Ninguna idea, ninguna, puede ser defendida con violencia. Da igual lo honrosa o legítima que sea esa “idea”, perderá su verdad, su legitimidad, en el momento en el que entre en juego la violencia, da igual que sea física, verbal o corporal, intimidando con los gestos y el cuerpo.
El problema surge cuando la persona que utiliza esa violencia para imponer sus ideas, ni siquiera sea consciente de que lo que hace y cómo lo hace es violento. No es capaz de ver que hablar a alguien a centímetros de su cara, o defender que, si hace falta, se utilice la violencia para acabar con el aborto y la eutanasia, y hacerlo desde una tribuna de un parlamento (por favor, vayan a buscar el origen, la etimología de la palabra parlamento; viene del francés, del verbo parler, que en castellano significa hablar, ¡HABLAR!). Es lo que dijo un diputado de VOX en Murcia: el deber, deber, de defender incluso con violencia su oposición a esos dos derechos reconocidos.
Puede que hayamos normalizado que el ruido se imponga a las ideas
Esto es lo que tenemos. Puede que hayamos normalizado —yo me resisto— que los diputados se digan de todo en el Congreso. Puede que hayamos normalizado que el ruido se imponga a las ideas —qué poquitas escuchamos en cada debate, qué poquitas propuestas nos hacen…—. Pero la fina línea para que veamos convertido el parlamento —el lugar de la palabra, de la asamblea donde se conversa— en otra cosa, en un fango insoportable, parece cada vez más cerca.
En democracia las ideas se combaten con palabras, con argumentos, con propuestas. No con insultos, con gritos o con actitudes amenazantes. En democracia caben ideas diferentes, es la esencia de todo; la democracia es sobre todo eso, que nadie imponga una única idea, es encontrar el punto de encuentro, el punto que una a dos posturas distantes. La democracia nos garantiza que, sea cual sea la idea, siempre se ajustará a la Constitución, a ese marco que nos dimos los ciudadanos. En democracia, la violencia no cabe. Si se admite, si se le abre la puerta, dejará de ser democracia para convertirse en otra cosa que no queremos.
Ninguna idea, ninguna, puede ser defendida con violencia. Da igual lo honrosa o legítima que sea esa “idea”, perderá su verdad, su legitimidad, en el momento en el que entre en juego la violencia, da igual que sea física, verbal o corporal, intimidando con los gestos y el cuerpo.