Desde la tramoya

Contra la élite corrupta de Internet y sus evangelistas

¿Quién podría argüir nada contra este mundo maravilloso en el que vivimos gracias a nuestros teléfonos inteligentes conectados por Internet? En lugar de pagar una habitación de hotel, puedes quedar con alguien de Airbnb que te presta su casa por un precio mucho más módico. Si no quieres arriesgarte a encontrarte a un taxista cabreado, y por una tarifa menor, te enganchas al servicio de Uber (donde existe, es decir, en medio mundo) y tienes a un propio que te lleva. ¿Quieres toda la música por nueve euros al mes, manteniendo tu conciencia limpia por no estar robándola en Youtube? Pues te suscribes al servicio Premium de Spotify. ¿Ligar sin moverte de casa? Ya sabes, Tinder o Meetic (ambas propiedad de los mismos inversores) son tu solución.

He ahí el modelo de negocio ideal, estudiado en todas las escuelas de negocio del mundo. Economía colaborativa, lo llaman. La economía del siglo XXI, que contrasta con la vieja economía que fabricaba coches o neveras o yogures reales.

En los últimos años se han extendido por el mundo un sinnúmero de gurús, cursos, conferencias, libros y eventos, para evangelizar al mundo en esa transformación fascinante, revolucionaria y liberadora, que tanto beneficio se supone que nos trae a todos. Lo que antes era vertical y jerárquico, ahora se supone horizontal y en red. Donde antes había una élite, ahora se supone que mandan las multitudes y su inteligencia. La tiranía del productor se da por muerta en favor del capricho del cliente. Ciudadanos informados y con acceso igual a la información, sustituyen a los ignorantes proletarios de antaño. ¡Bienvenidos a la era de la economía que, por fin, trae la igualdad a la humanidad!

Y una mierda, viene a decir Andrew Keen en un libro que debería ser de lectura obligatoria para cualquier regulador, sociólogo o especialista en Internet, empezando por los evangelistas de la economía colaborativa. Se llama Internet no es la respuesta y en sus 375 páginas aporta pruebas irrefutables y argumentos apasionados, que explican algo fácil de intuir.

No. En Internet no manda la gente, sino unos cuantos plutócratas en sus veinte o treinta y tantos años, que se forran con empresas que apenas cuentan con empleados, cotizan donde les da la gana y suelen huir de los reguladores que quieren meterles en vereda. Airbnb no es una plataforma colaborativa de ciudadanos dispuestos a intercambiar sus viviendas por la paz mundial, sino una empresa que se lucra con gente que quiere alquilar sus casas saltándose, por supuesto, los requisitos de los hoteles, y sin pagar un duro al fisco. Si los taxistas tradicionales tienen que sacar su licencia y ponerla en el parabrisas y tienen derechos laborales garantizados, los de Uber carecen tanto de las obligaciones como de los derechos de sus viejos colegas de la vieja economía. En Spotify, que podría parecer el equilibrio ideal entre la nefasta piratería y la incomodidad de comprarse la música, en realidad no gana prácticamente ningún autor ni intérprete dinero, sencillamente porque las cifras no dan. La nueva economía de mierda en Internet se está cargando a los músicos, a los hoteles, a los taxistas, a los periodistas, a los fotógrafos, a los editores...

¿Y Google, Facebook, Whatsapp y Twitter? Lo mismo. Sus riquísimos dueños de California facturan miles de millones de dólares a cambio de comerciar con nuestros datos, aunque sea con nuestro – generalmente desinformado – consentimiento. Nos hemos convertido en seres de cristal, dice Keen. Lo saben todo, absolutamente todo, de nosotros. Mucho más que nosotros mismos. Y nosotros nos hemos convertido todos en hombres y mujeres anuncio, porque en nuestros sitios se permiten ponernos publicidad que nosotros no hemos pedido ni autorizado explícitamente. Tienen además derecho a echarnos si un día no les gusta lo que hacemos, sin la más mínima explicación.

Los evangelistas de Internet se ríen de las normas del siglo XX, que les parecen caducas. Pero más nos valdría a todos no olvidarlas. Después de siglos de lucha, conseguimos que los derechos de los trabajadores quedaran protegidos, que los consumidores tuvieran garantías, que los reguladores marcaran límites a los monopolios y los abusos, que los pequeños comerciantes y los autónomos pudieran sobrevivir gracias a las ayudas públicas. Lamentablemente, en el siglo XXI, el siglo de la economía en Internet, estamos dando pasos agigantados hacia una sociedad casi feudal.

Los evangelistas de Internet deberían pensárselo. Tras leer el libro de Keen.

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