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'Resiste'

Publicada el 16/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 15/06/2019 a las 20:03
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infoLibre publica un extracto de Resiste. Pequeñas ideas para cambiar el mundo, del escritor, cineasta y activista francés Cyril Dion. En 2007, el autor creó la ONG Colibris, centrada en la promoción de "una sociedad ecológica y humana", esto es, en respaldar campañas y proyectos interesados en la lucha contra el cambio climático y la desigualdad. Uno de estos proyectos fue el documental Demain, dirigido por Dion y Mélanie Laurent y estrenado en 2015, que recoge iniciativas de diez países sobre la agricultura autónoma o ecológica, la energía verde, la economía local, las políticas de participación o la educación igualitaria.

En este ensayo, Cyril Dion continúa por la misma senda, pero centrándose en cuestiones referidas a la comunicación política, la persuasión y la capacidad de incidencia de los ciudadanos en las políticas públicas o los comportamientos de las grandes empresas respecto al cambio climático y la desigualdad. En este fragmento, el autor aborda la tensión entre el aparentemente escaso potencial de las acciones individuales y la aparente difícil intervención en las decisiones de los Gobiernos. 
____________

 
¿Acción individual o acción colectiva?
 
  A mi juicio, el debate que enfrenta acción individual y colectiva es tendencioso. Se plantea como si fuera preciso elegir entre ambas, cuando parece evidente que ni en nuestro día a día ni en la política debemos actuar solos o en grupo, sino que es necesario hacer lo uno y lo otro.


Actuar individualmente no es inútil. El propio Jensen acaba por decir: «Seamos claros. No digo que no debamos vivir con sencillez. Yo mismo vivo de manera sencilla, pero no pretendo hacer creer que comprar lo mínimo (o no conducir apenas, o no tener hijos) sea un acto político potente o profundamente revolucionario. No lo es. El cambio personal no es igual al cambio social». Una afirmación que yo matizaría. Sin duda, si las contemplamos desde un prisma determinado, las acciones individuales pueden parecer ridículas en comparación con las actividades sistémicas agrícolas, industriales o macroeconómicas. No obstante, fácilmente podríamos adoptar otro punto de vista... Si las grandes empresas o colectividades contaminan, malgastan y destruyen es con el fin de producir unos bienes de consumo o unos servicios destinados a ciertos individuos. Si esos individuos dejan de comprar esos productos y servicios, dichas actividades no tendrán más remedio que reducirse.

Tomemos el ejemplo de la alimentación. Hoy, en Francia, cuatro centrales de compras (Carrefour, Système U/Auchan, Leclerc y Casino/Intermarché) aglutinan el 92,2 % de las ventas en valor (y el 88,5 % en volumen) de los «productos de gran consumo y frescos». Y lo mismo sucede a escala europea. Es lo que llamamos efecto pajarita: la mayoría de los productores de un lado, la mayoría de los consumidores del otro y, en medio, el intercambiador conformado por estas cuatro o cinco sociedades. Esta posición les otorga un poder considerable a la hora de fijar los precios, influir en las condiciones de producción y determinar el porvenir del modelo agroalimentario francés. Incitan directamente a la agricultura industrial que, como hemos visto, despilfarra la mayor parte del agua y participa de forma significativa en las emisiones de gases de efecto invernadero. Colaboran estrechamente con las multinacionales de la industria agroalimentaria, que ejercen, ellas también, una incidencia sustancial en la producción de desechos, las prácticas agrícolas, los transportes de mercancías, los procesos industriales de producción... A primera vista, el poder económico y estructural de estas sociedades parece inamovible, y su capacidad nociva, desmesurada con respecto a la de los pobres diablos que somos. Pero ¿quién les da su poder a estos mastodontes? ¿Quién los enriquece un poquito más cada día? ¿Quién les asegura esa posición dominante en el mercado alimentario, que, a su vez, les permite ejercer semejante influencia? Sus clientes. Los millones de personas que, día tras día, acuden a llenar sus carritos de la compra a las estanterías de sus gigantescos almacenes. Aquello que el humorista Coluche resumía con: «Y pensar que bastaría que dejarais de comprarlo para que no se vendiera...».

Evidentemente, podríamos objetar que también han sido las elecciones políticas las que han abocado a Francia a elegir la opción del todo-en-el-supermercado en la década de 1960 (a golpe de subvenciones, campañas de incitación...), igual que se decantó por la opción nuclear. Estoy de acuerdo. Sin embargo, este modelo sólo puede sostenerse si cada uno de nosotros damos nuestro consentimiento para participar de él. Si una mayoría de individuos dejara de proveerse de alimentos o de todo tipo de productos en las grandes compañías que más contaminan, más derrochan y más transportan, éstas perderían buena parte de su capacidad nociva. El problema está en conseguir convencer a una mayoría. Aquí es donde interviene la necesidad de relatos comunes, de un contexto donde puedan enmarcarse todas estas acciones. Si las ponemos en práctica de este modo — articuladas con las de mucha otra gente — , las acciones individuales son fundamentales. No sólo porque se suman entre sí, sino porque constituyen también el fermento para unas transformaciones culturales más amplias. Tomemos el ejemplo del consumo de productos ecológicos, cuyo crecimiento se ha disparado en los últimos años, consolidándolos como uno de los pocos sectores que no conocen la crisis. El volumen de negocio de la venta de productos ecológicos se ha duplicado desde 2010 y se ha multiplicado por 7 desde 1999. Ahora bien, este incremento reposa mayoritariamente sobre las compras de particulares. No es ninguna casualidad, pues, que tantas marcas hayan empezado a proponer una línea ecológica, que — en consecuencia — la superficie agrícola de los cultivos ecológicos se haya triplicado desde hace diez años (aunque siga siendo de lejos insuficiente), que se haya creado formación específica en los institutos agrícolas y que sean cada vez más numerosas las propuestas de ley que intenten (no siempre con éxito) limitar el uso de pesticidas. De hecho, una de ellas fructificó en 2016. La propuesta, planteada por el senador ecologista del departamento del Morbihan Joël Labbé, gozó de un amplio apoyo de las ONG y de diversos y variados ciudadanos, que pudo expresarse a través de la plataforma Parlement & Citoyens. El principio es sencillo: permitir a los parlamentarios presentar una propuesta de ley al público y solicitar su ayuda para enriquecerla, enmendarla y, en última instancia, promoverla. Gracias a una cooperación eficaz entre gobernantes (dicho senador, respaldado por otros parlamentarios y por la ministra de Ecología de aquella época, Ségolène Royal) y ciudadanos, la ley que prohibía el uso de pesticidas en el espacio público fue promulgada y entró en vigor el 1 de enero de 2017.

Estos cambios son aún contados y para marcar la diferencia necesitarían inversiones sustanciales de las empresas y traducirse en leyes de alcance más amplio: reorientar las subvenciones europeas, forzar a los actores públicos a abastecer a todos sus comedores con productos locales y ecológicos, incentivar a los agricultores a abandonar progresivamente los pesticidas y a transformar sus prácticas agrícolas...

Para conseguir implantar estas legislaciones, y contrarrestar el poder de toda suerte de lobbies, los gobernantes deben aliarse con los ciudadanos y viceversa... Así lo entendió Franklin D. Roosevelt —uno de los últimos dirigentes de una democracia occidental que emprendió reformas de un valor inusitado —al adoptar una estrategia muy suya, según refiere Naomi Klein en una de sus conferencias: «Cuando Roosevelt se citaba con las organizaciones sociales o sindicales y éstas le proponían medidas que deseaban integrar en el New Deal, las escuchaba pacientemente y les decía: “Salid a la calle y obligadme a hacerlo”. En 1937 se convocaron 4.740 huelgas». Y se consiguieron unos progresos sociales únicos en la historia de Estados Unidos.

Para emprender transformaciones políticas de envergadura, los ciudadanos necesitan unos responsables políticos valientes, que a su vez necesitan a millones de ciudadanos que los respalden. Detrás de cada cuento de hadas de responsables políticos que impulsan mutaciones democráticas, ecológicas o sociales, encontramos estrategias de cooperación. Pero estas alianzas entre gobernantes y ciudadanos no pueden caer del cielo. Soy incapaz de imaginar a millones de personas movilizándose para obligar a sus gobiernos a instaurar una política de cero residuos o a reorientar las subvenciones agrícolas hacia lo ecológico si no están mínimamente comprometidas en su día a día. Tampoco puedo imaginarme a un nuevo tipo de líderes políticos si no cuentan con el apoyo de los movimientos sociales. Ambas estrategias —actuar en lo cotidiano y en la política— no pueden disociarse ni a medio ni a largo plazo.
 
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