chapoutot. Completaba el arsenal la UFA, la mayor productora cinematográfica alemana, y el noticiario cinematográfico Deulig-Tonwoche, que se emitía en los cines antes de cada película.
El mecanismo retórico de Hugenberg —grandes titulares, signos de exclamación, caricaturas grotescas, talking points (argumentos clave que se repetían hasta convertirse en sentido común)— es reconocible para cualquiera que use redes sociales en 2025. El filósofo Oswald Spengler, amigo de Hugenberg, lo describió con cinismo en los años veinte: la prensa fabrica “verdades” mientras haya dinero para repetirlas. Lo que a partir de 2016 se llamó “posverdad”, Hugenberg lo había sistematizado un siglo antes.
Musk ha replicado el modelo con la ventaja de operar sobre una plataforma global en tiempo real. Tras adquirir Twitter por 44.000 millones de dólares, amnistió decenas de miles de cuentas suspendidas por difundir desinformación y discursos de odio, redujo drásticamente los equipos de moderación y modificó los algoritmos para amplificar sus propios contenidos y los de las cuentas afines.
El resultado ha sido documentado por investigadores de distintas universidades: las narrativas de ultraderecha han ganado alcance sistémico en la plataforma. AfD en Alemania, Reform UK de Nigel Farage, Vox en España, el bolsonarismo en Brasil: Musk no solo expresa simpatía por todos ellos, sino que interviene activamente en sus campañas electorales con una herramienta que llega a 600 millones de usuarios.
El aplauso de la patronal
La historia de cómo la gran patronal alemana apostó por Hitler no es, según Chapoutot, un detalle secundario. Es el corazón del relato. En enero de 1932, Hitler pronunció un discurso ante el Club de la Industria de Düsseldorf en el que argumentó que la empresa y el ejército son los únicos modelos racionales de organización —ambos antidemocráticos— y que la soberanía popular no era más que “el poder de la mediocridad”. La sala respondió con “largos aplausos entusiastas”.
En noviembre de ese año, un grupo de “eminentes personalidades del mundo de la economía” —entre ellos Fritz Thyssen y el banquero Kurt von Schröder— enviaron un requerimiento formal al presidente Hindenburg pidiéndole que nombrara a Hitler canciller. Celebraban “la prometedora aurora de una era que, superando la lucha de clases, crearía las condiciones para un renovado crecimiento de la economía alemana”. Tres meses después, Hitler era canciller.
La lógica era sencilla: usar a los nazis para destruir al movimiento obrero, desmantelar el Estado del bienestar (muy incipiente) y garantizar la estabilidad del orden capitalista, confiando en que podrían controlar a los nazis desde las sombras. Sobra decir que no pudieron hacerlo.
Aquí el paralelismo estratégico de los tecnoligarcas se hace evidente. Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, uno de los primeros grandes inversores de Facebook y padrino ideológico de J.D. Vance, el vicepresidente de Donald Trump, habla con una franqueza que recuerda a los discursos del Club de Düsseldorf: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
Thiel financia desde hace años a pensadores del movimiento neorreaccionario, cuyo ideólogo más visible, Curtis Yarvin, defiende abiertamente que las democracias deberían ser reemplazadas por empresas dirigidas por un CEO con poderes absolutos. La “Ilustración Oscura”, como se denomina esta corriente, no es un capricho académico marginal: es la base intelectual de una red de financiación, de candidatos políticos y de decisiones empresariales.
La captura del Estado
El nombramiento de Musk al frente del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), con acceso a los sistemas informáticos de prácticamente todas las agencias federales de Estados Unidos, fue la materialización más visible de este proyecto. No se trata de reformar del Estado, sino de capturarlo.
La historia americana de los años treinta es, paradójicamente, la más útil para entender lo que puede ocurrir ahora, precisamente porque es la historia de un fracaso. El proyecto fascista americano tenía ingredientes similares al alemán: Ford con su aparato antisemita, el padre Charles Coughlin con su audiencia de decenas de millones de oyentes de radio proclamando que “la democracia está condenada” y que “el camino es el fascismo”, y el agente nazi George Sylvester Viereck, que utilizó el privilegio del franqueo de más de una docena de congresistas para inundar el país de propaganda alemana pagada por el contribuyente —una estrategia, el uso sistemático del correo postal, sorprendente parecida a la que hoy desarrolla Musk utilizando medios digitales—.
Los neofascistas estadounidenses no triunfaron por varias razones que Rachel Maddow documenta en Precuela. Roosevelt, por ejemplo, ofreció una salida política real a la crisis económica, restando base al extremismo. Y el movimiento fascista americano era fragmentado y, con frecuencia, risible en su ejecución —sectas lideradas por egocéntricos que no se ponían de acuerdo ni en el saludo—.
Pero, sobre todo, hubo ciudadanos que les hicieron frente antes de que las instituciones se movieran: Leon Lewis, veterano judío de la Primera Guerra Mundial, montó de su propio bolsillo una red de espías infiltrados en las organizaciones nazis de California desde 1933. Henry Hoke, un oscuro publicista de correo directo, rastreó durante años el esquema de propaganda nazi con métodos de detective y publicó sus hallazgos.
El periodista Dillard Stokes, del Washington Post —sí, el mismo diario que hoy está en manos de Jeff Bezos, otro miembro del club de tecnobros—, siguió el hilo hasta destapar la operación de Viereck en el Congreso. Y los hermanos Warner, que financiaban en secreto las operaciones antifascistas, sacaron adelante en 1939 Confessions of a Nazi Spy, la primera película de Hollywood que nombraba directamente a Hitler como enemigo —hoy lo que queda de su compañía está a punto de ser devorado por Paramount Skydance, una corporación indisimuladamente en la órbita ideológica de Donald Trump—.
Un peligro mayor
Entre lo que pasó en los años treinta en Alemania y Estados Unidos y lo que está sucediendo en estos momentos en Occidente hay también diferencias. Una de ellas es que los nuevos irresponsables son, en varios aspectos decisivos, más peligrosos que sus predecesores.
Hugenberg necesitaba imprentas, camiones y suscripciones. Musk posee la infraestructura de comunicación en tiempo real de medio planeta. La propaganda de los años treinta requería fabricar y distribuir papel; los algoritmos de 2025 fabrican realidades y las distribuyen de forma personalizada, a escala, sin fricción y sin posibilidad de auditoría pública.
La WiPro de Hugenberg enviaba matrices a 1.600 periódicos. El algoritmo de X decide lo que ven 600 millones de personas en función de parámetros que solo conoce su propietario. No es propaganda; es algo más parecido a la ingeniería del entorno cognitivo.
A esto se suma lo que analistas como Yanis Varoufakis han bautizado como “tecnofeudalismo”. Las plataformas operan como feudos digitales donde sus propietarios extraen rentas de cada transacción, cada interacción, cada búsqueda, y donde los usuarios no son ciudadanos sino siervos que ceden sus datos y su atención a cambio de acceso.
Empresas como Palantir —de Thiel— venden a gobiernos sistemas de vigilancia predictiva que permiten anticipar y neutralizar la disidencia política. Starlink proporciona conectividad de comunicaciones en zonas de conflicto, convirtiendo a Musk en un actor geopolítico con capacidad de decisión sobre el desarrollo de guerras.
La dimensión mesiánica
Y hay un elemento que no tenían ni Hugenberg ni Ford: la dimensión mesiánica. El movimiento Tescreal —transhumanismo, singularitarismo, criogenia, longevismo— que impregna el pensamiento de buena parte de Silicon Valley introduce una lógica de elección divina que los viejos industriales nunca necesitaron. Los tecnobros no tratan solo de proteger el capital: pretenden salvar a la especie, colonizar Marte, crear superhumanos. La democracia no es solo un obstáculo para los negocios; es un sistema, desde su punto de vista, diseñado por mediocres para preservar la mediocridad.
El título del libro de Chapoutot, Irresponsables, lo dice todo. No es una acusación moral abstracta. Es un diagnóstico de causalidad histórica: los empresarios, magnates de la prensa y políticos conservadores que normalizaron y financiaron a los nazis creyendo que podían controlarlos y utilizarlos contra la izquierda provocaron el mayor desastre de la historia moderna.
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Hugenberg fue nombrado superministro en el primer gabinete Hitler-Papen. Lo destruyeron políticamente en menos de seis meses. Thyssen huyó a Suiza en 1938, horrorizado por lo que había contribuido a crear. La patronal obtuvo a corto plazo lo que quería —fin de la democracia de empresa, supresión de sindicatos, rearme—, pero desató una guerra que destruyó Alemania y Europa.
La experiencia americana, donde un proyecto similar fracasó en parte porque hubo ciudadanos que se organizaron para combatirlo, ofrece la única nota de esperanza en un panorama sombrío. No fueron los poderes del Estado los que salvaron la democracia americana en los años treinta, señala Maddow: fueron personas que actuaron antes de que las instituciones se movilizaran, a menudo solas, a menudo sin reconocimiento.
La pregunta no es si el paralelismo es exacto —nunca lo es— sino si las democracias actuales serán capaces de generar anticuerpos equivalentes antes de que el proceso sea irreversible. La historia no se repite, pero, como se atribuye a Mark Twain, a veces rima con una precisión inquietante.
Cuando un periodista del Detroit News, que había acudido a entrevistarle, le preguntó a Adolf Hitler en 1931 por qué tenía en la pared de su despacho en la sede del partido nazi en Múnich un gran retrato enmarcado de Henry Ford, su interlocutor le respondió: “Considero a Henry Ford mi inspiración”.