Zapatiesta precolombina. El Rey, Nuestro Señor, aseguró la otra tarde que bueno… viéndolo con nuestros valores… lo mismo… algún abusito sí que hubo durante la conquista de América. ¡Para qué más! El comentario —del vigor de una tila— ha sublevado a los del Orgullo Virreinal. Salga Felipe, vuelva don Carlos María Isidro con boina y bigotón. Dios, patria y fueros: vivan las Leyes de Indias, la Disputa de Valladolid, el Tanto monta y la evangelización de los naturales.
Pocos debates tan cansinos como el que tienen, periódicamente, los defensores del buen salvaje y los hooligans de la proeza civilizatoria. De un lado, la arcadia feliz en la que los pueblos originarios jugaban a la pelota hasta que un puñado de gañanes sedientos de sangre y oro llegaron a joder la marrana. Del otro, los bárbaros descorazonadores siendo amablemente reconducidos por el incienso y los avemarías, las universidades y el derecho civil. Mestizaje, sincretismo, ¡chupiguay!
¡No es de recibo enjuiciar hoy lo que pasó hace cinco siglos!, ha protestado Feijóo, imaginamos que tras enviar un heraldo a Zarzuela adelantando la alocución. «Pero estoy orgulloso del legado hispano en Latinoamérica». Chico, o lo uno o lo otro. Afeándole la tibieza, los zagales del morrión y la reconquista se han puesto serios: inmensa gesta, muera el duque de Orange y los salvajes emplumados.
Viendo el carajal, Iker Jiménez ha juntado una mesa de análisis para zanjar la cuestión. La alineación, de ensueño: un consultor sobrevenido, un militar jubilado («cuando habla el rey habla España»), doña Elvira Roca Barea y un payo con pajarita y apellidos compuestos. El debate, búsquenlo, quedó apasionante: se dan la razón con tanta vehemencia que uno teme por sus cervicales. En cierto momento, uno de los doctos ponentes encuentra un resorte exculpatorio: ¿y si el rey hablara al dictado de Sánchez? Iker, ojiplático, desenmascara el atropello: el Gobierno revisa los discursos del Jefe del Estado. Dictadura, ¡intromisión! Como defensa, le encuentro fisuras: o Felipe es un mandado o un traidor.
Mira, Isabel, que vives en pecado. ¡En concubinato! Si algo le faltaba al ático de González Amador era propiciar una condenación eterna
«El rey es un militar y lee lo que le dicen», sentenció la otra mañana Federico. Para eso, nos sale más barata la IA. En EsRadio han localizado al culpable: el jefe de la Casa. Será un agente de Zapatero, si no, al tiempo. «El rey de España, de ninguna manera, puede atacar la memoria de los reyes católicos». Alertados, funcionarios palaciegos ultiman los detalles para que doña Leonor vaya a ciscarse sobre la tumba de la Beltraneja.
Poniendo la guinda, Díaz Ayuso ha acudido al panfleto de Inda para protagonizar en una de sus célebres «Okentrevistas» (se llaman así, lo juro). La presidenta, imbuida —imagino— por el espíritu de la Malinche, glosó los beneficios de la hispanización con una frase felicísima: «Llegamos los de la cruz y pusimos un nuevo orden. […] Evidentemente había que civilizar y trasladarle al Nuevo Mundo una forma diferente de vivir». ¡Evidente! La declaración, claro, ha reflotado aquellos careos en los que Isabel se reconocía atea y del pe pé, a mayor gloria de la pluralidad doctrinal del partido. «Los de la cruz», aprende, Jacques de Molay. Sospecho que la conversión será reciente, fruto de alguno de los conciertos pijocatoliquillos de guitarrita y sacarina que frecuentan los líderes populares últimamente. Por eso, asumo, la doña aún no ha pasado por la vicaría. Mira, Isabel, que vives en pecado. ¡En concubinato! Si algo le faltaba al ático de González Amador era propiciar una condenación eterna.
Zapatiesta precolombina. El Rey, Nuestro Señor, aseguró la otra tarde que bueno… viéndolo con nuestros valores… lo mismo… algún abusito sí que hubo durante la conquista de América. ¡Para qué más! El comentario —del vigor de una tila— ha sublevado a los del Orgullo Virreinal. Salga Felipe, vuelva don Carlos María Isidro con boina y bigotón. Dios, patria y fueros: vivan las Leyes de Indias, la Disputa de Valladolid, el Tanto monta y la evangelización de los naturales.