Era un 15 de septiembre de principios de siglo. Era una ciudad mexicana a la que no llega el turismo. Era el día de El Grito, como allá llaman a la celebración del comienzo de la guerra de independencia de España. ¡Viva México!, gritó tres veces el alcalde de aquella ciudad después de nombrar a los héroes de la independencia. ¡Viva!, respondimos todos. Y tocó una campana. Tú no tienes nada que celebrar, me dijo alguien que estaba a mi lado. Lo mismo que tú, le respondí, sin pensarlo mucho, la verdad. Aquella fue la primera vez que me topé sin aviso con mi propia identidad nacional desplazada al otro lado del Atlántico. No se me ha olvidado. Lo he tenido que pensar. Desarticular lo aprendido. Tenía veinticinco años y más soberbia que ahora.

La relación diplomática entre México y España entró en un nuevo conflicto en 2019, cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador exigió por carta a la Corona que España pidiera perdón por los abusos y masacres cometidos hace quinientos años durante aquella invasión que aquí llamamos conquista y que se resuelve en los libros de texto de Historia española como una hazaña épica y evangelizadora que terminó con la adquisición de vocabulario náhuatl para el castellano y la llegada a España de la patata y el tomate. Poco más.

En España, qué país, nos mofamos de la petición rápidamente y el Gobierno, entonces, reaccionó rechazando con firmeza la carta y habló de retos de futuro y cooperación. “Envié una carta al rey de España y al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como Derechos Humanos; hubo matanzas, imposiciones… la llamada conquista se hizo con la espada y con la cruz”, escribió AMLO en su cuenta en una red social. Tan frío se puso el asunto que el Gobierno de Pedro Sánchez no envió representación para la investidura de Claudia Sheinbaum. Parece que España, como yo aquel 15 de septiembre, también era más soberbia que ahora.

Felipe VI no pide perdón a México como se exigió en aquella carta, pero sí se abre una grieta histórica que ahora debería llevar nuestra mirada hacia el pasado a otro lugar

Porque hace unos días, el rey Felipe VI, la Corona, dio el primer aliento para descongelar la relación diplomática durante una visita a la exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena”, en el Museo Arqueológico Nacional, dejando un paso atrás el hasta ahora silencio institucional. En una suerte de equilibrios del lenguaje, pero no dejando entrever poco, Felipe VI dijo: “Hay cosas que, cuando las estudiamos, las conocemos, dices: bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlo y en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”. Bueno. También reconoció, en alguna suerte de sintaxis dubitativa, que hubo abusos. Felipe VI no pide perdón a México como se exigió en aquella carta, pero sí se abre una grieta histórica que ahora debería llevar nuestra mirada hacia el pasado a otro lugar.

Por supuesto, a estas palabras han reaccionado las derechas ultras españolas. Desde Ayuso, que se desmarca del rey diciendo que aquello fue la manera de llevar una forma civilizada de ver la vida, a Vox, con quienes coincide en el rechazo casi palabra por palabra.

El reconocimiento de un daño es lo primero para que dos personas se vuelvan a acercar y esa misma fórmula funciona con la memoria colectiva, no importa lo alejados que los hechos estén de nuestro tiempo. La herencia histórica que dejamos en México sigue vigente: son los mismos pueblos los que siguen arrinconados, sufriendo racismo y clasismo a los pies de volcanes, de valles insondables, de comunidades aisladas o desplazadas de las ciudades. Y no hay que viajar tan lejos para saber esto.

La Hispanidad. Ese día de la desmemoria que es fiesta nacional todos los doce de octubre y saca a pasear a militares y tanques por las avenidas. La Hispanidad. La épica de un genocidio antiguo. La Hispanidad. Libros de texto con el nombre de los conquistadores y sus hazañas. La Hispanidad. El mejor de todos los mitos patrios. El más oscuro.

Todo esto, más que pedir perdón, porque qué es pedir perdón, o la simbología cultural de acciones y reconocimientos, invitar o no a un mundial de fútbol, es lo que España debería revisar y desde el principio, desde cómo se cuenta ese proceso histórico en las escuelas. Porque sí hay una historia compartida y un lazo que nos acerca, pero todavía nos ata con fuerza y silencio a otra más de nuestras severas contradicciones.

Era un 15 de septiembre de principios de siglo. Era una ciudad mexicana a la que no llega el turismo. Era el día de El Grito, como allá llaman a la celebración del comienzo de la guerra de independencia de España. ¡Viva México!, gritó tres veces el alcalde de aquella ciudad después de nombrar a los héroes de la independencia. ¡Viva!, respondimos todos. Y tocó una campana. Tú no tienes nada que celebrar, me dijo alguien que estaba a mi lado. Lo mismo que tú, le respondí, sin pensarlo mucho, la verdad. Aquella fue la primera vez que me topé sin aviso con mi propia identidad nacional desplazada al otro lado del Atlántico. No se me ha olvidado. Lo he tenido que pensar. Desarticular lo aprendido. Tenía veinticinco años y más soberbia que ahora.

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