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Plaza Pública

Reforma constitucional desde abajo

Juan-Ramón Capella
Publicada el 27/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 26/06/2018 a las 21:59
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¿Qué exige una reforma constitucional verdadera, impulsada desde abajo, desde el fondo de la sociedad, creíble, aceptable para la gran mayoría de la población, entusiasmante?

Una verdadera reforma constitucional en España tiene como requisito previo un cambio profundo en la correlación de las fuerzas políticas.

No se puede pensar la reforma constitucional separadamente de la correlación de las fuerzas políticas. Quién tiene más fuerza y quién menos, y qué se defiende con esas fuerzas. Siempre hay motivos para la reforma, pero ésta no se debe impulsar si en el bando democratizador no se tiene fuerza suficiente, porque entonces abrir la caja de las reformas puede tener como resultado la constitucionalización de medidas reaccionarias impuestas por quien más poder tiene.

Los de abajo, los de la Plaza, carecen hoy de poder político suficiente para tratar de pactar con los de arriba, con los de Palacio, una reforma constitucional que defina un régimen político más democrático e igualitario.

Se puede decir que grandes mayorías de los de abajo se han rendido a los más poderosos: han contemplado la impotencia de sus partidos y de sus sindicatos para contraponerse eficazmente a los designios de los empresarios y de los representantes políticos de éstos; han interpretado mal los intentos sindicales de salvar algo de la quema, como entrega al enemigo de clase, y han decidido —esas mayorías— entregarse ellas también: ahí están las cosechas de nuevos votantes de los partidos de derechas.

Los movimientos políticos de fondo de la población, sin embargo, no son reductibles a esquemas simplistas. Contemporáneamente a las definiciones electorales mencionadas han surgido también otros movimientos muy poderosos en la sociedad: el movimiento de las mujeres y de sus aliados antipatriarcalistas por una verdadera igualdad social entre hombres y mujeres; el movimiento en favor de pensiones dignas animado fundamentalmente por pensionistas; el movimiento de renovación educativa impulsado por estudiantes y profesores de enseñanza media. Estos movimientos son, en los tres casos, movimientos conectados directamente con los de abajo y con los aliados de los de abajo. Irán a más o a menos, pero no hay razones para creer que vayan a parar.

Así y todo, estos movimientos «de un solo asunto» no bastan aún para generar un gran movimiento social capaz de renovar el régimen político en un sentido democrático abarcante.

Pero son una esperanza. Nadie posee un instrumento que permita ver lo que se genera en los estratos profundos de una sociedad tan severamente castigada como lo es la española, tan abandonada, y durante tantos años, de la mano de Dios.

Ahora bien: podemos hacer un experimento mental. Imaginemos el paso de un Ángel que cambia el sistema político en el sentido deseable. Que implanta un sistema federal aceptado por todos, que crea un poder judicial completamente independiente, con su policía judicial y todo y con magistrados reeducados angelicalmente; que da la ciudadanía a los vecinos extranjeros censados, que hace más proporcional el sistema electoral, regula la jefatura del Estado e introduce milagrosamente los cambios que la debilidad de los de abajo en la correlación de fuerzas no permite introducir.

¿Serviría esto para algo?

Serviría seguramente para algo, pues para empezar facilitaría el reagrupamiento de los de abajo. Pero no para mucho, pues entonces quedarían en primer plano toda una serie de grandes problemas, que son los que importan de verdad:

   - Haber cedido la soberanía económica a la Unión Europea.

   - Haber cedido la soberanía militar y estar cargados de obligaciones con la OTAN.

   - Tener que lidiar con el capitalismo financiero, un Ejército de aves carroñeras.

   - Habría que reconstruir el aparato productivo en términos ecológicos y para hacer frente, además, a la crisis energética que se avecina.

Sin embargo, tendríamos a nuestro favor ser una sociedad más democrática, en la que todo ser humano ha de ser sagrado para los demás.

No vendrá en nuestra ayuda, claro es, ningún ángel milagroso. Lo que se pueda ganar, habremos de ganárnoslo nosotros mismos. Eso sí: al tener ante los ojos un cambio constitucional necesario, hemos de saber para qué lo queremos. Pues no es un fin en sí mismo. Y empezar a trabajar, ya ahora, para lo que ha de venir después.

Eso exige plantearse también los problemas actuales de la democracia.

Sobre todo porque entre la época de la aprobación de la Constitución y la época del presente se ha producido lo que con toda propiedad puede ser llamado «un fin del mundo».

Un mundo se ha acabado y otro muy distinto ha empezado a surgir.
_____________

Juan-Ramón Capella, catedrático emérito de Filosofía del Derecho, publicó como editor, en 2003, 'Las sombras del sistema constitucional español'

 
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2 Comentarios
  • Isabelle0651 Isabelle0651 28/06/18 13:29

    Excelente artículo, don Juan Ramón, es un lujo contar aquí con sus reflexiones. Casan bien Filosofía del Derecho y Politica, una lástima que se practique tan poco en el devenir de estos tiempos estáticos, nada transformadores. ¡Gracias!

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    5

  • Ambón Ambón 27/06/18 13:10

    Gracias por su reflexión que comparto en gran medida.

    Acogiéndome a su último párrafo, no queda otra solución que la reforma de la Constitución para adaptarla a este nuevo mundo, la cuestión es ¿Que, como, cuando, con quien, etc.?

    Si vemos la historia, los cambios en la relación de poder y por tanto en las leyes se pueden producir de forma brusca, revoluciones de uno u otro signo o de forma pausada, mediante reformas, en este caso, los de abajo siempre han tenido que ir ganando sus parcelas de poder y legales poco a poco, a veces de una en una y algo parecido hace el poder al quitar a los de abajo sus derechos.

    En los tiempos actuales, es evidente que el poder económico neoliberal ha ido laminando los distintos modelos de Estado del Bienestar y la respuesta por parte de las capas populares, que son las afectadas, no puede ser solo de resistencia continua, eso es como salir a empatar, terminaremos perdiendo, la respuesta debe ser de avanzar siempre que se pueda y resistir para mantener lo logrado.

    En 2010 se modificó la Constitución en el artículo 135, perdimos y ahora nadie habla de deshacer la modificación, pero ahora las capas populares tienen fuerza, por ejemplo para blindar constitucionalmente el importe y la revalorización de las pensiones públicas, además no creo que ningún partido se atreva a ir en contra, pues hágase. Lo mismo puede decirse de los pribilegios de la Iglesia, por un lado están los que quieren eliminarlos y por otro los que tienen muy dificil defenderlos ante la opinión pública maltratada por la crisis, esa es una de las formas de avanzar.

    Los mismos argumentos se pueden aplicar a muchas cosas, que pueden y deben hacerse, seguramente entre esas cosas no estará el modelo de jefatura del Estado y otras muchas cosas, pero como decía una sentencia "la pelea es peleando" y hay que seguir "partido a partido". No podemos bajar los brazos

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