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De Feijóo a Tamames (y la “gente de bien”)

Por esas maldades del azar y el calendario, hace justo un año asistimos con cierta perplejidad a dos acontecimientos casi simultáneos: la ejecución política (con nocturnidad y alevosía) de Pablo Casado y la invasión de Ucrania decretada por Putin. El único elemento común de hechos tan distintos y distantes es su carácter imprevisto, la impactante sorpresa que ambas noticias generaron. Nadie había vaticinado, pese a todas las tensiones acumuladas, que el ejército ruso cruzase la frontera e intentara tomar Kiev en cuestión de días. En el caso del PP, no sólo es que nadie hubiera pronosticado el inminente cese de su líder, sino que sólo unas semanas antes, tanto el partido como sus altavoces mediáticos demoscópicos definían a Casado como “el próximo presidente del Gobierno” (ver aquí).

En el primer aniversario de la guerra de Ucrania, Pedro Sánchez ha visitado Kiev y dos de las ciudades que acumulan más pruebas de crímenes contra la humanidad. Invitado por Zelenski en una fecha tan simbólica, el presidente del Gobierno ha vuelto a colocar a España en primera fila en la ayuda al pueblo ucraniano y en la condena del régimen de Putin. Esa posición representa según los sondeos a la mayoría de los españoles, por otra parte poco aficionados desde hace décadas a las hazañas bélicas (quizás por hartazgo de las guerras de nuestros antepasados). Este mismo jueves, mientras Sánchez anunciaba desde Kiev la entrega de más tanques a Ucrania, Núñez Feijóo elegía unas bodegas castellano-manchegas (?) como escenario para acusar al Gobierno nada menos que de “financiar la guerra de Putin” a través de las compras de gas ruso “tras el fiasco con Argelia” (ver aquí).

A uno le cuesta cada vez más analizar la estrategia política de Feijóo. La política exterior y de seguridad y defensa son terrenos clave para demostrar responsabilidad de Estado y moderación política. De hecho, sin renunciar a sus principios antimilitaristas, el socio minoritario de la coalición de Gobierno, Unidas Podemos, viene procurando no hacer de la guerra de Ucrania un motivo fundamental de discrepancia con el PSOE (por más ruido que los altavoces mediáticos conservadores hagan ante la más mínima divergencia). La política exterior y de defensa es responsabilidad del socio mayoritario y se personaliza en el presidente del Gobierno, y esa máxima se ha respetado, dígase lo que se diga, ante renuncias respecto a Marruecos, cumbres de la OTAN o envíos de armamento a Ucrania. El PP español es el único grupo conservador europeo que critica duramente a su gobierno en asuntos de Estado o de seguridad. Esta misma semana, Feijóo ha intentado crear otra inaudita polémica al exigir que se le facilitara una visita a las tropas españolas en Letonia, sin aceptar la evidencia de que ese tipo de visitas se enmarcan en delegaciones parlamentarias plurales, y que nunca en el pasado un líder de la oposición había pretendido utilizar electoralmente a las fuerzas armadas de forma tan descarada. (Ojo a algún precedente del propio Feijóo con representantes de sectores radicalizados de la Policía. Ver aquí).

Conviene no olvidar el origen de la liquidación de Pablo Casado: su denuncia de la comisión cobrada por el hermano de Ayuso en los peores días de la pandemia por un contrato millonario de compra de mascarillas a través de la empresa de un íntimo amigo

El otro aniversario, el del descuartizamiento político de Pablo Casado, ha venido a visibilizarse en dos fases: primero por la publicación en El País de los wasaps que retratan de forma patética la adulación ejercida por sus más cercanos colaboradores sólo horas antes de traicionarle para aupar a Feijóo (ver aquí). Y segundo, por la celebración de un almuerzo tan secreto como publicitado por el propio PP entre Feijóo y Casado con el extraño objetivo de demostrar que el expresidente existe pero que no tendrá ningún papel en el partido porque “su actividad profesional se lo impide” (?). Del mismo modo que no se puede creer de entrada casi ninguna información sobre la guerra de Ucrania porque lo más probable es que sea propaganda de parte, algo similar sucede con el relato que desde el PP se cuenta sobren Casado. Conviene no olvidar el origen de su ejecución política: la denuncia de la comisión cobrada por el hermano de Isabel Díaz Ayuso en los peores días de la pandemia por un contrato millonario de compra de mascarillas a través de la empresa de un íntimo amigo de los hermanos Ayuso. Más allá de lo que decida la justicia europea (única instancia en la que aún está abierta la investigación), desde el punto de vista político y ético lo que denunció Casado ha sido confirmado de la A a la Z por los propios tribunales que no vieron en ello delito. Feijóo llegó a la presidencia del PP gracias a un pacto de barones que establecía el blindaje de la actuación de Ayuso y que liquidaba políticamente a su denunciante y a su número dos, el inefable Teodoro García Egea, a quien casi todos esperaban como en aquella fila del avión de Aterriza como puedas a la hora de atizar a un pasajero mareado. Es imposible entender la debilidad que a menudo muestra Feijóo en su liderazgo, especialmente ante las presiones de Ayuso, sin tener en cuenta los hechos que condujeron a su entronización hace justamente un año. Leer los wasaps enviados por Cuca Gamarra o Javier Maroto a Casado antes de su liquidación y verlos ahora ejercer como mano derecha e izquierda de Feijóo en el Congreso y en el Senado lo dice casi todo.

En realidad al PP le interesaba atravesar lo más rápidamente posible el aniversario de su guerra interna para volver cuanto antes al sí es sí, sus efectos y la fractura (esta sí, preocupante) causada en la coalición de gobierno. Pero se ha cruzado por medio Vox con su show Tamames. Aparte de la falta de respeto al Parlamento utilizando una de sus herramientas constitucionales con fines exclusivamente propagandísticos, conviene no avanzar demasiadas conclusiones. Abascal vuelve a garantizarse protagonismo, por efímero que sea, y el PP, por mucho que se ponga de perfil, se verá apelado a mojarse ante los disparates que plantee su inevitable futuro socio en un hipotético gobierno de derechas. Quizás incluso esa “gente de bien” a la que venera Feijóo sienta vergüenza ajena de lo que puede venir.

P.D. Por cierto, es exigible a cualquier persona de bien, especialmente con cargo público y aspiraciones a presidente del Gobierno, transparencia absoluta sobre cada euro que recibe de la caja común. Pero con Núñez Feijóo no hay forma. Hace meses que denunciamos en infoLibre la negativa del PP a hacer público el sueldo de su presidente o si el partido le paga o no la casa que habita en uno de los barrios más caros de Madrid (ver aquí). Pues bien, ahora nuestro compañero Fernando Varela ha revelado también que Feijóo cobra, además de su sueldo como senador, otros 2.037 euros mensuales (en 14 pagas), exentos de tributación, para costear unos desplazamientos a Galicia que no realiza al estar domiciliado en la capital (ver aquí). La “gente de bien” no debe cobrar del erario público por lo que no hace, como muy bien exigía el propio Feijóo en otros tiempos a sus compañeros de partido (ver aquí).

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