Desde la tramoya

El penúltimo show de ETA

ETA lo deja porque es valiente. Porque no tiene miedo. Así lo dice en su comunicado de este jueves, en el párrafo que a mí me me parece más delirante. Aunque como panfleto no tiene ninguna calidad literaria, el texto merece ser leído entero –son solo 376 palabras. Las líneas justificativas de su desaparición no tienen desperdicio:

“Los estados se obstinan en perpetuar (el) ciclo, conscientes de su debilidad en la confrontación estrictamente política y temerosos de la situación que provocaría una resolución integral del conflicto. Por contra, ETA no tiene miedo alguno a ese escenario democrático, y por eso ha tomado esta decisión histórica...”

Como España y Francia son débiles y temerosas, los terroristas deciden actuar con generosidad y valentía, sin miedo a la democracia.

Josu Ternera, que es quien lee el texto en español desde un lugar desconocido y ante la BBC, no solo no muestra arrepentimiento alguno, sino que señala implícitamente que ETA ha hecho un buen trabajo, porque el País Vasco (Euskal Herria), agonizaba cuando ellos nacieron y “ahora existe un pueblo vivo que quiere ser dueño de su futuro”.

La puesta en escena de este penúltimo show será completada con un último evento “internacional”, que tratará de dar algo más de lustre a la humillante espantada. Allí, en Francia, en la frontera, habrá un alcalde francés, un abogado sudafricano, un notario y quizá algunos centenares de personas para certificar ante las cámaras “el desmantelamiento de las estructuras”.

La contundencia con que ETA ha sido derrotada, 60 años después, debería ser proporcional a la grandeza de los ganadores. Resultan tan extemporáneos y tan inverosímiles sus eufemismos y tan ridículas sus justificaciones, que lo mejor que podríamos hacer los demás es sencillamente ignorarlos.

Eso significaría tratar a los presos como lo que pasan a ser ahora. Delincuentes comunes que pagan por sus delitos. Y que deben seguir pagando como cualquier otro condenado. Es ahora, en sus horas más bajas, cuando el presidente del Gobierno debería hacer lo que mejor sabe: nada.

Por el contrario, hacemos un gran favor a la causa de los victimistas que aún quedan en Euskadi cuando sobreactuamos con sucesos como los de Alsasua. Equiparar como terrorismo las agresiones a dos guardias civiles y sus parejas en un pub, llevar a los agresores a la Audiencia Nacional y condenarles con penas excesivas, solo consigue activar a los nacionalistas, que encuentran en esas exageraciones el relato explicativo de sus delirios.

Esperemos que en los tribunales, en los gobiernos, en los partidos y en las organizaciones, decidan ahora personas con astucia, que sepan permitir a ETA hacer lo que realmente quiere o no tiene más remedio que aceptar, aunque diga lo contrario: desaparecer sin más, abandonar, ante el estrepitoso fracaso de sus diabólicas actuaciones.

Hay que comprender el dolor de las víctimas de tantos años y sería cruel impedir su desahogo. Pero todos esos fanáticos que se empeñan –en los medios, en las redes sociales, en los juzgados– en extender la venganza y la revancha, sólo consiguen ahora inflar las cifras del independentismo vasco.

Si no queremos alimentar a la bicha como hicimos en Cataluña –con las humillaciones del Estatut y la financiación– más nos valdría dejar que los asesinos terminen de cumplir sus penas y que se marchen a luego a su casa a rumiar el sinsentido de su propio sufrimiento.

Y que si mañana unos cuantos chulos se enfrentan a unos guardias civiles en un bar de Bilbao, reaccionemos como si lo hubieran hecho en Toledo.

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