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La mente en tiempos de peste

Gaspar Llamazares | Gema González López
Publicada el 11/05/2020 a las 06:00

La aparición en Wuhan y la rápida propagación por todo el mundo del covid-19 lleva a sociedades y ciudadanos de todos los continentes a enfrentarse a una situación tan repentina, novedosa, como inimaginable para la gran mayoría. Una situación de crisis en la que la OMS considera que millones de personas tienen amenazada su salud y forma de subsistencia, una situación que pone a prueba las capacidades físicas y psíquicas de toda la población. El desconocimiento científico de esta enfermedad lleva a los diferentes gobiernos a tomar medidas para mitigar el sufrimiento y muerte de la gente y para reducir los efectos de esta pandemia, se llega a tomar medidas radicales como el confinamiento de la población. La OMS anunciaba que la pandemia por el covid-19 supondría un gran reto para la salud pública de los diferentes países.

¿Pero es realmente la pandemia algo tan repentino y novedoso? Hernández Sobrino en enero de este año nos recordaba que ya en 1347, se supone que por la Ruta de la Seda, atravesando Italia y Francia, la peste llegó a España dejando 24 millones de muertes en el continente. Era una peste, que también llamaban pestilencia, que llevó a una alta mortandad de la población, pues el contagio también era rápido, sobre todo entre los más pobres que vivían en condiciones de menor limpieza y sus calles se llenaban de suciedad, desperdicios y ratas. Como medida para combatir el contagio aparece el fuego, como purificador, pues tras la muerte del enfermo se quemaban todas sus pertenencias a las afueras de las ciudades. El siglo XVI lo pasó España de peste en peste: en Valladolid, Castilla, Aragón, Valencia, Sevilla, Córdoba…. Mercado escribe sobre esta peste y destaca ya la importancia de la prevención: evitar el tránsito de las personas de zonas con peste. Las autoridades de entonces comienzan a limpiar calles, a aislar a los enfermos. Pero en el siglo XVII continuaron las pestes que ya parecían endémicas y los miles de muertos se sumaban. Las medidas preventivas se hicieron más fuertes: se limpiaba con vinagre, se prohibía el tránsito de personas procedentes de esas ciudades con peste y se establecieron sanciones para los infractores, desde pena de muerte hasta la confiscación de sus bienes. Hubo que esperar hasta finales del siglo XIX, 1894, para encontrar explicación y solución a esta peste, pero no hubo tregua, en 1918 aparece la terrible gripe española.

Ahora, siglo XXI, en España como en otros países, de nuevo sucedió y la violenta propagación del covid-19 llevó a nuestro sistema sanitario a una importante crisis que necesitó desarrollar políticas de salud pública tan radicales como en otros países: confinamiento de la ciudadanía.

Y es que la pandemia actual del coronavirus y todas las anteriores, que vemos tan lejanas, no son tan diferentes. Orhan Pamuk nos ayuda a encontrar paralelismos, y no solo en las características del virus sino también en cómo reacciona la población e incluso como la aborda: en un primer momento negándola, ahí tenemos los casos más visibles de Boris Johnson en Gran Bretaña o Jair Bolsonaro en Brasil pero que en todos los países hemos visto. Y la rápida propagación, como todos hemos comprobado, del coronavirus y que Manzonni al describir la veloz propagación de la peste de 1630 en Italia ya señalaba como causas que ciertas autoridades no tuvieran en cuenta el peligro de propagación, sus restricciones fueron insuficientes y la población no las respetaba. Y también en la presencia de rumores coinciden y aunque hoy contamos con más información que antes sin embargo se sigue rumoreando sobre quién la trajo: el diablo, los judíos decían, ahora que los propios chinos o el imperio, se oye en algunos países de Latinoamérica, los rumores siguen presentes. Y lo que sigue, al igual que siglos pasados, es el temor, el miedo a la muerte, la experiencia de fragilidad del ser humano, su sufrimiento y la visión de que todos estamos expuestos al peligro y por eso a la empatía y solidaridad con el otro.

Nos encontramos en una situación de desconocimiento ante las consecuencias y efectos psicológicos de esta pandemia de covid-19, se requiere comenzar a investigar de manera ética con la población afectada. Por otro lado, la situación se agrava por la falta de planificación y coordinación de la asistencia psicológica y la escasez de recursos materiales y humanos, necesitándose reforzar la intervención psicológica de emergencia.

Esta pandemia se caracteriza por un rápido contagio que origina de manera repentina una cuarentena que ha llevado a la población en general a enfrentarse a la incertidumbre, al temor de enfermar y de morir, dolor ante el fallecimiento de familiares o amigos. Y es que el confinamiento durante tantos días sin salir de la propia casa puede llevar a muchas personas a malestar psicológico, a experimentar miedo (al contagio propio y de familiares…), aislamiento (exigencia de teletrabajo, reducción o falta de contacto con familiares, compañeros, amigos…), ansiedad (por el abastecimiento de alimentos, cuidar de enfermos, inseguridad laboral, incertidumbre y reducción económica…), desesperanza, irritabilidad, cambios en el apetito, en el sueño, que pueden afectar a la salud mental pues cuando la persona ve que la situación le supera y no puede manejarla, le aparece la crisis psicológica, que puede llevar a síntomas psicológicos o conductas inadaptativas.

No obstante, no todos reaccionamos de la misma manera ante situaciones estresantes como puede ser esta pandemia tan infecciosa: mientras unos se ven sobrepasados otros saldrán incluso más fortalecidos. Pero hay que diferenciar, no toda la población se está enfrentando a lo mismo durante esta pandemia: la mayoría se enfrentan a una situación de confinamiento, pero otros se enfrentan a la enfermedad, otros al fallecimiento de alguien cercano, el personal de abastecimiento, de limpieza, de seguridad, el sanitario, todos con un trabajo sin descanso, bastante frustrante para algunos y extenuante que después de un tiempo lleva a un desgaste psicológico.

Y hablando de salud mental hay que considerar a esa población de ciudadanos que ya contaban con diagnóstico psicopatológico antes de la pandemia con confinamiento del covid-19, que ante esta situación de inseguridad y aislamiento aumenta el riesgo de generar otros síntomas mentales como la ansiedad que tanto tiene que ver con la incertidumbre o bajo estado de ánimo, tristeza.

Pero además de todos estos problemas de la población también hay que tener en cuenta el suicidio, pues hay factores de riesgo psicológicos y físicos presentes durante esta cuarentena en muchos ciudadanos, pudiendo afectar a los más vulnerables llevándoles a la ideación y al acto. Y por si no tuviéramos poco durante esta pandemia surgieron factores sociales como la estigmatización hacia el covid-19, que parece explicar ese primer caso de suicidio registrado en la India. Y del otro lado, la prensa ha informado de dos sanitarios en Norteamérica que se suicidaron tras manifestar a su entorno malestar y dolor por ver morir a tanta gente.

Lo óptimo es abordar de manera integral a los pacientes con covid -19, a sus familiares en cuarentena, al personal sanitario y a la población confinada en general. Y ante todo esto las autoridades sanitarias se deben preocupar por la salud mental de los ciudadanos afectados, tienen que reafirmar y desarrollar programas de salud mental que tengan en cuenta tanto factores de riesgo como protectores (apoyo socio-familiar, personalidad etc) que faciliten a los ciudadanos manejar mejor sus situaciones de crisis. Se necesitan unos servicios de salud mental que ofrezcan tanto intervención en crisis (facilitar una primera e inmediata ayuda a las personas por medio de apoyo emocional para facilitarles enfrentarse a la situación de crisis) como psicoterapia en crisis (intervención psicoterapéutica para reestablecer o mantener el equilibrio de las personas ante la crisis).

Tanto la Sociedad Española de Psiquiatría como el Colegio de Psicólogos durante esta crisis se preocuparon de difundir pautas para afrontar adecuadamente la situación: estar informado de manera fiable, mantener contacto con personas de confianza, organizar una rutina de actividades manuales y de actividad física, sobre todo si hay niños, y que sirvan como estrategias para manejar óptimamente el confinamiento y mantener una vida equilibrada. Pero la convivencia con otros bajo un mismo techo en viviendas reducidas agrava la situación, la violencia intrafamiliar y de género más fácilmente se incrementa, en estos casos se necesita más la colaboración y apoyo de todos los servicios.

Para enfrentar este confinamiento, ha jugado un papel fundamental la tecnología que nos está permitiendo acceder y seleccionar información fidedigna y mantener de manera continuada contacto con las personas de mayor vínculo.

España cuenta con la experiencia de China, donde también el covid-19 ha tenido un gran impacto socio-psicológico en la población. Muchos autores consideran que en ese país hubo epidemia de estrés, ansiedad y depresión y por la cuarentena los servicios de intervención psicológica no pudieron ofrecer la típica intervención cara a cara, por lo que tuvieron que improvisar, comenzando a ofrecer desde instituciones médicas y universidades asistencia psicológica por vía remota, es decir vía telefónica y vía on line a todos los afectados por el covid-19.

La persona con trastorno mental durante esta época de pandemia necesita de apoyo, pueden servirle consejos y pautas on line o por teléfono con el terapeuta que ya le venía atendiendo, pero como la situación lo desequilibre y empeore no podemos olvidar la importancia de la relación empática, la relación terapéutica, la humanización de la asistencia.

Lo que está sucediendo en nuestros días es una buena ocasión que no se debe dejar escapar para recuperar ese modelo de salud mental comunitaria que sustentó la reforma psiquiátrica con abordajes psicosociales e ir dejando de lado esa tendencia cada día más extendida de contención y meramente organicista, farmacológica, deshumanizada.

La intervención por vía remota es sin duda una importante vía de acceso a la asistencia en salud mental que sin ella por la situación de confinamiento sería imposible acceder, también económicamente supone un ahorro importante, pero sin embargo lleva a una importante pérdida de relación terapéutica. Además ciertos grupos poblacionales como los ancianos, uno de los más vulnerables por sus propias características y entre los que más fallecidos por covid-19 ha habido, poco se pueden beneficiar de esta alternativa telefónica o vía on line, por un lado por la dificultad de la sordera tan propia en esta etapa de la vida y por otro lado por el restringido acceso que tienen a internet, ya sea por inhabilidad o por no disponer en su vivienda de este servicio, cosa que ocurre a la mayoría de los ancianos de nuestro país.

Con la experiencia actual del covid-19, pero también con la de otras epidemias (ébola, gripe A/H1N1 etc), catástrofes naturales o aéreas, atentados terroristas, conflictos bélicos y cualquier otra situación de crisis y emergencia vividas, nuestro sistema público de salud deberá invertir más en investigación, educación y asistencia psicológica dentro de la estrategia de salud mental pendiente desde el año 2013. Se deben acomodar los programas y actuaciones a las necesidades y características de toda la población, aumentando los recursos materiales y humanos para favorecer una asistencia integral, equilibrada y de calidad para todos los ciudadanos, pues en tiempos de crisis disponer de población con equilibrio emocional, seguridad personal y fuerte estructura mental no solo beneficia a los propios sino a toda la comunidad.

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Gaspar Llamazares es médico y analista político y Gema González López, profesora de Psicología.

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