Caníbales

La Coca-Cola y la clandestinidad

El lunes fuimos al estreno de la versión teatral de Trainspotting: la heroína se ha quedado vieja pero la capacidad del ser humano para la autodestrucción sigue presente. Hemos cambiado de adicciones: el móvil, el triatlón, la meditación… Son adicciones, eso sí, individuales.

Cada vez hacemos menos cosas en sociedad, narcotizados porque tenemos centenares de amigos en Facebook y otros tantos contactos de Whatsapp. Y al final estamos solos.

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Solo se tuvo que morir José Antonio Arrabal. Solo y en la clandestinidad, semanas, quizá meses, antes de que ya no pudiera comunicarse con sus hijos y su mujer, notar sus caricias, leer… Había cambiado de Kindle por uno más fácil, uno que pudiera manejar, y dejó la última lectura al 24%, porque se fue antes de tiempo.

A finales de marzo este parlamento fragmentado que debería servir para avanzar y no para discutir sobre la nada, aprobó “debatir una ley de muerte digna”. Hubo una avalancha de emoticonos positivos en Twitter (aplausos, pulgares hacia arriba, hasta flamencas…). Una reacción poco adulta y muy superficial porque la noticia exigía pasar del titular.

Aprobaban “debatir” (que no es lo mismo que hacer) una propuesta para igualar en todas las comunidades autónomas los “cuidados paliativos” (que no es lo mismo que la muerte digna). Y se excluía claramente la eutanasia y el suicidio asistido.

Es decir, el congreso gana un tiempo que perdemos todos. Ellos se entretienen y José Antonio muere solo. Pidiendo a su familia que salga de casa para que no les puedan denunciar por asistirle.

Esa tarde, la radio buscó y entrevistó a Ramona Maneiro, la mujer que ayudó a morir a Ramón Sampedro en 1998 y fue condenada. Han pasado veinte años, no hemos avanzado nada.

Cuando acaba la entrevista, de hecho, Twitter lleva horas en otra cosa. Algo de Ramón Espinar bebiendo Coca-Cola. Una noticia que da chistes gloriosos y estériles.

Entonces llegan las fotos de los niños sirios, 27 niños atacados con armas químicas. Ni emoticonos ni chistes, ni demasiada protesta del gobierno a pesar de que Rusia se niega en la ONU a condenar el ataque, que viene a ser lo mismo que garantizar que vuelva a ocurrir.

Y Twitter sigue aunque no siga la vida. Algo que ha dicho Susana y se ha publicado en todos lados, algo que ha dicho Pedro y no se ha publicado en ningún sitio, algo que…

Algo que no es importante, la verdad. Lo importante es la gente a la que quieres, la gente que necesitas que te toque, la gente a la que debes liberar, aunque sea muriendo.

José Antonio Arrabal murió con su familia fuera de casa. Murió solo. Murió escondido. Murió por todos nosotros. Y a mí, la verdad, me gustaría que el Congreso dejara de recrearse en fintas dialécticas de dudoso ingenio y menor respeto y que abordara lo que de verdad importa. Tenemos derecho a morir bien, sin ataques químicos, sin clandestinidad. No es tan difícil.

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