Plaza Pública

De democracia, periodismo y Podemos

Lola Bañón Castellón

A mi izquierda, a un par de metros, Pablo Iglesias; a mi alrededor, otros candidatos y candidatas de Podemos y enfrente un mar de periodistas. Este era el escenario en el que me encontraba el pasado jueves, en la sala Mirador, en Madrid, en la presentación de una de las listas candidatas a las primarias del partido para las próximas generales.

Y este fue el sitio exacto del inicio de una escalada de reproducción, reelaboración y difusión en las redes sociales de algo que algunos informadores han interpretado como presunto proyecto de “liberación de periodistas de sus medios” anunciado desde mi posición de candidata. Una elaboración frente a la cual, sinceramente, he de plantear mi reacción profesional: un comunicador no existe sin una empresa mediática desde la que lanza su mensaje; así es que si no fuera porque es un tema trascendente, parecería incluso cómico el intento de ciertos medios digitales y televisivos de querer demostrar que hay en mis palabras un intento de cuestionar la propiedad privada.

Así que este artículo es una pequeña reflexión frente a aquellos que no han aplicado lo que son principios básicos del periodismo, como son el contraste con la fuente y, desde luego, la ubicación de las declaraciones en el contexto. Compañeros, podíais haber llamado. Por ello, para empezar, y aunque resulte incluso chocante, he de decir que no puedo desmentir nada que yo misma no haya dicho. Lo que sí he de proponer es que no puedo aceptar las elucubraciones que otras personas hacen de mis palabras desde una perspectiva no fundamentada y, por ello, invito a escuchar mi intervención.

Si ello no fuese posible, porque andamos todos escasos de tiempo, ofreceré el titular: en ningún caso hay ninguna referencia a atacar la propiedad privada de nadie. Seamos serios. No hay que obviar que buena parte de los artículos aparecidos en las redes sociales con mis declaraciones no son firmados por ningún periodista y desde ese punto de vista resulta evidente que también se cae otro precepto claro del oficio, que es la obligación que tiene un profesional de asumir la responsabilidad sobre lo que escribe o dice.

De esas autorías anónimas se han nutrido algunos medios para construir un relato, hasta el punto de que una cadena televisiva nacional rotuló mi intervención con el entrecomillado: “El primer reto será liberar a los medios de sus estructuras de propiedad” sin ofrecer el resto del discurso.

Es muy positivo, no obstante, que a partir de ahí esta televisión encendiese un interesante debate sobre lo que sí es el centro de mi intervención, que es el asunto de quién tiene el poder de controlar los medios en las sociedades democráticas. Quienes me conocen bien saben que en ningún caso formularía ideas ubicadas fuera de un respeto a la legalidad y a la lógica.

Esa frase, ubicada en su contexto –todo fácilmente accesible en Youtube en su totalidad– y no aislada de su discurso como se emitió pretendía denunciar lo que es una reivindicación clara entre muchos profesionales y estudiosos de la comunicación y la politología: que la concentración de la propiedad de los medios de comunicación en grandes grupos y, por tanto, en pocas manos supone un control de la palabra, un impedimento a la pluralidad informativa, a la visibilización de perspectivas y, desde luego, un apartamiento de la escena pública mediática de determinadas personas, posiciones y puntos de vista.

Agradezco enormemente que un tema de nuestro reducido e íntimo mundo periodístico haya tenido la oportunidad de tener esta visibilidad, aunque haya sido de esta forma tan rocambolesca. Porque me da la oportunidad de recuperar en el espacio público algunas de las ideas básicas que apunté en el Mirador: que sin unos medios libres en los que los periodistas no estén sometidos a la precarización no es posible construir una democracia real. El periodismo es uno de los sectores profesionales más maltratados por la crisis. Desde mi punto de vista, sin palabra no hay libertad y sin medios responsables no vamos a tener democracia real. ¿Qué se le puede exigir a un periodista o a un cámara o a un técnico que cobra salarios mensuales de quinientos euros por trabajar doce horas al día? Estas fueron otras de las cosas que dije en aquel pequeño acto con los compañeros de los medios y de Podemos.

Lo que sí pedí a Pablo Iglesias frente a decenas de periodistas y candidatos es una acción concreta que estimo necesaria: que desde cualquiera que sea la posición que ocupe en el futuro Gobierno asuma la defensa de la regulación del espacio audiovisual, pues España es el único país de la Unión Europea que no dispone de un consejo en este territorio.

La caída de la calidad en el periodismo español ya ha sido objeto no únicamente de comentarios de sobremesa; estudios científicos demuestran evidencias más que inquietantes, como las que concluyen los investigadores Gómez Mompart, Gutierrez y Palay, accesibles en este enlace

Necesitamos, por tanto, organismos que velen por los contenidos a fin de que el discurso periodístico sea el del retrato de la situación social y política y no el marcado por las grandes corporaciones. De ahí que evidentemente no hay ningún cuestionamiento a la propiedad privada, hasta ahí podíamos llegar, pero sí una denuncia de las situaciones que se están produciendo en el mundo informativo, no solo en España, sino en todo nuestro ámbito cultural. Recordemos que los consejos y organismos audiovisuales, lejos de un ánimo censor, lo que pretenden es proteger el derecho a la libertad de expresión recogida en el artículo 19 de la Carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Y, por tanto, ese derecho a la libertad de expresión que ampara a cualquier medio de comunicación corre de manera paralela se quiera o no al derecho de la ciudadanía a una información veraz. La propuesta, sencilla, es que nos situemos en la corriente que ya tiene asumida desde hace años toda la Unión Europea, mientras que nosotros seguimos siendo los únicos que permanecemos fuera de esta lógica del reglamento.

La preocupación por el hecho de que sólo unas pocas personas acaparen la propiedad de empresas vinculadas a la producción del discurso –televisión, radio, cine, prensa, etc.– está vinculada a la tendencia de que la rentabilidad económica sea el único criterio vigente en la agenda mediática. Es decir, en buena medida acabamos hablando solo del ruido, que genera audiencia, dejando sin espacio para el debate y la visibilidad los grandes temas que nos afectan a todos. Dejamos también excluidos de la visibilidad y de la opinión a los especialistas que nos pueden dar luz y perspectiva sobre los temas.

Es un tema serio y no parece conveniente entrar en humor ni ironías.

Ya hace años que André Schiffrin publicó El control de la palabra (Anagrama, 2006), donde habla de por qué se producen determinados silencios en los medios, del conformismo intelectual y de cómo se instala un bloqueo en la pluralidad informativa por las concentraciones de la propiedad de los medios de comunicación. El debate sigue vivo en toda Europa y en los Estados Unidos, en aquellos círculos donde late una intensa preocupación por la vida democrática y de esa necesaria y sana discusión intelectual nació mi pequeña reflexión en aquel acto en el Lavapiés madrileño, al lado de los compañeros de candidatura de Podemos, y que se sintetiza en dos ideas: primera, que el poder real, salvo en determinadas ocasiones, no se encuentra en los parlamentos que elegimos y que la información –excepto en algunos casos– no está en los medios porque los periodistas hace tiempo que perdimos la soberanía de la agenda temática. Y este diagnóstico solo tiene la pretensión de detectar lo que es una de las quiebras fundamentales de la vida democrática y es que el déficit de información no mercantilizada hace que la ciudadanía no se ubique en el retrato real de la situación social y política.

De forma evidente, mi agradecimiento a infoLibre, el medio que me invita a clarificar mi posición, y gracias públicas sobre todo a profesionales como Jesus Maraña y Miguel Angel Aguilar, que en medio de la polémica defendieron en un debate televisivo el sentido real del mensaje y no se conformaron, como otros, con sumarse a esta estrambótica batucada mediática.

------------------------------------------Lola Bañón Castellón es periodista y profesora de Periodismo en la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Valencia. Candidata de Podemos en la lista de Pablo Iglesias.

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