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Rafael Ruiz

La felicidad no nos transforma siempre en seres generosos; antes bien, debido a esa capacidad humana, bastante generalizada, de lograr ser feliz solo en virtud de pequeñas cosas ("Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…", que diría Groucho), una vez conseguido el objetivo que al resto le zurzan.

Los ejemplos paradigmáticos son la pandemia y la desescalada. Somos personas tan entusiasmadas por lo que, al fin, vamos a poder hacer en cada fase, que olvidamos por arte de magia lo que mucha gente va a seguir sin poder hacer. Además, no debido a limitaciones individuales, sino porque los partidos políticos han podido prever cómo y cuándo abrir bares, restaurantes, hoteles, librerías, peluquerías, talleres ("Es el mercado, amigo"), pero a día de hoy no hay establecido el más mínimo protocolo de desescalada para las residencias de mayores. Se dice pronto, pero parece ser que los únicos miembros de la comunidad que no disponen de los mismos derechos constitucionales que el resto son las personas mayores que viven en centros sociosanitarios. Da igual que no tengan síntomas e incluso que les hayan realizado el PCR con resultado negativo. Simple y llanamente tienen prohibido salir.

Textualmente. En cambio, mi vecina de al lado, una señora de edad provecta, de la que nadie sabe a ciencia cierta si tiene el virus, lo ha pasado o es portadora, abandona el domicilio unas cinco o seis veces diarias por motivos escasamente esenciales desde que comenzó el confinamiento; otras, también mayores de setenta, desde el día cero, han podido salir a comprar, a ir al médico, a sacar al perro, a tirar la basura, a comprarse una webcam o un móvil (las tecnologías todo el mundo sabe que son prioritarias). En sucesivas fases han comenzado a pasear (sin perro), a hacer deporte (sin perro) e ir a la peluquería (sin perro, una vez más), y en menos de dos semanas podrán desplazarse a segundas residencias o incluso reunirse con familiares y amistades porque, a ver quién decide qué edad es la justa y necesaria para que seas considerada persona de riesgo.

Mientras tanto, las cuarenta y una personas que tienen como único hogar la residencia de mayores en la que ejerzo funciones de trabajador social y de Responsable de Recursos Humanos llevan prácticamente dos meses sin poder sacar ni la uña del pie gordo del pie a la puerta de salida. Muchas de ellas afectadas por la enfermedad de Alzheimer u otras demencias. Muchas de ellas acostumbradas a pasear por la calle, como mínimo, dos veces al día (o cuando les diera la gana si son autónomas). Muchas de ellas acostumbradas a recibir constante afecto (abrazos, besos y contacto físico) del personal sanitario y del equipo técnico.

Pero no pueden salir: ni al médico, que para eso puede venir a la residencia; ni a comprar, que para eso está el personal que les hace el apaño de sus necesidades; ni para la peluquería, que para eso se acercan dos peluqueras profesionales todos los martes.

Si esta decisión no atenta contra el artículo 14 de la Constitución Española (ese que dice que "los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por (…) cualquier otra condición o circunstancia personal o social") no sé cuál atentará. Por seguridad, dicen. ¿Para quién?, pregunto, ¿y desde cuándo? Lo de la seguridad es un argumento supermolón, pero en realidad, durante las cuatro primeras semanas de Estado de alarma no nos hicieron ni un solo test, aunque las personas residentes presentaran síntomas. "Que se quede aislada quince días en su habitación". Así, sin vaselina ni nada. Si tiene Alzheimer y deambula, es lo que hay. Hace poco más de quince días comenzaron a hacer test, de los rápidos, claro, que valen para saber que nadie tiene covid-19, pero no si estás incubando o eres portadora. Y llevamos casi dos meses al completo sin EPIS, reciclando mascarillas quirúrgicas de las que no solemos disponer ni una al día, controlando el uso de guantes y de gel alcohólico que han sido cedidos en su mayoría por particulares o asociaciones. ¿Y nos quieren vender el temita de la seguridad? Con el cuento a otra parte, que con solo leer la Orden SND/265/2020, del 19 de marzo, sobre adopción de medidas relativas a las residencias de personas mayores y centros socio-sanitarios, te puedes tronchar de la risa con sus compromisos y los que exigen al resto. Resumo: la administración no asume ninguno, se limita a exponer en su artículo quinto que "con carácter general, y siempre que exista disponibilidad, deberá realizarse la prueba diagnóstica de confirmación a los casos que presenten síntomas de infección respiratoria aguda para confirmar posible infección por covid-19".

Y la culpa es nuestra, de las residencias, que hacemos negocio, y se repite el mantra en los medios de comunicación, como si todas perteneciéramos a las empresas de Florentino Pérez. Y también escucho en los medios que la población va a entrar en fase tal o en fase cual, pero se les pasa hacer referencia a esas 372.985 personas mayores que ocupan plaza residencial (según los datos de 2019) y que están encerradas a cal y canto. Así, con numerito son una barbaridad de ciudadanos y ciudadanas, ¿verdad? Pues no nos hagáis invisibles, que hasta en la Edad Media seguramente nos hubieran dejado salir, aunque fuera haciendo sonar una campanilla y gritando a voz en cuello tras escuchar pasos aquello de «leproso, leproso». Ahora sería «mayor de residencia, mayor de residencia», como apestadas.

"Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo", decía Sigmud Freud. A veces la clase política (y los medios) pugna por hacerse fuerte o enrocarse en una de las dos; y no es fácil averiguar en cuál se hallan.

Rafael Ruiz es socio de infoLibre

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