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'Buenas y enfadadas'

Rebecca Traister
LA AUTORA
Publicada el 17/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 17/03/2019 a las 18:51
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infoLibre publica un fragmento de Buenas y enfadadas, el ensayo de la periodista y escritora Rebecca Traister sobre el "poder revolucionario de la ira de las mujeres" publicado por la editorial Capitán Swing. La autora, que colabora regularmente en medios como New York Magazine o Elle y ha escrito en The Nation, The New York Times o The Washington Post, analiza el capital político de la rabia femenina, una emoción que en las mujeres suele estar especialmente censurada socialmente. 

A lo largo del libro, Traister se pregunta cómo se condena las manifestaciones políticas de ira que vienen de la mujer, cómo se han expresado a lo largo de la historia y cuál ha sido su resultado, pero también analiza la relación íntima de las mujeres con el enfado y la entrada en el ámbito público de una rabia feminista en el nuevo auge del movimiento. 

__________

  En pleno fragor del movimiento #MeToo, a principios de 2018, yo estaba sentada a la mesa con mi familia un día festivo. Estaba escuchando a mi madre y a mi tía, que contaban historias de sus primeros tiempos en la enseñanza, en los años sesenta o a principios de los setenta. Ambas hermanas venían de una granja en el norte de Maine, se doctoraron en la misma facultad y comenzaron a trabajar en el mismo sector. Mi madre tiene cinco años más que mi tía, y recordaba los tiempos en que empezó a buscar trabajo, tras terminar sus estudios, cuando en muchas ofertas de empleo leía la frase: «No se contratarán mujeres para este puesto». En una de esas entrevistas, cuando entraba por la puerta, le dijeron: «No vamos a tener en cuenta a ninguna mujer para la candidatura, pero como a mí me parece injusto no dar la oportunidad de hacer al menos la entrevista, puede quedarse». En otra: «Es usted muy buena, pero ya tenemos una en el departamento». Cuando le llegó el turno a su hermana, cinco años después, aquellas prácticas no solo se veían con malos ojos: eran ilegales.

Y en buena medida eran ilegales porque en aquellos años las mujeres, enfadadas por cómo las discriminaban y acosaban, expresaron su furia y fueron a los tribunales. Algunas se convirtieron, ellas mismas, en abogadas. Como Eleanor Holmes Norton y Ruth Bader Ginsburg, que se pusieron manos a la obra con la defensa de las mujeres. La ausencia de complejos a la hora de mostrar lo enfadadas que estaban permitió cambiar el sistema jurídico y dio lugar a modificaciones en las leyes y a la imposición de determinadas protecciones, como la Ley de Derechos Civiles, que fue la que cambió el panorama profesional para mi tía de un modo que su hermana mayor no había podido imaginar.

Esa misma semana, en 2018, hablando otra vez de la intensidad abrumadora que había adquirido el movimiento #MeToo, mi amiga Esther Kaplan (editora del fondo de investigación en The Nation Institute) me dijo que aquel furor le recordaba los setenta, la época en que las feministas intentaban concienciar de los problemas de las mujeres y se reunían en casas de algún barrio periférico o en apartamentos del centro para hablar de la liberación de la mujer, de la igualdad y la sexualidad. Habían aprendido a contemplar sus propios cuerpos y vidas de muchas formas, a reconocer las vías por las que quedaban sometidas en virtud de sus contratos domésticos y a cuestionar lo que siempre les habían enseñado.

«Aquellas mujeres abandonaron a sus maridos», me decía Esther maravillada, haciendo hincapié en que «los movimientos sociales tienen el potencial de cambiarnos radicalmente a nosotros, y no solo al mundo». Lo que intentaba destacar era que la oleada contemporánea de odio femenino que estábamos viviendo, contra el acoso o el abuso sexual, la discriminación laboral y las desigualdades en el poder político, a principios del siglo xxi también conllevaba una reevaluación integral del pasado de las mujeres y una remodelación de sus perspectivas. Además, les ofrecía un punto de vista que ponía de relieve el poder de las mujeres y los abusos que sobre él se cometían, con más fuerza que nunca. Y, naturalmente, aquello sucedía a una velocidad sin precedentes, gracias a Internet. «Es algo que puede resultar explosivo, desde el punto de vista cultural: radical, fuera de control…». Yo entendía perfectamente qué quería decir, pero para algunos esa velocidad de erupción es excesiva.

Y Esther tiene razón: la furia puede poner patas arriba una institución, hacer saltar en pedazos unas premisas asentadas sobre roca y remodelar la geografía de lo posible. El movimiento de los setenta no solo consiguió que la gente fuera consciente de la situación, provocando un número de divorcios sin precedentes: dio lugar a una generación que no quería cometer los mismos errores que sus padres ni enfrentarse como ellos a la ruptura matrimonial; mujeres que esperaban más de esa institución y retrasaban el momento de contraer matrimonio o que no se casaban y se dedicaban a disfrutar de lo que ofrecía la independencia desde el punto 33 de vista económico, social y sexual. Esas mujeres rediseñaron sus vidas, y muchas generaciones de ellas empezaron a moverse a otro ritmo, revisando por completo su dependencia no solo del matrimonio, sino también de los hombres. La ira de las feministas de la segunda ola, la que se ha utilizado para caricaturizarlas como mujeres faltas de todo atractivo, había reventado las puertas que encerraban a sus hijas y a sus nietas.

La feminista negra Audre Lorde, conocida por su ensayo originario «The Uses of Anger» (Los usos de la ira), que trata de cómo reaccionan las mujeres ante el racismo —incluido el racismo de otras mujeres—, decía en él que «toda mujer tiene un arsenal bien dotado de ira que puede emplear para defenderse de la opresión, personal o institucional, que ha provocado esa ira. Y si ese arma se apunta bien puede convertirse en una potente fuente de energía que servirá para activar el progreso y el cambio». Lorde estaba plenamente convencida de que ese cambio del que hablaba no era un cambio temporal, cosmético. No se refería a «la capacidad de sonreír o sentirse bien». Hablaba, más bien, de una ira bien dirigida que «puede conducir a una modificación básica y radical de las certezas que subyacen a nuestra existencia».

El 14 de febrero de 2018, un pistolero que acosaba a su exnovia disparó y mató a diecisiete personas en el instituto de enseñanza superior Marjorie Stoneman Douglas de Parkland, Florida. Aquella tarde, en respuesta a un tuit de Donald Trump que ofrecía sus «oraciones y condolencias» a las familias de las víctimas, una superviviente de dieciséis años llamada Sarah Chadwick, tuiteó: «Yo no quiero tus condolencias, puto pedazo de mierda. Han matado a tiros a mis amigos y a mis profesores. Haz algo en lugar de enviar rezos. Los rezos no arreglan esto, pero el control de armas evitaría que vuelva a suceder». El mensaje enfurecido de Chadwick se tuiteó 144.000 veces antes de que lo retiraran y tuviera que cambiar su cuenta de Twitter. La rabia que expresaba en él contribuyó a dar el tono de furia de lo que se convertiría en la cruzada de los estudiantes de Parkland por la modificación de la ley de tenencia de armas en los Estados Unidos.

Al día siguiente de poner aquel tuit, Chadwick volvió a Twitter desde una cuenta diferente. Volvió a dirigirse al presidente y dejó 34 claro que, aunque había sido castigada por su blasfemia, no tenía la menor intención de retractarse y apartarse de la rabia que la había impulsado a decir aquello, la rabia que sería su acicate, y el de sus compañeros de clase, para intentar cambiar el país. «Pido disculpas por la blasfemia y por la dureza de mi comentario. Tengo dieciséis años y ayer perdí amigos, profesores, gente como yo. Estaba furiosa. Sigo estándolo. Pido disculpas por mi comentario, pero no por mi enfado».

Si queremos que este momento resulte transformador no podemos permitirnos el lujo de despreciar o marginalizar la ira de las mujeres, ni de apartarnos de ella, ni de convertirla en fetiche: tenemos que mirarla de frente, dejar de balbucear, de sobrevolar a su alrededor, de intentar desacreditarla o de preocuparnos por si resulta ofensiva o incómoda. Porque siempre ha estado, y siempre estará, en el núcleo de los avances sociales.
 
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