Desde la casa roja

La polio: la epidemia que Franco ignoró y ahora ignoramos nosotros

Aroa Moreno

Jonas Salk fue el médico virólogo e investigador de origen ruso-judío que desarrolló la vacuna contra la poliomielitis. Cuando la presentó, probada en más de un millón de niños, la polio era el principal problema de salud pública en muchos países y los científicos trabajaban frenéticamente para conseguir un tratamiento o prevención que frenara esta plaga que tenía atemorizados a muchos padres cada verano, era una enfermedad estacional cuya transmisión se producía, sobre todo, en los meses cálidos. Las epidemias eran cada vez más devastadoras. El 95 % de los infectados eran asintomáticos. En 1952, tuvo lugar el peor brote en Estados Unidos: de los 58.000 casos, 3.145 personas fallecieron y 21.269 quedaron afectadas por parálisis. La mayoría eran niños. El día que el éxito de la vacuna se hizo oficial, preguntaron a Salk por la patente, este dijo: “¿Se puede patentar el sol?”. Era el año 1955.

Lejos de allí, en España, con la dictadura afianzándose en el poder y el país en plena reconstrucción tras la guerra, Franco decidió ignorar la epidemia. Aunque no se conoce la cifra real, se calcula que entre 1950 y 1964 el virus acabó afectando a más de 300.000 personas y murieron cerca de 2.000 niños. No fue hasta 1964 cuando comenzó a suministrarse aquí una vacuna, una década después de Estados Unidos. No se inyectaba la solución de Salk sino una vacuna oral descubierta por el médico polaco Albert Sabin que consistía en unas gotas que se daban a los niños sobre un terrón de azúcar. ¿Por qué dejó Franco que la epidemia se extendiera y afectara a más niños?

No se entiende a día de hoy por qué España no se sumó a la vacunación masiva. Según cuentan se debió a una lucha de poder por el control de la Sanidad dentro del Gobierno. Franco no quiso tensar la situación política interna con una vacuna que no era obligatoria, pero que, sin duda, debió serlo y se ahorró la campaña. La enfermedad se ocultó, no interesaba dar esa mala imagen fuera ni que se extendiera la histeria y se exigiera la vacunación. Sin embargo, las clases sociales altas, que contaban con información y vías de acceso a la vacuna, viajaban a Francia o Andorra, donde ya se suministraba, para ponérsela a sus hijos y frenaron los contagios. Entre 1955 y 1958 se vacunó de forma privada a cerca de 200.000 niños de familias afines al Régimen. A la mía no le tocó.

Estoy segura de que no estaría escribiendo esta columna sobre la polio, que este asunto sería un tema olvidado también para mí, si no supiera que una mañana de 1963, cuando mi abuela intentó a poner a su hija de dos años de pie sobre la cuna, la niña no se sostenía. Había tenido diarrea y fiebre los últimos días. Puedo imaginar el susto de aquella mujer joven, recién llegada de Extremadura, en un taxi camino al hospital madrileño Niño Jesús. Diecisiete operaciones después, la última hace apenas unos años y un invencible espíritu de superación, hacen que la vida de L. sea normal. Normal siempre a pesar del dolor, a pesar de las secuelas, a pesar de que, cada paso mío, a ella le supone un esfuerzo cada vez más grande.

Los niños de la polio cumplen hoy sesenta años y ven cómo secuelas inesperadas de la enfermedad aparecen en partes sanas de su cuerpo y se agravan según se acercan a la vejez. El síndrome post polio (SPP) les causa fatiga progresiva, fuertes dolores y debilidad muscular. Pero estas consecuencias tardías de aquel virus apenas son conocidas. Parece que la polio les tocó y les hirió y ahí acabó todo. Luchan por el reconocimiento de esta nueva patología o de su discapacidad laboral según avanza la enfermedad.

La Asociación de Afectados de Polio y Síndrome Postpolio denunció al Estado en 2005, pero la causa fue archivada sin abrir diligencias por la imposibilidad de identificar a los acusados. La desmemoria histórica también olvida a sus enfermos. Una mala gestión política de una enfermedad puede cometer errores vitales para muchas familias. Errores que cambiarán la vida de sus víctimas para siempre. Lavarse las manos de responsabilidades tuerce el futuro de los demás. Quién puede entender hoy los discursos que niegan los beneficios de una vacuna o la existencia de una enfermedad. Quién puede entender la falta de resolución de las autoridades sanitarias y la falta de recursos invertidos en la sanidad pública. Detrás de todo esto, hay dolor, primero, físico; después, el que vendrá con el olvido.

Para L., en su 61 cumpleaños.

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