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¡A la escucha!

Construir, construir y construir

Helena Resano nueva.

Última columna por aquí antes de parar y cogerme vacaciones, última del curso, un curso complicado en el que ha habido que levantarse varias veces, coger aire y volver a empezar. Siempre he intentado asomarme por aquí intentando contagiar cierto optimismo, pero confieso que, muchas veces, no lo he conseguido. Yo era de las que pensaba, estaba convencida, de que esto nos iba a hacer mejores, que de esta saldríamos más unidos, más fuertes, completamente reubicados, dando prioridad a lo que de verdad la tenía. Pero la realidad ha sido demasiado tozuda muchas veces y ha tumbado, con violencia extrema, mis convicciones más optimistas.

Durante meses los directores de centros educativos, colegios, institutos, universidades, se han dejado la piel y muchas horas de sueño para que las aulas siguieran siendo seguras, para que nuestros hijos pudieran seguir yendo al cole y no se quedaran en casa, frente a una pantalla: la palabra confinamiento les erizaba la piel, la suya y la de todos, pero especialmente a un grupo que lo había pasado francamente mal. Y ahora, terminado el curso, los que creen que su derecho a divertirse está por encima de todo lo demás están a punto de colocarnos en el peor de los escenarios: con la incidencia disparada, con varias comunidades volviendo a los toques de queda, y con el sector del turismo viendo cómo la campaña se ha ido al garete… Y mientras, al otro lado, los sanitarios.

“Dadles tiempo para que reconstruyan su vocación”. Es lo que pedía la hija de uno de los sanitarios que se dejó la vida durante la pandemia para salvar la de otros muchos. Pidió tiempo, pidió comprensión, justo cuando de nuevo los sanitarios ven con pavor cómo la quinta ola amenaza con volver a tensionar las camas y las UCIs de los hospitales. Llevan más de año y medio exhaustos, lo saben bien sus familias. Y necesitan que a ellos también los cuidemos. “Cuidar a nuestros cuidadores” es lo que pedía este jueves María, hija del jefe de cirugía de La Paz fallecido durante la primera ola. Lo decía frente a las autoridades que participaron en el homenaje a las víctimas del covid que se celebró en el Palacio Real. En las palabras de muchos de ellos se destilaba cierto hartazgo: nada de lo que ha pasado ha servido para que aprendamos, nada de lo vivido se ha traducido en una mayor unidad, todo lo contrario. Nada más terminar ese acto los líderes políticos volvieron a situarse en los polos opuestos. Y aquí estamos, a punto de empezar las vacaciones de verano viendo cómo la situación política sigue siendo desquiciante.

Llegar al final del curso así es descorazonador. Y no sólo para los que nos salvaron en su momento arriesgando sus vidas, y siguen dando lo mejor de sí para vacunarnos a tiempo a todos; también es descorazonador para los que intentan sacar adelante su negocio, apostando su futuro a una recuperación que se ve constantemente amenazada por el maldito virus y los brotes. Así que aquí ando, buscando ese faro al que agarrarme antes de parar.

Y, como siempre, lo encuentras en la gente que te rodea. Hace unos días veía el documental sobre la Selección española de Baloncesto que ganó el Mundial de 2006 de Tokio. Contaban que no fue fácil, que había rivales complicados, no todos los jugadores estaban al mismo nivel, pero que, desde el principio, sabían, estaban convencidos, de que si se respetaban y apoyaban fuera de la pista, eso supondría el éxito después en la cancha. Lograron superar muchas diferencias, de edad, de cultura, de la rivalidad de equipos. Pusieron por encima de todo crear un ambiente de respeto, se apoyaban… Y ésa fue la clave del éxito.

Así que con ese mensaje quiero despedirme en este curso: si no lo hacemos juntos, si no buscamos aquello que nos una, no lo lograremos. Sé que muchos de ustedes lo tienen claro, así que sólo queda que quienes se desgañitan pidiendo división y división, se enteren de una vez de qué va esto de la vida: de construir y no de destruir.

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