Hay momentos en la historia que definen a un pueblo y a sus líderes. Vivimos un tiempo convulso, atravesamos un cambio de época en el que ya sobran datos para confirmar —sin exageración alguna— que nos jugamos nada menos que vivir en democracia, sometidos a reglas, obligaciones y derechos, o bien un futuro (inminente) autocrático, sometido a la ley del más fuerte, con el trampantojo de elecciones cada cuatro años pero con Gobiernos incapaces de regular nada, de frenar el poder insaciable de una minoría de tecnojetas que dedican cantidades millonarias a financiar movimientos extremistas y a sembrar el odio desde redes y pseudomedios.
En esta encrucijada asoman las fortalezas y las debilidades de un pueblo y de sus dirigentes. Trump y Netanyahu –o viceversa–, un dúo genocida por actuación directa o por complicidad en la masacre del pueblo palestino, decide iniciar una guerra ilegal que no cuenta con ningún respaldo de la ONU, ni siquiera del Congreso estadounidense. El objetivo del ataque es un régimen teocrático, dictatorial, criminal con su propio pueblo y especialmente con las mujeres, condenable y condenado por cualquier demócrata desde cualquier lugar del mundo, incluida España. E Irán responde a su vez, como era previsible, con ataques a objetivos en distintos países de Oriente Medio y en Chipre, miembro de la Unión Europea. Se está jugando un ajedrez bélico sobre la hegemonía estratégica global, y en esa área del mundo se disputa el control de recursos energéticos y de vías de transporte que afectan a la geoestrategia mundial.
Hemos asistido, otra vez, a una respuesta sumisa y vergonzosa de la Unión Europea y la inmensa mayoría de sus dirigentes ante la nueva patada de Trump al derecho internacional y a la convivencia pacífica. Patética esa condena inmediata de la respuesta iraní sin mencionar siquiera la ilegalidad de los bombardeos previos ordenados por Trump y Netanyahu. La voz más sonora y discordante ha sido la del presidente español, Pedro Sánchez, acompañado a otra escala, pero también desde una posición digna, por el premier británico Keir Starmer (ver aquí).
Debería alarmarnos como europeos que suenen como “discordantes” o “rebeldes” precisamente las escasas voces que defienden los valores definitorios de la Unión, la legalidad internacional, la diplomacia como instrumento para evitar conflictos y la política como herramienta para solucionar problemas. Son Kallas, Merz, Macron (a ratos), Meloni, etc. quienes están traicionando las esencias del proyecto europeo y cayendo una y otra vez en la trampa y los chantajes de Trump.
Pedro Sánchez ha explicado su posición con una claridad meridiana: “No a la guerra”. Un mensaje y un compromiso que conecta con el mantenido por el Gobierno de coalición que preside respecto a la invasión de Ucrania por parte de Putin, respecto al genocidio cometido por Netanyahu en Gaza (con la imprescindible colaboración de Trump) o respecto al secuestro de Maduro en Venezuela por fuerzas militares estadounidenses. Y ese “No a la guerra” se traduce en la negativa a permitir que EEUU utilice las bases militares de Rota o Morón para ejecutar operaciones militares ilegales. Y debería traducirse en ir aún más lejos en el control de cualquier venta de material militar o de negocios empresariales que sigan derivando en beneficio de los genocidas en Gaza.
Trump ha explotado como lo hace el cacique o el dueño soberbio del cortijo o del cafetal ante la rebeldía de un esclavo. Ha amenazado explícitamente a España con romper relaciones comerciales y a Sánchez con arder en el fuego del infierno. Es probable que Trump, en su infinita ignorancia y osadía, ni sepa ni le importe que las relaciones comerciales de España son las de la Unión Europea, que no existe esa capacidad directa que Trump se atribuye. Da igual, porque el documento de Estrategia Nacional de Seguridad conocido en noviembre ya explicitaba el desprecio absoluto de la Administración trumpista hacia Europa y su papel en el mundo.
Sánchez ha hecho lo que debía hacer y se convierte de nuevo en el referente de la dignidad europea y del derecho internacional frente a quienes están torpedeando el sistema establecido precisamente tras la Segunda Guerra Mundial para construir un mundo pacífico basado en el diálogo y el respeto. Las encuestas que en su día se realizaron sobre la posición del Gobierno respecto a Gaza evidenciaron que la defensa de los derechos humanos frente al belicismo y el vasallaje cuenta con el respaldo de una mayoría social clara, y bastante transversal, pese al clima de odio que preside la política nacional, muy especialmente en Madrid (ver aquí). Las reacciones que este mismo miércoles se han ido produciendo en distintos países de Europa tras la declaración institucional del presidente español en respuesta a las amenazas de Trump indican que la sociedad europea no está dispuesta a aceptar sin más ese vasallaje que muchos dirigentes muestran ante un autodeclarado ya enemigo (ver aquí esta oportuna reflexión de Cristina Monge).
Como aspirante a la presidencia del Gobierno, Feijóo no tiene al parecer nada que decir ante el ataque de un dirigente extranjero contra nuestro país, nuestros intereses y nuestra posición en el mundo. Como patriota representa la valentía de quienes se arrodillan
Tras la explosión insultante de Trump y la respuesta institucional de Sánchez, las miradas se vuelven lógicamente al líder de la oposición. Y entonces escuchamos a un Núñez Feijóo casi tan patético como el secretario general de la OTAN, ese que le ríe las gracias al ‘amo’ que no se cansa de humillarle. Feijóo ejecuta un electoralismo sucio al acusar a Sánchez de intentar “quitarle unos votos a la izquierda más radical” (¿nadie en su entorno le sugiere mirarse al espejo y preguntarse si se limita a acusar a Sánchez de lo que él practica respecto a Vox?). Como aspirante a la presidencia del Gobierno no tiene al parecer nada que decir ante el ataque de un dirigente extranjero contra nuestro país, nuestros intereses y nuestra posición en el mundo. Como patriota representa la valentía de quienes se arrodillan ante cualquiera que ejerza un poder superior, por mucho que destroce los intereses colectivos de su país. Sigue enredado en un único proyecto político: echar a Sánchez, si es posible incluso meterlo en la cárcel, de modo que su discurso sigue cabalgando sobre ese miserable “Sánchez, hijo de puta” y aún pretende establecer esa simpleza de que quienes denunciamos los peligros del trumpismo y sus aventuras bélicas somos cómplices de Maduro, de los ayatolás y, al menor descuido, de Kim Jong-un (si es que Feijóo sabe que es líder supremo de Corea del Norte).
Desde ámbitos conservadores vuelven a tirar del catecismo habitual: cualquier divergencia que el Gobierno muestre respecto a la ola reaccionaria impuesta por Trump y sus tecnojetas es o bien una estratagema electoralista o bien puro buenismo. Lo primero lo dicen como si cada una de las decisiones (o indecisiones) de Feijóo o de Abascal no fuera electoralista, ahora que además estamos en pleno ciclo de comicios autonómicos impulsado precisamente por el PP (que quizás ya esté arrepentido a la vista de sus propios resultados en Extremadura o Aragón). Y lo segundo confronta con la cruda realidad: lo ingenuo (lo de buenista a estas alturas es incompatible con ciertos perfiles) es creer que España y Europa salen más beneficiadas de rodillas ante Trump que defendiendo su autonomía y su fortaleza democrática. Pero uno no cree que la posición actual de las derechas españolas sea ingenua. Más bien es fruto de la combinación entre la ausencia de un proyecto de país y la estulticia de creer que la ciudadanía tragará al completo el pack desinformativo inventado por los ideólogos del trumpismo y más cargado de odio que de soluciones a los problemas complejos del presente. El tiempo juzgará a cada cual. A todas y todos.
Hay momentos en la historia que definen a un pueblo y a sus líderes. Vivimos un tiempo convulso, atravesamos un cambio de época en el que ya sobran datos para confirmar —sin exageración alguna— que nos jugamos nada menos que vivir en democracia, sometidos a reglas, obligaciones y derechos, o bien un futuro (inminente) autocrático, sometido a la ley del más fuerte, con el trampantojo de elecciones cada cuatro años pero con Gobiernos incapaces de regular nada, de frenar el poder insaciable de una minoría de tecnojetas que dedican cantidades millonarias a financiar movimientos extremistas y a sembrar el odio desde redes y pseudomedios.