El hombre moderno

La buena educación

José Ignacio Wert, en una imagen reciente en el Congreso de los Diputados.

Allá donde vayan, en todas partes, a todas horas, una mirada, un gesto, un desaire, un grito, un desprecio... Una rutina fermentada. Podrida.

Al ministro Wert ayer le hicieron la cobra.

Wert hablaba ayer de excelencia universitaria olvidando que este año deberían haber incluido en los trabajos finales de todo alumno la cuestión: ¿Qué seré si llego a mayor?

Menos mal que Wert ya nos hizo saber que es como un toro bravo:  “Me crezco en el castigo”. Hinchado de glamour, Wert dejó de asistir a actos dónde sabía que no era bien recibido. Convencido que de cerca el polvo de estrellas es caspa, privó de su presencia a las gentes a las que representa. Como buen toro bravo humilló en los medios a quienes acometen la tarea de que olvidemos, por un ratito, quiénes somos en realidad.

Wert soñó con llegar a ser alguien. Amigo Wert, debiste ser más preciso.

Enfrentado a todos, solo y aturdido. Crecido, pero desgastado, Wert añora los tiempos donde el coche oficial y la cartera de ministro ofrecían amparo y futuro, ahora la nostalgia no es lo que solía ser.

- "Córtate el pelo y búscate un trabajo", se le oía decir por dentro, cada vez que uno de los alumnos miraba de reojo cómo el vacío se apoderaba de la mano extendida del titular de Educación, Cultura y Deporte.

Buenos en Matemáticas: sumaron muchos afectos.

Extraordinarios en Historia: entendieron el valor de un gesto.

Prodigiosos en Filosofía: salieron de su yo para buscar el nosotros.

Quizá el ministro piense hoy que no debió quitarles "Educación para la Ciudadanía".

Hartos de malabarismos, esa nueva generación necesita que les pidan el voto mirándoles a la cara. Abriéndose a puñetazos el camino esos estudiantes no necesitan gestores de la moral sino cómplices de futuro. Tipos de confianza a los que poder prestar las llaves de la moto.

¿Recuerdan que nos dijeron: "Un día nos reiremos de todo esto"?

Bien; ese día fue ayer.

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