Blogs Opinión

El barrio es nuestro

La esperanza va a llamar a tu puerta

Siempre me ha cautivado la imagen del enorme elefante de los circos de antaño, atado al suelo desde pequeño con un clavo del que no podía soltarse. El fracaso continuado le llevaba a dejar de intentar escapar. Adulto, ya no intenta arrancar ese clavo, que haría saltar sencillamente de una patada; ha aprendido a resignarse.

A este fenómeno en psicología se le denomina indefensión aprendida. Un estado en el que las personas, tras experimentar repetidamente situaciones negativas incontrolables, aprenden a no intentar cambiar la realidad. Los esfuerzos invertidos no influyen en los resultados obtenidos, por lo que se impone la pasividad, la desmotivación y la sensación de impotencia ante el futuro.

La construcción mediática de la realidad son martillazos en el clavo que nos ata, refuerza nuestra percepción de incapacidad para intervenir en el mundo. La sobreexposición a informaciones negativas siembra desconfianza en las capacidades que tenemos para hacernos cargo de una realidad problemática. Una pista de aterrizaje para la cultura distópica, que nos repite en distintos formatos, como todo está perdido y la catástrofe es inevitable.

La portada de cualquier periódico en los últimos meses parece el acta de defunción del mundo que conocíamos. De forma acelerada asistimos a un auge global de la extrema derecha, el militarismo, un genocidio o la quiebra de la razón humanitaria; una profundización de las desigualdades sociales, en nuestra geografía camuflada tras los buenos datos macroeconómicos; un agravamiento de la crisis ecológica (olas de calor, incendios, sequías, inundaciones, pérdida de biodiversidad…) y una revolución tecnológica en ciernes con muchas potencialidades positivas, pero que de momento está siendo usada principalmente para capturar nuestra atención, aislarnos, polarizarnos, desdibujar la realidad mediante fake news o fortalecer el control social.

Unas tendencias globales inexplicables sin la complicidad creciente de actores que concentran enorme poder económico con la extrema derecha, como las grandes empresas tecnológicas o los sectores vinculados a la economía financiera. Una apuesta por el autoritarismo de parte de las élites, para las que la democracia se ha vuelto un estorbo. El resultado es un retroceso de las democracias plenas, que con todas sus limitaciones, hoy solo acogen a un 7% de la población mundial.

No conviene engañarnos respecto a la delicada situación que tenemos, pero tampoco debemos alimentar un clima de fatalismo o sobredimensionar el poder de la gente malvada. En muchas ocasiones, la derrota tiene algo de profecía autocumplida; hasta los mejores boxeadores se agotan peleando contra un fantasma o contra la alucinación de una IA.

En muchas ocasiones, la derrota tiene algo de profecía autocumplida; hasta los mejores boxeadores se agotan peleando contra un fantasma o contra la alucinación de una IA

Pocos regímenes han aparentado ser tan omnipotentes como el nazismo; sin embargo, este siempre tuvo que enfrentarse a disidentes. Hace unos meses, en una conferencia, la última resistente de una zona del sur de Francia fue preguntada: "¿Qué teníais en común todas las personas de la resistencia?" Pensó un rato la respuesta. Y finalmente dijo, "no es sencillo pues éramos muy diferentes, pero todas éramos optimistas".

Varias investigaciones se han centrado en las motivaciones y cualidades de esas personas que se habían enfrentado a la bestia cuando parecía invencible. Desde el Altruistic Personality Institute llevan décadas trabajando en torno a los comportamientos prosociales. Allí realizaron un trabajo muy sugerente, analizando exhaustivamente a centenares de personas que habían escondido a personas judías durante el nazismo.

El resultado principal es que estos héroes y heroínas eran gente corriente, nada que les diferencie demasiado de ti y de mí. Aunque al examinarlas en detalle aparecían algunos rasgos o patrones comunes: disfrutaban de una autoestima alta, sus familias les habían enseñado la importancia de tener un criterio propio y creer que las cosas que hacemos pueden marcar una diferencia; sus convicciones eran fuertes, destacando comunistas y gente con fuertes creencias religiosas; y, por último, habían sido reclutadas cuando alguien llamó a su puerta.

Una consulta en abstracto o mediante una llamada telefónica hubiera arrojado un resultado diferente, poca gente habría accedido a comprometerse asumiendo tantos riesgos. La determinación y la empatía se imponía a la razón. Una vez que el desafío te apela directamente, nos desprendemos del catálogo de excusas para no involucrarnos. La evidencia dice que un 96% de las personas a las que se les pedía colaborar, cara a cara, lo hacían. Las arañas que tejían estas redes son llamadas, por la literatura científica, supercontagiadores. Personas respetadas en la comunidad, capaces de movilizar a otros centenares.

¿Quién componía antes de ayer los sindicatos y organizaciones vecinales que desafiaron a la dictadura franquista? No eran muy diferentes. ¿Quién está resistiendo hoy al ICE en Minneapolis? Brigadas vecinales que avisan haciendo ruido y tratan de bloquear el paso a sus agentes mediante la desobediencia civil, gente que graba sus intervenciones, organizaciones de ayuda mutua que garantizan alimentos, lavan ropa o consiguen médicos a domicilio para las miles de personas escondidas en sus hogares, profesorado que protege las escuelas y da clases virtuales, redes jurídicas que asisten a las personas detenidas o sus familias… . Personas ordinarias haciendo cosas extraordinarias.

¿Qué hay detrás de otra de las sorpresas positivas recientes? Más allá de la fantástica labor comunicativa de Zohran Mamdani en New York, el factor clave fue la campaña puerta a puerta que desplegaron cien mil personas voluntarias, llamando a tres millones de hogares. Un ejercicio de escucha, pero también de transmisión de ilusión y esperanza. La acción menos mediática fue probablemente la más determinante.

Nos cuentan y nos contamos repetidamente que no se puede, mientras miles de personas amables y altruistas dedican su recurso más valioso y menos renovable, su tiempo, a construir un mundo mejor. Hay un rumor de bosque en el pequeño jardín, afirma la poeta Sophia de Mello. Tenemos miles de historias que refutan la caricatura antropológica que nos dibujan los poderosos y los medios de comunicación, somos mucho mejores que la imagen deformada que nos proyectan. Así tenemos una parte de responsabilidad en buscar, valorar y dar credibilidad a esas historias; en cambiar los temas de conversación.

Tenemos miles de historias que refutan la caricatura antropológica que nos dibujan los poderosos y los medios de comunicación, somos mucho mejores que la imagen deformada que nos proyectan

En medio de la oscuridad, el ojo tarda un tiempo en adaptarse. Las moléculas con fotopigmentos nos permiten ver cuando hay muy poca luz, pero tardan en regenerarse, hay que tener paciencia y confianza. Una vez nos acostumbramos podemos ver en la penumbra, fuera de los focos, y allí donde miremos hay mucha gente haciendo cosas valiosas de forma colectiva. A la vuelta de la esquina hay una asociación vecinal luchando por tu barrio; te cruzas en el ascensor con alguien obstinado en defender la sanidad pública; la persona que te ha sonreído en el metro ayer participó de la paralización de un desahucio; quien se sienta en la mesa contigua de la cafetería anda impulsando una comunidad energética; aquel que te cede el asiento en el bus se desvive desde su AMPA por cuidar la escuela pública…

Y esto es una ficción, ¿o no? No lo sabemos. La única forma de comprobarlo es pararse a conversar y ver qué sorpresas encierran esas personas desconocidas. Los otros pueden ser el infierno o el paraíso. Y nos necesitamos, igual que necesitamos de quienes sostienen el tejido asociativo. Los supercontagiadores con su determinación van a llamar a tu puerta, para traerte esperanza e invitarte a salir a la calle. Abre y trátales con complicidad.

_________________

José Luis Fernández de Casadevante es sociólogo, miembro de la Cooperativa Garúa y activista vecinal.

Siempre me ha cautivado la imagen del enorme elefante de los circos de antaño, atado al suelo desde pequeño con un clavo del que no podía soltarse. El fracaso continuado le llevaba a dejar de intentar escapar. Adulto, ya no intenta arrancar ese clavo, que haría saltar sencillamente de una patada; ha aprendido a resignarse.

A este fenómeno en psicología se le denomina indefensión aprendida. Un estado en el que las personas, tras experimentar repetidamente situaciones negativas incontrolables, aprenden a no intentar cambiar la realidad. Los esfuerzos invertidos no influyen en los resultados obtenidos, por lo que se impone la pasividad, la desmotivación y la sensación de impotencia ante el futuro.

Publicado el
30 de enero de 2026 - 06:01 h