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La mayoría social empobrecida

Enrique Errando Mariscal
Publicada el 23/02/2015 a las 06:00
Durante los veinticinco años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial un gran cambio social tuvo lugar. El auge del sector servicios se tradujo en un aumento considerable de los trabajadores “de cuello blanco” (administrativos y empleados del comercio fundamentalmente).

Al situarse la ciencia y la tecnología en el corazón de la economía, se incrementó la demanda de científicos, ingenieros y técnicos. Los nuevos procedimientos de organización y dirección de empresas necesitaron profesionales de la gestión, economistas, relaciones públicas, psicólogos, etc. La magnitud que alcanzó el Estado del Bienestar requirió gran número de profesionales en sectores como educación, sanidad, servicios sociales y administración del Estado. Este proceso de asalarización de las clases medias profesionales ha ido avanzando desde entonces.

Respecto a la clase obrera industrial -los trabajadores “de cuello azul”- ha venido poco a poco a menos, debido, por una parte, a una lenta desindustrialización que se agudizó a partir de los años 90, cuando muchas empresas occidentales trasladaron la producción a China y otros países asiáticos. Por otra parte, la aplicación de tecnologías avanzadas supone una continua reducción de mano de obra que no puede ser compensada por la aparición de nuevos sectores industriales. Además, la clase obrera ha sufrido una fractura entre trabajadores cualificados y no cualificados.

Desde hace varias décadas se produce una disminución en la diferencia de ingresos entre trabajadores industriales cualificados, trabajadores “de cuello blanco”, clases medias profesionales asalariadas y pequeños empresarios/autónomos, creando una clase media amplia y heterogénea, cuyas diferencias ya no están tanto en los ingresos como en el lenguaje, opiniones políticas, gustos y estilos de vida.

Las principales consecuencias de la doble crisis, la financiera de 2008 y la de la deuda, en el sur de Europa están siendo el paro masivo, la pobreza y unas condiciones laborales cada año peores. En España, una auténtica casta política no solo se ha autoconcedido privilegios, sino que ha creado extensas redes mafiosas dedicadas al robo o a recaudar comisiones de empresas favorecidas. Pero, sobre todo, la casta política actúa claramente a favor de los intereses de grandes multinacionales, empresas energéticas y bancos.

A esto se añade un fenómeno de fondo en rápido ascenso: la robotización e informatización de la industria y los servicios, que dará un salto cualitativo cuando la inteligencia artificial (máquinas que aprenden) se difunda. Ahora más que nunca la tecnología sustituye al trabajador, al empleado, incluso al profesional: un ejemplo es el lento pero inexorable perfeccionamiento del diagnóstico médico mediante computadora. Se puede hablar con toda propiedad de un paro estructural que, lejos de remitir, irá a más con el paso de los años planteando un problema de muy difícil solución dentro del esquema capitalista.

Actualmente, los trabajadores, gran parte de la clase media y, por encima de todo, los jóvenes, están sufriendo la misma situación: una crisis que la terca y dañina política de “austeridad” va agravando, mientras la desigualdad, en España, crece a marchas forzadas. Es precisamente el padecimiento común a diversas clases sociales lo que las une. O, dicho de otra manera, las clases trabajadoras y las clases medias tienen, hoy por hoy, el mismo enemigo: el gran capital y sus administradores, los políticos del bipartidismo. Es en este sentido que se puede hablar de una mayoría social empobrecida y al mismo tiempo desposeída en la práctica de sus derechos políticos la cual, pese a su heterogeneidad, es capaz de actuar en conjunto para defenderse de la grave crisis que, dato fundamental, no va a mejorar sustancialmente en los dos próximos años.

Prueba (no científica) de que este bloque funciona en España es la composición de los numerosos, valiosos y diversos movimientos sociales de defensa que han venido apareciendo en los últimos cuatro o cinco años. Basta haber asistido a más de una veintena de manifestaciones y actos públicos para observar que la mayoría social empobrecida es interclasista, intergeneracional y con escasa experiencia política.

Se organiza en movimientos alrededor de sus intereses más cercanos o más urgentes: defensa de la sanidad pública contra los recortes y la privatización; defensa de la educación pública contra la misma política neoliberal; defensa del derecho a la vivienda frente a los desahucios impuestos por una banca todopoderosa; defensa frente a las estafas de una banca delictiva; etc., etc. El motor principal de estos movimientos es la indignación, que se alimenta del agravio comparativo que suponen los robos de las mafias políticas, los ridículos impuestos que paga la banca, la evasión de capitales a paraísos fiscales, etc., etc., etc. Estos movimientos se organizan horizontalmente, frente a la estructura piramidal de los partidos y suelen ser susceptibles a intentos de manipulación o reconducción por parte de aquellos.

La escasa experiencia y formación política de la mayoría empobrecida se explica por cuarenta años de dictadura y otros treinta de una democracia diseñada para que dos partidos, socialista y conservador, se turnen en el poder y para apartar a los ciudadanos de cualquier tipo de participación directa y eficaz en los asuntos de la nación. Se ha promocionado machaconamente el modelo de ciudadano dócil, callado y “a lo suyo”, al que solo se le exige depositar una papeleta cada cuatro años y dejar que los miembros de una casta privilegiada hagan y deshagan a su gusto o, mejor dicho, al gusto de multinacionales, empresas energéticas y banca.

En España la vieja izquierda (PSOE y PCE-IU) no ha dado un cauce político a esos movimientos. El PSOE, desaparecido durante la dictadura, se refundó inmediatamente antes de la muerte de Franco con el compromiso de, apoyándose en un pasado obrero y republicano, captar el voto mayoritario de trabajadores y capas medias progresistas bajo la etiqueta engañosa de “partido de izquierdas”. El papel del PSOE es el de policía bueno, mientras el PP interpreta el de policía malo.

Respecto a PCE-IU, su concepción leninista de la organización (un partido disciplinado que conciencia y dirige a la clase obrera por el camino correcto puesto que es depositario de la verdad) le lleva a participar en estos movimientos con la intención de conducirlos a favor de sus objetivos y esto desata la susceptibilidad de los activistas. Por otra parte, los diputados de PCE-IU en las Cortes no han conseguido resultados tangibles, algo lógico en un sistema diseñado para el bipartidismo. Finalmente, algunos escándalos que han salpicado a miembros de IU acaban de situar a esta formación dentro del sistema.

La aparición de una nueva izquierda, representada por Podemos y algunas plataformas formadas para las próximas elecciones (2015), así como por sectores de IU, supone un cauce para toda los movimientos sociales emanados de la mayoría social empobrecida. Es lo que explica, en mi opinión, el éxito (inesperado) de Podemos y la alta afiliación en solo un año.

Está por ver si esa nueva izquierda responderá a la voluntad de cambio de la mayoría social empobrecida. Caso de fallar, y dado que la crisis continuará por otros dos años al menos, no puede descartarse que surjan entre ciertos sectores de jóvenes organizaciones de extrema derecha o neonazis tipo Amanecer Dorado que proporcionarían falsas soluciones a una situación cada vez más insostenible.



Enrique Errando Mariscal es socio de infoLibre


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