Buzón de Voz

Candidatos e intelectuales

Ilustres nombres de la universidad, la judicatura, la literatura, el periodismo, el cine, la economía… han ido anunciando en las últimas semanas su decisión de saltar a la política como candidat@s bajo distintas siglas a las elecciones autonómicas y municipales del próximo mes de mayo. Tienen, de entrada, el mérito indiscutible de apostar por un servicio público cuyo prestigio anda por los suelos (a un nivel por otra parte no muy alejado del que ocupamos los periodistas).

Pero ocurre como en cualquier otro aspecto de la realidad: meter todo, y a todas y a todos, en el mismo saco es tan injusto como confuso. Aquí van unos breves apuntes como simples propuestas para el debate:

– Es muy positivo (y valiente) que hombres y mujeres de éxito en sus profesiones estén dispuestas a ejercer una función imprescindible en democracia: representar a la ciudadanía en las instituciones. Y es loable hacerlo cuando esa función más denostada está y cuando su ejercicio exige un desnudo prácticamente integral, un nivel de transparencia personal como jamás se había pedido a nadie en este país.

– No es un fenómeno inaudito ni novedoso: la participación de intelectuales (y no tanto) en política es tan antigua como la propia política. Y sobre lo que significa y se deriva del compromiso cívico-político convendría releer a Neruda, o a Camus, pero también a la generación del 98 o a Ortega o a Sartre; a Alberti o a María Zambrano o, mucho más recientemente, a Vargas Llosa o a Ignatieff… entre tantas y tantos otros.

– No es lo mismo dar ese paso desde un compromiso político y cívico anterior (con las siglas o principios que sea, pero desde la coherencia de una determinada arquitectura ética) que hacerlo desde el afán de notoriedad, la improvisación, la moda, el márketing, la ambición de poder o incluso el deseo de venganza. (El tiempo y la información acumulada irán distinguiendo unos casos de otros).

– La actividad política ha perdido credibilidad por un cúmulo de factores (corrupción, dependencia de poderes económicos o mediáticos, endogamia…), pero conviene recordar que la mayoría de quienes la ejercen no nacieron políticos, sino que también proceden de la universidad, el derecho, la economía, etcétera, y fueron elegidos primero en sus partidos (a dedo o no) y después por la ciudadanía.

– No es lo mismo dar un paso al frente y entrar en política para intentar cambiar sus hábitos y con la vocación de elevar la calidad de vida de la inmensa mayoría de la gente que hacerlo condicionado por poderes económicos o mediáticos o por los propios aparatos de los partidos. Es hora (siempre) de que los intelectuales intenten mejorar la política, no de que la política fagocite a los intelectuales.

– Por alto que sea el margen de error en las encuestasmargen de error en las encuestas, y por muy indeciso que aún se declare un elevado porcentaje del electorado, parece seguro que se avecinan cuatro años en los que hará falta talla, nivel, cintura, capacidad de diálogo político. Lo cual es muy diferente a la habilidad trilera que tanto ha contribuido al descrédito de esta democracia.

– “La coalición (política) es el arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos”, sostenía Guy Mollet. Esa forma de entender el acuerdo político está superada a base de desengaños. Demasiados callos. Una vez que se conozcan los programas y carteles de todas las formaciones, es exigible que la ciudadanía conozca también con quién está o no dispuesto a pactar cada cual y sobre qué bases. Quienes impulsan desde el poder económico o mediático las grandes (o triples) coaliciones son uno de los mayores riesgos en los próximos meses: por intentar blindar el bipartidismo (o más bien sus propios sillones) son capaces de convertir la oportunidad de regeneración en una degeneración aún mayor de la democracia. La necesaria denuncia de la demagogia y el populismo no debería suponer de facto el triunfo de la pura propaganda.

– Si de algo andamos sobrados en este país es de sectarismos, y se agradece que a la actividad política llegue gente que reivindica y practica el respeto al otro y la disposición al acuerdo. El lenguaje, los mensajes, el estilo, el prestigio de hacer política saldrán ganando. Para que gane también la calidad democrática hará falta que demuestren además una radical independencia de cualquier otro tipo de interés que no sea el de la ciudadanía. 

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