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Desde la casa roja

Kala y el Ramadán

Publicada el 15/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 14/05/2019 a las 20:30
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Estoy sentada en una terraza con Kala. Yo desayuno tostada y café. Ella, nada. Hace horas que no bebe agua ni prueba un bocado. Yo tampoco, me he levantado a las cinco y media para escribir. Ese será mi segundo desayuno. Qué mala suerte, me dice, cuando el Ramadán cae en los meses con más luz del año. Y con calor. El Ramadán retrocede once días anualmente y en este 2019 comenzó el pasado día 5, noveno mes del calendario lunar de los musulmanes. Pero mayo es largo. Yo empecé hace dos días, me dice, porque tenía la regla y a las mujeres se nos prohíbe el ayuno y orar con la menstruación. ¿Por la pérdida de sangre y la debilidad?, le pregunto. No, porque es una impureza, responde.

El fin del Ramadán es la purificación espiritual, moral y física. Kala me cuenta que para ella significa ponerse en la piel de los hermanos que andan huyendo por el mundo y pasando hambre. Yo no tengo recuerdos del hambre. También me hago la pregunta de a quiénes consideraría mis hermanos. Durante este mes y la primera semana de junio, el Ramadán prohíbe la ingesta de agua y alimentos durante las horas de luz. Antiguamente, no se podían tener relaciones sexuales tampoco por la noche, pero leo después en una página web académica de recomendaciones sobre la práctica de este mes sagrado para los musulmanes que “Dios hizo las normas más fáciles”. Los niños, las mujeres embarazadas o que acaban de parir y los enfermos, así como algunas personas que tienen trabajos físicos, están exentos de seguir el Ramadán.

Kala y yo tenemos la misma edad. Yo nací en 1981 y ella en 1401 del calendario islámico. Es historiadora y llegó a España hace diez años. Estuvo trabajando mucho tiempo en una conocida cadena de cafeterías, pero cuando supieron que estaba embarazada de su primer hijo, la echaron. Ahora trabaja limpiando varias casas. Su marido en un restaurante. Hace un par de meses, su madre murió en Rabat y no llegó a despedirse. Por eso, cuando dos semanas después su hermana pequeña estuvo enferma del pulmón al borde de la muerte, se marchó lo más rápido que pudo. No encontraban el foco de la infección. Por eso, ahora, se la quiere traer a Madrid con ella y están viendo de qué forma.

Por temor a no ser contratada en la casa donde ahora trabaja, Kala ocultó durante casi un año que tenía una hija bebé, Salma, además del hijo de once años, Gayth. Un día, se le escapó: mis hijos…, dijo. ¿Cómo que tus hijos? Y tuvo que confesar.

En casa de Kala, estas semanas, su marido y ella se levantan sobre las cuatro y media para comer algo. Duermen otro rato, y vuelven a despertarse a las cinco de la mañana para hacer el gran desayuno. El niño empezará a hacer Ramadán con 15 o 16 años y la niña cuando tenga su primera regla, momento en el que también debería cubrirse la cabeza con el Hiyab, pero Kala no quiere que lo lleve. Su marido, sí. Ella tampoco lo lleva en España, sí cuando visita Marruecos.

¿Has sentido islamofobia en España alguna vez?, le pregunto. Y, entonces, Kala, que no ha tenido pudor ni miedo en hablar de nada, dice que prefiere no tocar eso. Que eso le da tristeza.

Kala y yo nos encontramos muchas mañanas, casi todas, pero apenas sé nada de ella. El desconocimiento hacia su cultura es profundo y antiguo, viene de lejos. Pero la islamofobia sigue hoy extendiéndose por el discurso de algunas formaciones políticas que irresponsablemente incitan al odio y señalan a esta comunidad como enemiga. Ayer mismo, la candidata de la ultraderecha a la Comunidad de Madrid contó cómo tres magrebíes habían asaltado el domicilio de su vecino. “Si es en mi casa, cojo un cuchillo jamonero”, añadía explicando su defensa de la tenencia de armas, pero sin dejar de señalar la procedencia de los hombres. En España, el país donde ejerce la política, hay dos millones de musulmanes, 800.000 con derecho a voto. Según datos del Observatorio de la Islamofobia en España: casi el 90 por ciento de las noticias que leemos sobre el Islam versan sobre temas negativos y buena parte de ellas se refieren al terrorismo.

Nunca olvidaré aquella portada del semanario Newsweek tras los atentados del 11S: Why they hate us? (¿Por qué nos odian?). En ella aparecía un niño con un arma. La pregunta la lanzaba el semanario a un ellos retórico. Con más intensidad a partir de aquella fecha, considerar a un musulmán como un ellos, como un otro, se fue haciendo hueco en nuestras estructuras sociales, llenándolas de desconocimiento y simplismo. Ninguna otra cultura o religión se ve de forma más homogénea y sin matices que la musulmana. Eso es racismo. Es fobia. Es estigma. Si tras los atentados del 11M supimos evitar la culpabilización de la comunidad musulmana, intentaremos no volver a echar lo construido abajo para insertar un nuevo discurso de discriminación.

Me pregunto si mi amiga Kala será también una enemiga para quienes lanzan discursos de odio. O si serían capaces de no permitir que traiga a su hermana si encontrara la manera. Si volverían a separarlas después.

Mejor sentémonos juntos a cenar cuando se ponga el sol.
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5 Comentarios
  • Coronel Dax Coronel Dax 16/05/19 22:13

    Varios comentaristas previenen de que la culpa de esto es de las religiones. Discrepo. Lo es la religión, como podría ser cualquier otra excusa. Esto va de racismo y supremacismo, de odio al diferente (del que viene de culturas que cson consideradas inferiores), con quien, creo, nuestra obligación como seres humanos, contra quien está discriminado, es ponernos a su lado, proteger a quien no hace sino recibir insultos cada dos por tres cuando sale a la calle. Cad vez tengo más claro de que, en Europa, los musulmanes de hoy se parecen cada vez más a los judíos de hace un siglo.

    Estoy lejos de sentir simpatías por las religiones, pero reivindico el derecho a practicarlas de quien lo hace como adulto en su libertad individual. No es lícito tratar de imponer a los demás nuestras creencias o nuestra falta de ellas a la fuerza. Me es igual que sea musulmana o monja de clausura. Que vista con el hábito o el pañuelo islámico. Creo que las imposiciones son contraproducentes. Démosle la vuelta a la frase de Unamuno: si queremos tener éxito tratemos de convencer, no de vencer.

    Un saludo.

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  • estovamal estovamal 16/05/19 10:35

    Creo que es hermoso tener una amiga, y que te hable con tanta confianza, y sentarse a hablar, mientras cenas, "cuando se ponga el sol"... y verla como amiga, no como enemiga.
    Creo que es hermoso descubrir al otro, y comprobar que es un igual, y aunque tan aparentemente distinto, es tan víctima como uno mismo, y en el que anida la esperanza de avanzar.
    Gracias, muchas gracias, Aroa.

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  • AisK AisK 16/05/19 00:10

    Si lo q intentas es decir pobrecitos ellos, estas muy equivocada. Haz el esfuerzo de entender y apoyar a las mujeres q llevan siglos tratando de emanciparse, y poniendo en peligro su vida o muriendo.lo tuyo parece un panfleto y esta es una lucha seria en la q gente como Mina Mangal, periodista afgana asesinada esta semana a tiros en Kabul por defender los derechos de las mujeres y escolarizción de las niñas. Había denunciado también los matrimonios concertados.
    https://nonostaparanblog.wordpress.com/2019/05/13/la-mala-educacion/amp/?__twitter_impression=true

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 15/05/19 20:28

    Es verdaderamente lamentable que una religión considere "impuro" el hecho fisiológico más importante para la raza humana: el que da paso a la facultad de concebir nueva vida. Y lo es más aún que prohíba comer y beber durante un mes en las horas de luz. Ya vendrá algún "iluminado" (nunca mejor dicho) que asevere que la luz eléctrica es luz también. Las religiones (como la que prohíbe comer carne durante un tiempo determinado aunque todos los "fieles" que conozco se pasan la prohibición por el arco del triunfo e incluso hay algunos que ignoran que existe) son una lacra. La espiritualidad del ser humano (el que la sienta) es magnífica porque permite reconocernos como seres con algo no físico que nos permite apreciar el arte, la solidaridad, la belleza ... pero la concreción en un sistema de dogmas que se llama religión, nos aleja porque quien no hace "lo que yo" no es "de los míos". Cada vez me hace más daño ver cómo consideramos "distinto" a un ser humano porque hace cosas diferentes, tiene la piel diferente siente la tierra de una forma diferente. La educación siempre es parcial: nos orienta a comprender no el mundo sino nuestro mundo. Así que al otro lado de las fronteras de nuestro mundo, sólo hay monstruos que tratan de acabar con el confort intelectual de "lo nuestro". Y me asalta el final de la canción de Rafael Amor:
    "No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
    mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo,
    y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero."
    O los versos desesperados de Nazim Hikmet:
    "Cuando mi hijo tenga mi edad
    ya no estaré en este mundo.
    Pero ese mundo habrá de ser
    como una cuna soberbia.
    Una cuna que mecerá
    en sus pañales de seda azul
    a todos los niños
    negros
    amarillos
    blancos."
    Y se me acongoja el corazón.

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  • GRINGO GRINGO 15/05/19 15:37

    Las religiones son el mayor peligro para la humanidad y el mayor freno para el desarrollo social.

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