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España ha vivido una apoteosis de eso que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo. Tanto si ustedes viven en las ciudades por las que el papa ha pasado como por las que no, habrá visto televisiones —incluida la pública— con una sucesión de programas especiales, coberturas mediáticas desbordadas —no así este periódico, lo cual se agradece—, y una opinión publicada que obligaba a suplicar a creyentes y ateos: ¡elogio de la mesura, por Dios!

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Los análisis de las palabras de Su Santidad han provocado ríos de tinta. Unos advirtiendo de su discurso favorable a la inmigración y la paz, otros al aborto. Apenas se ha reparado en que la doctrina cristiana hace compatible una cosa con la otra; algo que desde el punto de vista político hoy no tiene encaje alguno en nuestra paleta de opciones ideológicas donde nos movemos en muchos ejes, pero sobre todo en el que diferencia la izquierda de la derecha. Si las palabras del papa han creado cierta sorpresa en algunos sectores, posiblemente se debe a que buena parte de la jerarquía eclesiástica española sí está nítidamente situada en el ala derecha, y en la mayoría de casos en la derecha de la derecha o, directamente, en la ultraderecha. Subrayo: la jerarquía, no todos sus fieles, ni mucho menos

¿Qué hacían sus señorías aplaudiendo discursos con los que discrepaban, al menos, cada uno de ellos en el 50%?

Así las cosas, el jefe de un Estado que no admite mujeres en sus órganos de gobierno ni migrantes en su territorio fue aplaudido entusiásticamente por prácticamente todo el Parlamento español —en sesión conjunta de Congreso y Senado—, como si de un ser superior se tratara, capaz de eliminar los conflictos, las tensiones y la crispación… Eso sí, durante 48 horas. ¿Qué hacían sus señorías aplaudiendo discursos con los que discrepaban, al menos, cada uno de ellos en el 50%? y por cierto, ¿qué hacía un líder religioso —no en su calidad de jefe de Estado— hablando en la sede de la soberanía nacional?

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Sentí perplejidad como ciudadana y escándalo como analista al contemplar la escena. A la salida, cada uno enfatizó aquello con lo que coincidía: “de la A a la Z”, decía Feijóo, sin caer en que la prioridad nacional que firma en los gobiernos que comparte con Vox no entra en la visión de la migración unida a los derechos humanos que defiende el papa. Para Bolaños las palabras de Su Santidad "apuestan de manera tan clara por la paz y por el derecho internacional, palabras de tanto valor moral que pongan las cosas en su sitio", sin reparar en que no tuvo ni un gesto para pedir perdón a las víctimas de pederastia en la Iglesia. Es más, tuvo la osadía de visitar el epicentro de los abusos en Cataluña, la Abadía de Montserrat, donde muchos —ingenuamente— pensamos que haría una rotunda condena de esos hechos, pediría perdón a las víctimas y anunciaría algo relevante. Nada de eso ocurrió.

No obstante lo anterior, creo que la visita del papa deja algunas enseñanzas de las que tomar nota. Los discursos que hacían las delicias de los fieles conectaban con algo que hoy se echa en falta en nuestras sociedades y por donde crece un estado de ánimo de impotencia que aprovecha la ultraderecha. El discurso del papa fue, en todo momento, un discurso de esperanza. De mirada al futuro en positivo. Una llamada a construir ese futuro, a “alzar la mirada”. Todo un antídoto para estos tiempos de descontento, frustración, malestar e impotencia. Una llamada a la esperanza como forma de conectar con una sociedad hiperindividualista, donde los lazos sociales y comunitarios se van disolviendo, carente de referentes, en busca de guías. No por causalidad Rosalía con su espectáculo, la película Los Domingos o el aclamado ensayo Instrucción de Novicias de Ana Garriga y Carmen Urbita (Blackie books) han triunfado entre jóvenes y no tan jóvenes. Hay un clamor social que busca orientación. Hay quienes lo hacen en la religión. Otros podrán hacerlo en otros campos, pero conviene tomar nota: la esperanza, y no el miedo, es el antídoto contra la impotencia. 

España ha vivido una apoteosis de eso que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo. Tanto si ustedes viven en las ciudades por las que el papa ha pasado como por las que no, habrá visto televisiones —incluida la pública— con una sucesión de programas especiales, coberturas mediáticas desbordadas —no así este periódico, lo cual se agradece—, y una opinión publicada que obligaba a suplicar a creyentes y ateos: ¡elogio de la mesura, por Dios!

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