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Los diablos azules

Claudia Piñeiro: "Si hablas de la libertad de la mujer para decidir sobre su cuerpo, lo menos que te dicen es puta"

  • En su última novela, la escritora argentina, militante a favor de la legalización del aborto, denuncia la hipocresía y la violencia contra la mujer que fomenta la moral de la Iglesia católica
  • Catedrales se acerca a una familia conservadora de clase media desgarrada por la muerte de una de sus hijas, cuyo cadáver se encontró calcinado hace 30 años sin que jamás se condenara al culpable

Publicada el 29/01/2021 a las 06:00
La escritora argentina Claudia Piñeiro, en una imagen de archivo de 2017.

La escritora argentina Claudia Piñeiro, en una imagen de archivo de 2017.

Daniel Mordzinski (PRH)

Han pasado treinta años desde que el cadáver de Ana apareció en un descampado cercano a su casa. Descuartizado, quemado. Ninguna familia podría haber soportado indemne el asesinato de una adolescente y el hecho de que la investigación se cierre sin culpables, y esta tampoco. Esta es la premisa de Catedrales (Alfaguara), la última novela de Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) y uno de los libros más vendidos de Argentina en 2020, pese a haberse publicado poco antes del estallido de la pandemia.

La autora argentina regresa al género negro que ya le ha dado títulos como Las grietas de Jara (2009) o Betibú (2011). El primero le valió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. Y regresa también a la clase media (y alta) que tan bien ha sabido retratar, desde los monstruos que guardan en los sótanos de sus urbanizaciones hasta la tragicomedia de sus normas y costumbres. Catedrales es una novela llena de hipocresía. Pero también de amor y de lealtad: los que hacen que treinta años más tarde el recuerdo de Ana no se haya desvanecido y que quienes la quisieron sigan empeñados en reparar una injusticia. En la novela se habla de memoria, del peso de la moral católica, del aborto (recién legalizado en Argentina). Y ese crimen ficticio del pasado resuena con fuerza en la realidad del presente. 

Pregunta. En anteriores libros ha usado también la novela negra como vehículo de investigaciones sobre la naturaleza del ser humano y de la sociedad. ¿Por qué le sigue siendo útil el género?

Respuesta. Creo que la novela negra refleja muy bien el estado de las cosas. Debe suceder lo mismo en todos los países, pero en Latinoamérica te pones a contar determinadas historias y en seguida aparece un delito, un crimen, y particularmente el cuerpo de una mujer. No es que quisiera contar una historia negra, sino que quería contar la historia de Ana y de su familia, que queda desmembrada totalmente cuando ella aparece muerta. Para mí era la historia de una familia, pero en la familia pasan a veces cosas terribles. Con Carlos Zanón, que es también amigo, hablamos de que escribimos sobre familias en las que pasan cosas horrorosas y bromeamos: “¡Claro, como en todas las familias!”.

P. De hecho, en esta novela negra, el elemento policial aparece bien avanzada la trama.

R. En general, lo que sucede en la novela negra es que aparece un cadáver. A partir de ahí hay dos líneas: la de la investigación policial y la de quién lo mató y por qué. Cuando Carlos Zanón ganó el Gijón [el Premio Hammet, entregado en la Semana Negra de esta ciudad] por Yo fui Johnny Thunders, y cuando Marcelo Luján lo ganó por Subsuelo, son novelas que son negras, pero que están forzando totalmente el género, si es que lo circunscribimos al quién la mató y por qué. Acá se subvierte en cuál es el presente del relato, que suele arrancar cuando aparece el cadáver. Aquí empezamos a contar la historia 30 años después, cuando ya casi todo el mundo ha perdido la esperanza de averiguar ese quién la mató y por qué. En Argentina hemos vivido durante mucho tiempo y seguimos viviendo crímenes o muertes de mujeres que son inexplicables y de los que nunca se aclara la autoría. Pensaba en el padre de una de ellas, en el padre de Paulina Lebbos [asesinada en 2006, a los 22 años]. Cuando a ella la mataron no existía siquiera la figura penal del feminicidio.

P. En Catedrales hay dos temas centrales en la trama, que son también dos pilares sociales: la familia y la Iglesia católica —podríamos sumar el patriarcado—. ¿Por qué se interesa por ellos?

R. Me interesaban narrativamente porque son todos construcciones absolutas de algo que hay que respetar. La familia y la religión hay gente a la que le funcionan muy bien y que no siente ninguna necesidad de cambiarlo. Pero hay otra gente para la que no es así y que encuentra mucha resistencia a cambiarlo. Con la religión, cuando a vos te enseñan que solo hay una verdad, y que el que está fuera de esa verdad es malvado, eso produce cosas en una sociedad. Es lo que ha pasado con el tema del aborto en Argentina. En el caso de la familia, lo mismo: somos familia, esto hay que aguantárselo porque somos familia. ¿Ahí entra un padre que viola a sus hijos, un marido que maltrata a su mujer? Durante mucho tiempo, eso se ha aguantado. Hay que poder romper con esos absolutos.

P. Son dos instituciones, la familia y la Iglesia, que también se refuerzan y se retroalimentan.

R. Absolutamente. Y el patriarcado también está en la Iglesia, porque cuando yo hablo de religión no hablo de la fe de las personas. Una cosa es Cristo y lo que una pueda creer o no con respecto a Cristo, y otra cosa son los preceptos que impone una Iglesia formada por varones.

P. Este es un libro coral en el que intervienen las voces de casi todos los implicados, pero no está la de Ana, de la víctima. Usted explica que no quería crear la fantasía de que las asesinadas pueden hablar.

R. Es una decisión poética, literaria. Uno puede decidir dar su voz a los muertos, como hace Dolores Reyes en Cometierra, donde hay una vidente que conoce el destino de los desaparecidos comiendo la tierra que hay junto a sus cadáveres. Pero otra decisión es la de asumir que si las matamos, esas mujeres ya no tienen voz. Que eso es algo que se pierde. Y si queremos reconstruir lo que pasó, no se puede hacer con ellas, sino con su entorno. De ahí esa expresión coral. Pero también sabía que todos los personajes de esta novela, además de contar su verdad, tenían que hacerse cargo de la parte de responsabilidad que tienen en la historia.

P. En la novela hay un personaje, el de Marcela, que tiene problemas de memoria. En un país como Argentina —y leído en un país como España—, las alusiones a la memoria tienen unas connotaciones poderosas.

R. El personaje de Marcela viene a preguntarnos qué hacemos con lo que nos pasó. En Argentina los hemos revisado, tuvimos un juicio civil que fue modelo en el mundo, y eso nos dio la posibilidad de enfrentarnos a ello. Ustedes han tenido otra vivencia y están ahora mismo iniciando. El problema es que los testigos se nos mueren. Hay una desesperación en Marcela: cómo dejo memoria de lo que he vivido si yo no tengo memoria. Porque ella recuerda lo que pasó ese día, el día en que murió Ana, pero no recuerda lo que hizo en la mañana, lo que hizo ayer. Tiene como un afán de usar libretas y formas de anotación. Es lo que se llama amnesia anterógrada, lo vimos muy bien en la película Memento o en el libro de Oliver Sacks El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. A mí me impresionó escribir este personaje. Tuve que descubrir su forma de hablar, cuando va a buscar un dato y no lo tiene, por ejemplo. Porque cualquier cosa que suceda con el lenguaje tiene que ver con la memoria; si yo quiero contar algo, tengo que poder recordar no solo ese algo, sino otros elementos periféricos. Sin memoria, es muy difícil hablar, tener voz.

P. Cada capítulo del libro se abre con una cita. En una de ellas se menciona a Bertolt Brecht, que habla de los “verdaderos acontecimientos” que se ocultan detrás de “los acontecimientos que nos comunican”. ¿Cuáles son los verdaderos acontecimientos que cree que han marcado el debate sobre el aborto en Argentina?

R. Cuando se estudia cómo se aprobó el aborto en distintos países, hay que mirar qué se pudo decir y qué no. A Simone Veil [feminista francesa bajo cuyo Ministerio se legalizó el aborto en Francia] cierto feminismo le reclamó que siempre usara el argumento de la salud pública, y no se hablara de la libertad de los cuerpos de las mujeres. Y aquí pasó lo mismo. Porque si hablabas de la libertad de la mujer para decidir sobre su cuerpo, lo menos que te decían era puta. Antes de la aprobación de la nueva ley, se aceptaba que una mujer que fue violada pudiera abortar, mientras que se ponía el argumento de la vida, de la vida del embrión, sobre la mujer no violada. La diferencia entre el caso de una mujer violada y el de una mujer no violada es que una tuvo sexo consentido y la otra no, que una tuvo placer y otra no.

Hay otros temas por detrás del debate sobre el aborto que también tienen que ver con el lugar del patriarcado en el capitalismo. La mujer hace muchas labores gratuitamente, y el PIB de los países se sostiene en parte sobre ese trabajo no remunerado. Ese tema tiene que ver también con la maternidad, con el poner a la mujer obligatoriamente en el rol de tener que ser madre, de tener que atender a tu marido, a tus hijos... Y eso solo es posible si se le quita a la mujer la autonomía sobre su cuerpo y sobre sí misma.

P. El aborto se ha legalizado, pero Catedrales señala una trama machista en la sociedad que no desaparece con los votos y que afecta gravemente a la libertad de las mujeres. ¿Qué más tiene que cambiar?

R. Estos son cambios que se dan de a poco en la sociedad. En el 2018, por más que no se ganó la ley, se habló de aborto, y ese tema entró en las familias, lo escucharon los chicos. Eso ya fue un cambio fundamental. Yo he recorrido el país con otras militantes y cuando terminan las charlas se te acercan mujeres de cincuenta años que te cuentan que abortaron pero que nunca pudieron contarlo, que lo están contando por primera vez. La clandestinidad, la posibilidad de ir presa... Eso desde 2018 se empezó a mover. Ahora tenemos algo fundamental, claro, que es que no nos tengamos que llamar secretamente para preguntarnos a dónde poder ir para que te practiquen un aborto clandestino, que eso esté dentro de las prácticas de la salud pública y que el Estado responda y se responsabilice. Yo no tengo duda de que rápidamente las modificaciones legales van a pasar a ser modificaciones sociales. Pasó con la ley del divorcio, con el matrimonio igualitario, y ahora pasará lo mismo con el aborto. Creo que hay gente de buena fe preocupada por que la legalización del aborto pudiera hacerle daño a la sociedad, y cuando vean que no se acaba el mundo, que no se va a empezar a usar el aborto como método anticonceptivo, eso va a tranquilizarles.

P. La cita de Brecht de la que hablábamos antes viene de El compromiso en literatura y arte. Usted ha hablado a menudo de su militancia feminista y por la memoria de las víctimas de la dictadura. ¿En qué se traduce este compromiso como escritora?

R. Los temas que aparecen en esta novela están ahí desde mi primera novela. Está presente el tema del aborto, de la hipocresía, de las familias disfuncionales, de la violencia contra la mujer... Porque son los temas que me preocupan, como me preocupa el encierro, o el silencio. Lo que pasó en mi país a partir de 2018 es que hubo más posibilidad de debate público en torno a este tema y yo tuve más posibilidad de exponerme. Llegó un momento en que los diputados no escuchaban ni a los abogados ni a los médicos, no querían escuchar a nadie. Entonces las compañeras de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito nos pidieron a actrices, escritoras, etcétera, que habláramos, porque quizás, aunque solo fuera por esnobismo, a nosotras nos escuchaban. Así empezamos a aparecer muy activamente en el debate público, y a partir de ahí vos tenés una responsabilidad. En 2018 me tocó abrir la Feria del Libro de Buenos Aires, donde se supone que corresponde hacer un discurso literario, pero yo me preguntaba si era posible hacer un discurso literario sin abordar el espacio del escritor en la sociedad. Defiendo que el escritor maneja una serie de herramientas que puede aportar a la sociedad, como saber analizar un discurso, o saber cómo te están robando una palabra —cuando los antiabortistas se llamaban provida, ¿estaban diciendo que las feministas somos promuerte?—. Y una, como escritora, tiene que tomar la decisión de plantarse ahí o no.

 

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