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Sanidad pública: el privilegio de todos

El otro día hablaba con una compañera de trabajo china. Como soy un dechado de originalidad, le pregunté qué era lo que más le había sorprendido de España cuando empezó a vivir aquí y, además de decirme algunas cosas que sí me esperaba, me contó otra que me dejó bastante loco: "Me llamó mucho la atención lo poco que ahorráis". Mi cabeza, que va muy rápido pero no siempre en buena dirección, pasó por un par de escenarios sobre por qué le había llamado la atención semejante cosa. Primero, pensé que como somos así, latinos, descuidados, inconscientes casi, pues que ahorrábamos poco comparado con los laboriosos y previsores chinos. Que nos gustaba vivir mejor, también barrunté. Después, el facha que llevo dentro salió de mí y entró el sindicalista, que pensó que claro que ahorramos poco, con lo bajos que son los sueldos y cómo está la vivienda. Que estamos ahogados y que no hay manera de ahorrar ni de organizarse una vida medianamente vivible si tienes lo que llamamos un sueldo normal. Si en vez de ser un listo y crearme todos estos castillos en el aire le hubiera preguntado a ella por qué creía que había esa diferencia, si es que era económica o cultural, hubiera encontrado la respuesta que me dio sin yo pedírsela siquiera: "Con el tiempo, me di cuenta de que ahorráis poco porque tenéis el médico gratis".

Evidentemente el concepto "el médico gratis" no es exacto, pero sabía perfectamente lo que quería decir. "En mi país, todo el mundo ahorra algo por si se pone enfermo. Tienes que hacerlo", siguió. De repente, el no ahorro de los españoles se me apareció como el mayor de los privilegios imaginables. No concebimos la posibilidad de estar gravemente enfermos sin que se nos atienda muy bien y "gratis". En ese momento, entendí que vivimos sin un miedo con el que conviven cientos de millones de seres humanos y entendí la dimensión de nuestra fortuna. Siempre había creído que la sanidad pública era una suerte inmensa, pero jamás había recibido un ejemplo que lo encarnara tan bien.

Ver cercenada la calidad de nuestra sanidad pública (algo que está ocurriendo de manera generalizada y, análisis sobre las causas aparte, es indiscutible) es ver arrasada nuestra calidad de vida a unos niveles que quizá ni sepamos calibrar. A veces tienen que venir de fuera para que nos demos cuenta, pero si a mí en 42 años nadie me lo había puesto en la cara de esta manera, supongo que a la mayoría de la gente tampoco.

Los españoles, quizá, no somos del todo conscientes de que no tenemos ahorrado un dinero "por si un día enfermamos, no nos muramos sin que nos atiendan"

Es muy grave meter miedo a la gente cuando no hay motivo (un arma de la derecha mediática y política que funciona desde hace lustros), pero también es bastante temerario no advertir lo que nos puede pasar cuando algo ocurra, y una de las maneras más sibilinas de hacerlo es ir desmontando la sanidad pública poco a poco. Ver caer pequeñas parcelas de tranquilidad (de repente, tener un médico en una urgencia de primaria u obtener una cita en un tiempo razonable empieza a ser un problema) empeora la calidad de vida de todos, estés enfermo o no, sea grave tu dolencia o no.

Uno de los grandes males de los privilegiados con buen corazón es no ser capaces de asumir que lo son y corregir esa disfunción en primera persona. Los españoles, quizá, no somos del todo conscientes de que no tenemos ahorrado un dinero "por si un día enfermamos, no nos muramos sin que nos atiendan". Da escalofríos naturalizar eso. La sanidad pública nos ha dado eso: un privilegio de los no privilegiados. Defendámosla con uñas y dientes.

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