8M: feliz nada

Ocurrió en una fecha concreta y en un lugar preciso, pero pudo haber sido en cualquier momento y en cualquier sitio. Acto institucional y breve encuentro entre participantes antes de que dé comienzo el evento. Un pequeño grupo de hombres de más de 60 años con cargos importantes, por un lado. Por otro, un grupo de mujeres en torno a 50 años también con cargos importantes. Presentaciones por aquí y por allá. Comentario de uno de ellos a una de ellas: “Entonces, tú eres la chica de negocio, ¿verdad?”. Respuesta a la altura de las circunstancias; es decir, cortante: “No soy la chica de negocio, soy la directora de negocio”. Cri, cri, cri: silencio en la sala. Siguiente comentario de otro de ellos tras saber que una de las mujeres es directora de negocio y otra, CEO: “Ya decía yo que estas dos tenían pinta de ser listas; debe de ser por las gafas”. Sonrisas congeladas, comentarios entre ellas. Minutos después, cinco de los hombres importantes están hablando con la directora de una empresa en un corrillo. De pronto, los cinco hombres caminan hacia la puerta sin más explicación, la directora se queda sola.

Esto sucede en 2026, en plena ola reaccionaria contra el feminismo; o sea, contra las mujeres. ¿Se imaginan una ola reaccionaria contra los hombres? Cri, cri, cri. 

Me he fumado un único puro en mi vida. Les voy a contar en qué circunstancias. Era directora adjunta de un gran medio de comunicación y tenía que asistir a un evento internacional donde iba a ser nombrada con un importante cargo en una organización mundial. Días antes de coger el vuelo, recibí una invitación del embajador español en el país en cuestión para asistir a un “almuerzo privado” en su residencia junto a ciertos miembros de la nobleza (española). Lo primero que pensé es: “¿Qué pinto yo ahí? No voy”. Luego, no con poco esfuerzo, opté por ocupar mi espacio y confirmé que asistiría. Cuando llegué a la casa del embajador, allí estaban los miembros de la nobleza con sus respectivas señoras (porque no había miembros femeninos de la nobleza con sus respectivos señores) y el embajador con la suya. Yo iba sin pareja. Ya en los aperitivos empecé a divertirme: los hombres tendían a hablar entre ellos y las mujeres, entre ellas. Pero yo era la invitada a aquella comida, la agasajada, y ellos (los señores importantes) no sabían qué hacer conmigo ni de qué hablar, así que había una cierta tensión en el ambiente. La comida se desarrolló de forma más equilibrada porque el protocolo manda y mi posición (central) en la gran mesa de aquella residencia privada facilitaba que, sobre todo ellos, pudieran preguntarme y hablar conmigo. Y llegó la sobremesa, momentazo. Las mujeres se disponían a salir al jardín a tomar el té y era evidente que los señores no iban a tomar el té con ellas. Yo veía la situación que se estaba desencadenando y esperaba divertida a ver qué hacían conmigo. Entonces el embajador me preguntó qué quería hacer: si salir a tomar el té con ellas o quedarme con ellos. Y en un aparte, de manera discreta, le dije que dado que la invitación la había cursado él, yo imaginaba que querría hablar de algo conmigo y que, por tanto, estaba encantada de compartir la sobremesa con los señores, que para ese momento ya estaban bebiendo whisky. Así que caminé con él hacia la pérgola masculina. Allí té no había y café tampoco. Pedí un Macallan (sin hielo). Y, como ellos, me fumé un puro. Ellos hicieron como si yo fuese uno más y, a partir de ahí, pudimos comenzar a hablar los señores de la nobleza, el embajador y yo. 

Es decir, para mantener una conversación de negocios con unos señores importantes, una mujer importante a la que ellos habían invitado tuvo que adoptar un rol digamos que masculino (por el puro, no por el whisky, que sigo disfrutando de cuando en cuando) para que ellos se sintieran más o menos cómodos. 

Esta anécdota sucedió hace ya unos años, antes del Mee Too que todo lo cambió. Pero a la vista de los acontecimientos actuales, no me cabe la menor duda de que situaciones como esta siguen produciéndose. Es más, cualquiera que participe en la vida con una cierta mirada de género (digo mal, porque la mirada de género o se tiene o no se tiene) podrá comprobar, por ejemplo, en los comentarios a las noticias de los distintos medios de comunicación (de izquierdas o supuestamente de izquierdas) cómo cuando son hombres quienes firman artículos, las respuestas suelen ir por dos caminos: abrir debate sobre lo que el firmante ha expuesto o reforzar las tesis de lo expuesto por la vía del aplauso. Cuando son mujeres las que firmamos artículos, también hay dos caminos en las contestaciones, pero son distintos en peso y formulación. Algunos intentan también abrir debate, pero la mayoría se centran en corregir nuestras formulaciones, matizar nuestras palabras y ayudarnos a entender que estamos equivocadas explicándonos qué es lo que teníamos que haber dicho o cómo teníamos que haberlo hecho.

No voy a abundar aquí en el castigo infame e impune que están recibiendo las mujeres que se exponen públicamente con sus opiniones y sus posicionamientos. Ni sobre la inexplicable pasividad de la justicia y de las instituciones públicas para proteger a estas mujeres que dan la cara por todas; es decir, por los derechos de todos, nosotras y vosotros. Estos hechos merecen poca opinión, pero sí mucha reflexión y más acción. Para empezar, sobre la manera en la que esto se aborda, que empieza a ser muy similar al patrón con el que se informa de la violencia machista: una sucesión de casos y titulares que acaba convertida en paisaje cotidiano. 

Voy a ser muy honesta: estoy escribiendo este texto sobre la marcha, cuando ya es 8M. Me he despertado a las siete de la mañana y he caído en la cuenta de que no había escrito nada. No sería importante si no fuera porque soy una de las dos únicas mujeres que dirigen un medio generalista de ámbito estatal (la otra es Laura Riestra, al frente de El HuffPost). Y porque mi compromiso feminista es firme y presumo de dirigir medios en los que se trabaja con perspectiva de género. Precisamente por todo ello, este artículo es un síntoma: si el 8M vuelve a pillarnos escribiendo contrarreloj es porque aún estamos peleando por algo tan básico como que la igualdad y nuestros derechos sean mucho más que un hueco en la agenda. Así de duro, así de cierto.

Ocurrió en una fecha concreta y en un lugar preciso, pero pudo haber sido en cualquier momento y en cualquier sitio. Acto institucional y breve encuentro entre participantes antes de que dé comienzo el evento. Un pequeño grupo de hombres de más de 60 años con cargos importantes, por un lado. Por otro, un grupo de mujeres en torno a 50 años también con cargos importantes. Presentaciones por aquí y por allá. Comentario de uno de ellos a una de ellas: “Entonces, tú eres la chica de negocio, ¿verdad?”. Respuesta a la altura de las circunstancias; es decir, cortante: “No soy la chica de negocio, soy la directora de negocio”. Cri, cri, cri: silencio en la sala. Siguiente comentario de otro de ellos tras saber que una de las mujeres es directora de negocio y otra, CEO: “Ya decía yo que estas dos tenían pinta de ser listas; debe de ser por las gafas”. Sonrisas congeladas, comentarios entre ellas. Minutos después, cinco de los hombres importantes están hablando con la directora de una empresa en un corrillo. De pronto, los cinco hombres caminan hacia la puerta sin más explicación, la directora se queda sola.