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Mañana iré a yoga

Acabo de llegar de la redacción, de una mañana frenética en la que hemos estado pendientes de qué iba a decidir el Tribunal Constitucional, calibrando la gravedad de lo que podía pasar esta mañana, previendo varios escenarios, buscando las reacciones a una situación inédita en nuestra democracia. Con los equipos desplegados en el Congreso, buscando las palabras de unos diputados que, sin sorpresas, iban posicionándose entre el “asalto a la democracia”, “choque de poderes”, “golpe de Estado con togas”, cada uno metiéndole el adjetivo que necesitaba.

Mientras, mi móvil se llena de mensajes de la vida, de la vida que discurre por otro lado, paralela, tan ajena a esa tensión política que a veces creo que vivo en dimensiones diferentes. Una amiga que me escribe desde la cama ha caído KO por un gripazo y no se puede mover. El grupo de amigas de siempre, que nos buscamos para desahogarnos, preguntando si hay o no fecha para la siguiente cena, ajenas a la mañana de locos que hemos vivido en el Congreso. Mensajes de mis hijos, avisándome que no pasarán por casa hasta última hora, que se quedan en la biblioteca, están de exámenes y tampoco están para choque de poderes. De personas cercanas que inician una batalla, mucho más dura, contra una enfermedad y que te consuelan a ti por el estrés de no saber qué vas a poder contar a las dos y media… La vida…

No sé si la vida es la que ha dejado de pasar por el Congreso o es el Congreso el que ha dejado de pasar por la vida

No sé si la vida es la que ha dejado de pasar por el Congreso o es el Congreso el que ha dejado de pasar por la vida. Pocos ayer sabían o estaban al tanto de lo que podía decidir el Constitucional, de las maniobras políticas que se gestan con maniobras trileras que buscan hacer trampas al solitario. En la calle, fuera del Congreso, pocos sabían o entendían lo que les estábamos contando, y esto es lo paradójico de todo esto: que si el hartazgo de la gente ha llegado a ese punto de no querer saber más de hasta dónde están dispuestos a llevar la polarización política algunos, todo puede pasar. Todo. Por mucho que lo contemos una y otra vez. Por mucho que lo carguemos de adjetivos.

Las urnas están para lo que están: para que la gente decida con su voto quién quiere que le gobierne. Y a partir de ahí, una vez que se ha votado, lo que queda hacer a quienes han sido elegidos es gestionar esos mandatos ciudadanos. Aceptando los resultados, sean cuales sean, te gusten más o te gusten menos; buscando quizás apoyos para llevar adelante tu proyecto, asumiendo el coste de esos apoyos y sabiéndolos gestionar de la mejor forma posible. Dentro de unos meses volveremos a ir a las urnas: y ahí no habrá peros, ni quejas, ni adjetivos que valgan. Si no te gusta lo que hay, votas para cambiarlo. Si quieres que las políticas sigan siendo las mismas, vas y votas. Y si no vas, luego no te quejes, no insultes, no incendies, no amenaces, no patalees. Eso es la democracia y eso es lo que legitima a los gobiernos, a todos, a los que son de tu cuerda y a los que no, que llevamos demasiado tiempo escuchando barbaridades sobre esto.

El lunes volveremos a poner el reloj en marcha, para contar lo que se decida en el Constitucional y las consecuencias de todo lo que esa decisión, sea cual sea, supongan. Lo de ayer fue una pausa. Mientras, mi whatsapp privado sigue llenándose de mensajes. Me preguntan si iré a yoga mañana: visto lo visto, voy a decir que sí. Necesito un extra de paz.

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