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La desinformación amenaza a los 11,6 millones de españoles que ya viven en “desiertos de noticias”

Supongamos que se quedan solos en su lodazal...

Vaya por delante que esta reflexión (como tantas cada día) surge desde la duda. No sé cuál es la mejor receta para afrontar una estrategia política basada en la deslegitimación del adversario y de las instituciones democráticas, que incluye la difamación, el uso de bulos y calumnias y el insulto personal. Comprendo que cuando a uno le llaman “hijo de puta” diez veces al día (con simulaciones léxicas más bien burdas) o acusan a tu pareja de tráfico de influencias sin aportar una prueba… la tentación es la de responder con armas similares. Entiendo que hay quien piensa que el resultado electoral de las últimas generales, que frustró contra pronóstico un gobierno ultraconservador en España, se produjo gracias al hecho de que Pedro Sánchez acudiera a los medios del amplísimo espacio mediático de la derecha a afrontar abiertamente el infame “¡que te vote Txapote!”. (Más bien pienso que ese no fue el único factor, y que pesaron más los errores del propio Feijóo, las evidencias de lo que significaban los pactos PP-Vox o el chute de movilización que aportaba cada intervención de Zapatero).

Me niego a aceptar la equidistancia de quienes se ponen muy dignos denunciando el actual clima de “crispación” y reparten responsabilidades a diestra y siniestra. No. Repasen hemerotecas y estudios académicos con datos precisos: desde los años noventa, la crispación política en España se ha disparado siempre que el PP ha estado en la oposición. Los periodos de “calma y respeto”, que incluían los llamados “pactos de Estado” (sobre la violencia de género, el terrorismo o la financiación autonómica), coinciden mayormente con la izquierda fuera del poder y la derecha en el gobierno.

Pero lo cierto es que vivimos en un clima político y mediático irrespirable, que según los sondeos disponibles y la percepción personal (en lo que valga) está provocando una temperatura social entre el hartazgo y la ira. Mucha gente afirma que prefiere desconectar la radio, la televisión o el ordenador ante un ruido político ensordecedor y desagradable, en el que se confunden la verdad y la mentira, la indignación y el puro teatro.

Parece ya instalado que el Gobierno y el PSOE han decidido combatir esa estrategia con armas similares, es decir, con la técnica Óscar Puente: si usted insulta no me voy a callar, sino que redoblaré la apuesta, especialmente si utilizan falsedades e hipérboles. Cuanto más Koldo más González Amador; dígame Ábalos y le diré Ayuso… 

No me parece descabellado ni utópico, a la vista de las encuestas y el clima político que se respira, probar otras recetas ajenas a la competición en el ruido

Supongamos que la estrategia del PSOE, del Gobierno y de la izquierda fuera otra, consistente en que Pedro Sánchez y su gobierno de coalición se situaran absolutamente fuera de ese clima de crispación. Que a cada pregunta insultante se respondiera con datos o simplemente se ignorara. Que se reivindicara y demostrara la obligación institucional, la representación de Estado, por encima del clima permanentemente electoralista y mitinero. Que el Gobierno dedicara el máximo esfuerzo a acordar y comunicar legislación referida a la vivienda, a las necesidades de la sanidad pública, de la educación, de las políticas de empleo, de la sostenibilidad económica y las oportunidades laborales que ofrece la gestión contra el cambio climático… 

¿Por qué en tres meses las derechas no han hecho prácticamente una sola pregunta parlamentaria al ministro de Economía? (ver aquí). ¿Acaso importa más a la ciudadanía la amnistía que el hecho de que un porcentaje importante de hogares dedica casi la mitad de sus ingresos al pago del alquiler o la hipoteca? (ver aquí) ¿Por qué la oposición procura esquivar no sólo al ministro Cuerpo sino también ese letal “le voy a dar un dato” que suele emplear la vicepresidenta Yolanda Díaz? Cuesta mucho no deducir que las derechas se sienten tan cómodas en la conversación pública cuando esta gira en torno a las tensiones identitarias como cuando pueden aducir que se avecina un desastre económico. O España se rompe o se arruina. “Ya la levantaremos nosotros”, como le dijo Montoro a una aliada canaria (ver aquí).

Y por suponer… Supongamos que la limitada nómina de medios de comunicación que comparten no ya una línea editorial progresista sino unos mínimos principios de respeto al oficio y al servicio público que ejercemos acordara el rechazo y la denuncia de cualquier bulo y exigiera unos criterios limpios y transparentes en la gestión de la publicidad institucional. Supongamos que cualquier medio periodístico digno asumiera que esa definición es incompatible con el puro entretenimiento, la industria del clic o la propaganda política partidista. 

Supongamos, en fin, que tanto desde la política como desde los medios que quieran apuntarse dejamos solos, chapoteando en el lodazal, a quienes tan bien se les da ese deporte, y nos dedicamos a avanzar, unos a legislar democráticamente, otros a informar sin trampas, separando los hechos y las opiniones, rectificando cuando nos equivocamos, respetando a los lectores de quienes dependemos antes que a los poderes económicos que a todos nos condicionan en mayor o menor medida. Exigiendo, de una vez por todas, que los recursos públicos dedicados a la publicidad institucional no sirvan para financiar a cabeceras volcadas en la desinformación y la fabricación de bulos (ver aquí).

Insisto: ¿le iría mejor o peor a la mayoría parlamentaria que sujeta al gobierno actual escapando del barro que caracteriza al debate político? No lo sé. Lo que sí parece demostrado es que históricamente la crispación y la estrategia del ventilador perjudica a las izquierdas porque desmoviliza a una parte de su electorado (ver aquí). 

Hay por delante unos meses de triple cita electoral, y quizás (al menos) dos años de legislatura. No me parece descabellado ni utópico, a la vista de las encuestas y el clima político que se respira, probar otras recetas ajenas a la competición en el ruido. Si unos gritan, otros gritan más y otros muchos se tapan los oídos. La democracia no puede permitirse renunciar a todos ellos. Conviene (creo) elevar la mirada por encima de la pared tacticista y trasladar una visión de país, de futuro, de capacidad de escucharnos. En el barro sólo ganan quienes se desenvuelven cómodamente en ese hábitat.   

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