El club de los depravados

Estamos acostumbrados a ver a los poderosos en las ruedas de prensa de sus empresas o de los gobiernos a los que representan, con la camisa almidonada y el traje cortado a medida, con poder o dinero, incluso ambas cosas a la vez. Envueltos en un halo de seguridad, como si fuesen dioses. Muchos de los que les observan desde su casa envidian su suerte y hasta se sienten inferiores por no haber logrado estar ahí, hasta donde ellos han llegado. Esos hombres, que se creen imbatibles en su círculo, son tan necios que se consideran con derecho a propasarse sin consecuencias. Llámese Andrés de Inglaterra o alcalde de Móstoles, se sienten protegidos para hacer lo que les salga del nabo. Y hasta se sorprenden cuando sus depravados actos son condenados públicamente. Su puesto conlleva unos privilegios vetados para el vulgo. 

El acceso a mujeres con físicos de fantasía, con las que no te sueles cruzar por la calle, es uno de los síntomas asociados a la erótica del poder. Mujeres mucho más jóvenes que los señores a los que acompañan, que lo mismo están en el palco del Bernabéu que en Mar-a- Lago, pero con la suficiente edad como para decidir por ellas mismas que les compensa aguantar a esos viejales que seguramente la palmarán antes. Son sus parejas oficiales y por mucho que les separen 30 o 40 años, sus maridos quieren sangre fresca, desean lo prohibido. Así que reclutar a menores de edad, especialmente vulnerables, que provienen de entornos de maltrato o de pobreza y usarlas como si no valieran nada, pasa por ser un momento de ocio, como el que va al cine o a tomar una caña con amigos.  

El club de los depravados es intocable. La mejor manera de pararlo es con los votos

Somos conscientes de que, cuando puedes pagarlo todo, buscas experiencias únicas como meterte en un submarino para contemplar en exclusiva los restos del Titanic y acabar formando parte del naufragio o decidir quedarte sin pulmones en la cima del Everest. El dinero en exceso te vuelve así de tonto. Es lo que nos consuela al resto. A mí, que les ponga que les azoten me parece estupendo. Habría que darles más fuerte. A lo que no estamos habituados es a conocer de golpe tantos nombres de depravados con poder. Una secta internacional de pederastas, que hacían negocios mientras sometían a crías a las que destrozaban la vida con absoluta impunidad en el caso Epstein. Un United Club de Pervertidos en el que a sus miembros les hermana una complicidad cruel. 

No hay que irse muy lejos para toparse con casos de tipos que en su pequeño universo tienen licencia para extralimitarse, como el alcalde del PP de Móstoles, donde se repite el patrón de abuso jefe-subordinada, similar al de Paco Salazar y otros cargos regionales socialistas. Cuando las víctimas denuncian se trata de acallar internamente lo que suele ser un secreto a voces para no destapar el escándalo y no reaccionan hasta que sale a la luz pública. Pero si no se frena con rapidez, se sigue dando alas a los acosadores, que se sienten protegidos e incluso alardean con prepotencia de masculinidad tóxica. 

Los partidos progresistas acaban haciendo dimitir a los implicados, a duras penas en demasiadas ocasiones. La derecha convierte a la acosada en resentida chantajista e incluso difunde su identidad, como medida de coerción, como ha hecho al filtrar a algunos medios afines los correos de la concejala ultrajada. El PP de Madrid, que si por algo se distingue es por la bajeza moral en sus actuaciones, ya lo ha convertido en una operación fabricada, y se ha propuesto hacer sufrir todo lo posible a la denunciante para que sirva de lección y cortar cualquier tentación de destapar a los abusadores. El club de los depravados es intocable. La mejor manera de pararlo es con los votos.

Estamos acostumbrados a ver a los poderosos en las ruedas de prensa de sus empresas o de los gobiernos a los que representan, con la camisa almidonada y el traje cortado a medida, con poder o dinero, incluso ambas cosas a la vez. Envueltos en un halo de seguridad, como si fuesen dioses. Muchos de los que les observan desde su casa envidian su suerte y hasta se sienten inferiores por no haber logrado estar ahí, hasta donde ellos han llegado. Esos hombres, que se creen imbatibles en su círculo, son tan necios que se consideran con derecho a propasarse sin consecuencias. Llámese Andrés de Inglaterra o alcalde de Móstoles, se sienten protegidos para hacer lo que les salga del nabo. Y hasta se sorprenden cuando sus depravados actos son condenados públicamente. Su puesto conlleva unos privilegios vetados para el vulgo. 

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