Desde la tramoya

Nueve cosas que debes saber de las encuestas: Cataluña, caso práctico

1. Las encuestas nunca se equivocan en las tendencias. Ni siquiera fracasando en el anticipo del Brexit, ni de la victoria de Trump. Las encuestas siempre señalaron bien las tendencias. Que el antieuropeísmo aumentaba en Reino Unido o que el excéntrico millonario acortaba distancias con Clinton. Las encuestas en Cataluña señalan que aumenta el unionismo, el españolismo, el constitucionalismo, se llame como se llame o, al menos, la resistencia contra la independencia. En eso, es seguro que las encuestas no se equivocan. Tampoco se equivocan en la existencia de una fractura entre la mitad más cercana al independentismo y la otra mitad más cercana al constitucionalismo.

2. El problema es el margen de error. Todas las encuestas tienen un margen de error aunque estén perfectamente hechas. Aunque pocos sepan lo que significa, el margen de error existe. De manera que cuando se dice que ERC tendrá, por ejemplo, un 23 por ciento de los votos, y Ciudadanos un 21, en realidad ambas predicciones quieren decir que ERC tendrá entre un 21 y un 25 por ciento y Ciudadanos entre un 19 y un 23, suponiendo que el margen de error sea del +/- 2 por ciento (ese margen se calcula matemáticamente en función del tamaño de la muestra y de otras variables estadísticas). Las encuestas juegan siempre con un margen que sólo podrían evitar en el imposible de entrevistar a toda la población.

3. Y el problema adicional es la cocina. Como la gente no dice la verdad en las encuestas sobre intención de voto, los técnicos tienen que ajustar los datos brutos. La mejor manera es medir cuánto mienten los entrevistados. Eso suele hacerse preguntando por el recuerdo de voto. Por ejemplo, a Ciudadanos dice que le votó en 2015 el 8 por ciento de los catalanes. El porcentaje en realidad fue del 13 por ciento. Digamos que mienten cinco de cada cien. Por eso, si nos dice que votará a Ciudadanos (intención directa de voto) el 13 por ciento, lo que tenemos que hacer, en principio, es aplicar un coeficiente "de mentirosos" (en este caso de 13/8=1,6). Al 13 por ciento de intención de voto lo multiplicamos por el coeficiente, 1,6, y el resultado es del 21 por ciento. Eso se parece probablemente más a lo que pasará, y se llama "estimación de voto".

4. Luego cada cual pone sus ingredientes adicionales. Si fuera tan fácil, los institutos de investigación harían pronósticos muy parecidos. Si todas las cocinas fueran iguales y la gastronomía matemática, todos comeríamos lo mismo. Pero luego cada cocinero añade sus ingredientes. Unos utilizan transferencias de voto entre unos partidos y otros, o se aplican en modelos históricos más o menos complejos. Al final, hay mucho de suerte. No es verdad que haya casas de encuestas siempre infalibles. A veces aciertan unas, otra veces acierta su competencia.

5. Cuantos más candidatos y más competencia más difícil acertar. Como hay siete candidaturas catalanas con probabilidad de obtener representación parlamentaria (más otras cuatro menores), es más difícil acertar en los pronósticos. Es siempre más fácil pronosticar resultados con menos jugadores. Y como, además, en la cabecera de la carrera (ERC, Ciudadanos, Junts per Catalunya, PSC) no hay grandísimas diferencias entre la intención de voto a uno o a otro, eso genera aún más dificultades para pronosticar. Un par de puntos arriba o abajo para uno o para otro, alteran de manera sustancial la predicción, aún siendo una diferencia sociológica y estadísticamente menor. Para entendernos: una encuesta que dice que gana Hillary por dos puntos puede ser técnicamente buena, aunque resulte que luego gane Trump por dos. Afinar cuatro puntos arriba o abajo está bien sociológicamente, aunque políticamente sea un desastre y en las tertulias de televisión resulte difícil de defender.

6. Como habrá mucha participación el pronóstico se complica aún más. Una de esas tendencias detectadas por todos –y de pura intuición– es el aumento de la participación  que se espera en Cataluña el día 21, hasta niveles desconocidos hasta ahora. Los abstencionistas son de natural más opacos que los votantes y resulta más difícil saber qué harán cuando se decidan a coger la papeleta. Hay indicadores sociológicos que permiten anticipar que la participación beneficiará a los constitucionalistas, más reservados al dar su opinión. Pero...

7. ... Las encuestas son un espejo en el que la gente se mira. Es decir, que si los viejos abstencionistas más proclives al independentismo ven por las encuestas publicadas que el otro lado se moviliza, quizá hagan lo propio y salgan a votar, cambiando las previsiones iniciales. Las encuestas son una foto (impresionista, desenfocada) de la situación en un momento dado. Pero a esa fotografía la gente responde produciendo nueva foto... y nuevas reacciones.

8. Cuanta más incertidumbre, más atención a las encuestas, más presión, y más errores. En elecciones como la que viene, con amplio margen de incertidumbre, la atención social crece. Eso pone en tensión a los electores, que se movilizan más y generan resultados muchas veces inesperados. Las encuestas fallan más cuanta más atención hay sobre ellas. Cuando aciertan, que es casi siempre, nadie les presta atención. Triste paradoja para los institutos.

9. Pero todo indica que la decisión la tendrán muy probablemente Domènech, Colau e Iglesias. Mucho, muchísimo, tendrían que equivocarse todos para que esta profecía no se cumpla. Hay una probabilidad de más o menos un 50 por ciento de que los independentistas (ERC, Junt per Catalunya, CUP) logren por si solos los 68 escaños necesarios, pero es más probable que sean necesarios los votos de Catalunya en Comú. Hay algo sobre lo cual no hace falta hacer encuesta: en ese momento, toda España mirará a Pablo Iglesias.

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