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Es difícil escribir de algo que no sea la guerra, es difícil aislarse de lo que estamos viendo cada día, es difícil pensar que, en algún momento, podemos retomar nuestro día a día sin dejar de pensar en lo que están viviendo en Ucrania. Es difícil y yo, lo confieso, no consigo desconectar. Nunca lo haces en este trabajo, en este oficio, pero con noticias así, menos aún. Sales a dar un paseo con tu perro y piensas que ese gesto cotidiano ya no se puede hacer en muchas ciudades de Ucrania: a las únicas personas que ves tirando de la correa de un perro es a los refugiados que salen huyendo de las ciudades más asediadas, que salen con una maleta, una bolsa y su mascota. Dejando todo lo demás atrás. ¡Ay, esas maletas!, ¡esa maleta!, lo que está costando borrarla de la mente.

La maleta de Tatiana era la maleta de todos: esa maleta con la que hemos planeado una escapada de fin de semana, esa maleta que hemos hecho deprisa y corriendo cuando hemos tenido que salir de viaje improvisado. Una maleta que tenemos en casa, guardada para los momentos especiales y que se ha convertido en el símbolo del horror. En esa maleta iba la vida de Tatiana y de sus dos hijos. En esa maleta viajaba la esperanza de huir de una guerra que no habían buscado. En esa maleta iban los sueños de dos menores, un adolescente y una niña que, no hace mucho, corrían por Kiev, soñaban con lo que iban a hacer el fin de semana, tenían planes. Unos días antes de que un misil ruso acabara con sus vidas, Tatiana posaba en una terraza sonriente, con unas gafas de sol, tomándose un café.

La vida es jodidamente injusta. Llevamos comprobándolo demasiados días. Hay tantas historias de sueños y planes truncados por esta maldita guerra que es descorazonador. La de Tatiana y sus hijos es una: su marido no les acompañó en su huida. Decidieron que él se quedaría para cuidar de la abuela. Lo más dramático es cómo se enteró de lo que había pasado: viendo Twitter reconoció ese abrigo, esa mano, ese pelo, esa maleta… Ha hablado con un medio norteamericano, ha contado su historia. Quiere que el mundo entienda que su vida era como la de cualquiera, como la suya o la mía. Su hijo estaba a punto de cumplir 18 años, su mujer era contable. Les gustaba escaparse a esquiar, cuando podían. Tenían 43 años, toda la vida por delante. Cuando las bombas empezaron a caer demasiado cerca de casa decidieron que había que poner a los hijos a salvo, coger lo imprescindible, meterlo en esa maleta y salir, salir por uno de los corredores humanitarios que se habían abierto ese día, en teoría, un camino seguro. Pero no lo fue.

Todo lo que la segunda guerra mundial enseñó al mundo, todo eso que se acordó que nunca más se volvería a repetir, se está haciendo. No se respetan los pasillos humanitarios, no se respetan las zonas habitadas por civiles, se bombardean hospitales…Y lo peor es que no se espera que este horror acabe en breve. Al revés.

Todo eso que se acordó que nunca más se volvería a repetir, se está haciendo. No se respetan los pasillos humanitarios, no se respetan las zonas habitadas por civiles, se bombardean hospitales…

El dilema de Occidente es qué hacer, cómo pararlo, si responder a quien ha demostrado que es simplemente un matón y así escalar este conflicto, o dejarle estar y esperar para ver si acaba atrapado en su propia trampa. Y ahí estamos, dejando pasar los días, dejando pasar las horas, dejando pasar oportunidades para poder parar esto. Y mientras, las bombas y las sirenas siguen sonando en Ucrania.

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