La metamorfosis
Una mañana, tras un sueño intranquilo, la cucaracha se despertó convertida en un monstruoso consejero.
A pesar del calor en el exterior, se sorprendió al mirarse y ver que había perdido sus numerosas patas y su color negruzco y estaba vestido de la cabeza a los pies.
Estaba echado de espaldas sobre un costoso traje y llevaba una chaqueta sobre la camisa de manga larga y notaba algo que le apretaba el cuello, una corbata también azul.
El color corporativo, recordó.
—¿Qué me ha ocurrido?
No estaba soñando.
Su despacho tenía el aspecto habitual.
Sobre la mesa había desparramado un muestrario de informes sin abrir –recordó que ahora era consejero de algo– y de la pared colgaba una foto gigante de su lideresa.
Miró hacia la ventana; hacía mucho calor, sobre la ventana de doble cristal aislante aún se podía sentir que afuera el sol estaba convirtiendo ya la ciudad en un infierno, a pesar de ser aún junio. Lo que le hizo sentir una gran melancolía, otra vez llegaba el verano y por fin podría irse de merecidas vacaciones.
Le dio un súbito sudor al ver en su teléfono móvil que la temperatura era de más de 35 grados y ponía en la pantalla un mensaje de “alerta por altas temperaturas”.
El sudor repentino no llegó a materializarse al mirar el climatizador de su despacho y comprobar que marcaba menos de 25 grados. Claro, ahora entendía lo del traje y la corbata.
“Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas locuras?”
Pero no era posible, pues tenía que ir a un pleno sobre algo.
¡Qué cansada es la profesión que he elegido! –se dijo–. Siempre dando explicaciones sobre cosas que me importan una mierda.
Por los pasillos sus compañeros, de lo que parecía su trabajo, iban también trajeados y con muchos papeles encima y le sonreían, sonreían mucho al verle por los pasillos.
Incluso los que llevaban la corbata de otro color, de color verde.
No sabía si estaban al tanto de su pasado cucarachesco o ellos también habían sufrido esa metamorfosis, pero lo agradeció.
Se sentía integrado, una cucaracha más de la plaga, a pesar de su nueva apariencia.
Llegó al Pleno y desde la bancada de enfrente le hicieron una pregunta sobre deportes que no entendió muy bien pero, parece ser, su trabajo consistía en responderla.
Igual era la única forma que sus semejantes habían encontrado para sobrevivir como especie, en despachos climatizados, al apocalipsis climático que se avecinaba
Su cerebro de cucaracha no entendía nada, pero notó que unas palabras salían de su boca a borbotones: “El calor a lo mejor es fuente de inspiración”, y lo remató con una sentencia que le sonaba de haber escuchado en un brumoso pasado reciente: “Cuando hace calor, hace calor”.
Y para reivindicar su nuevo aspecto se le ocurrió rematar con otra frase que le pareció que le humanizaba: “Esta mañana, para llevar a mi hija al colegio, ¿saben lo que he hecho?: ponerle una camiseta de manga corta y un pantalón corto, como hemos hecho toda la vida”.
La frase le salió del tirón, sin pensar.
Durante unos segundos se quedó expectante hasta que notó, por encima de unos abucheos, un ruido ensordecedor a su alrededor, eran sus compañeros que le aplaudían efusivamente.
Suspiró aliviado.
Salió del Pleno entre las felicitaciones de sus colegas.
Parece que había encontrado el sitio perfecto para sobrevivir, iba a adaptarse de maravilla a esta nueva condición de humano en este lugar idílico para los de su especie.
Pasaron los días y ya casi no le sorprendía la escasa consideración que tenía para con los demás en los últimos tiempos.
Una mañana, al llegar a su despacho a 23 grados y abrir el ordenador, vio una noticia con una foto de plagas de cucarachas en colegios públicos de su ciudad, viviendo entre humedad y críos de menos de 3 años jugando junto a ellas, y sintió una profunda nostalgia de su pasado con sus semejantes.
Pero la nostalgia apenas le duró unos instantes al abrir otras pestañas del ordenador y leer otros titulares de, suponía, compañeros de transformación: “Los niños de ahora no son de mantequilla”, “Los niños pueden llevar abanicos… un abanico puede ser una terapia ocupacional muy importante para los niños haciéndolo como lo hacíamos cuando éramos pequeños: dobla, dobla, dobla y tienes el abanico”.
Comprendió, aliviado, que no estaba solo.
Por fin sabía que su metamorfosis no había sido la única; las cucarachas se estaban apoderando del mundo de los humanos, y no sólo en España, era un fenómeno mundial.
Igual era la única forma que sus semejantes habían encontrado para sobrevivir como especie, en despachos climatizados, al apocalipsis climático que se avecinaba.
Sonrió y sacó un agua fría de la nevera.
Lo más...
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