Non Plus Ultra José Antonio Martín Pallín
Hay crisis de las que no se sale nunca del todo ni se vuelve. Y Ayuso no va a salir del último ático de lujo. Está Pablo Casado y aquel "la cuestión es si es entendible que, en plena pandemia, se puede contratar con tu hermano y recibir 286.000 euros de beneficio por vender mascarillas"; aquel "no me voy, me quedo. Voy a seguir siendo vuestra presidenta" de Cristina Cifuentes antes de las cremas, buena metáfora de la cabeza de caballo al despertar; o el “no he sido capaz de cumplir un encargo” de Alberto Ruiz Gallardón tras la retirada de la reforma del aborto. Hay sobrada hemeroteca de esa extraña manera de matar del PP. El polémico ático de lujo ha desplazado a Isabel Díaz Ayuso a una pantalla nueva de su tiempo político de difícil retorno.
La gestión de la información está siendo tan reveladora como la propia compra. Desde ahí, los silencios permiten dejar abiertas las especulaciones. Las principales, si el ático de lujo iba a ser de uso y disfrute de de la presidenta, si compró esa mansión en diferido o el destino era una residencia oficial. Si hubiera una explicación digerible, se habría dado. Ahora sabemos que costó 6,3 millones de euros, según El País. El expediente de compra, aún desconocido, debe aclarar por qué era tan imprescindible ese piso que obligó a desembolsar solo 189.000 euros al vendedor, por qué se consideró necesaria una operación de esas características y qué criterios se utilizaron para justificarla. Por cada metro cuadrado de ese ático se pagaron unos 10.400 euros más que el tope de una vivienda protegida en la zona más cara de Madrid. Una administración que debe gestionar recursos públicos ante la mayor crisis de vivienda frente a una operación especulativa sin explicaciones comprensibles.
El Tribunal de Cuentas, tras la denuncia de un abogado, tendrá que analizar la operación y judicializarla si encuentra trazas de malversación, daño a los fondos públicos, prevaricación o si se utilizó una sociedad mercantil para evitar controles, publicidad o procedimientos que habría tenido la administración directa. En definitiva, determinar si los seis millones de dinero público se pagaron a una inmobiliaria de La Moraleja cumpliendo todos los controles exigibles y si la fórmula elegida fue la adecuada.
Pablo Casado, Cristina Cifuentes y Alberto Ruiz Gallardón no cayeron por un único episodio pero sí lo hicieron con un movimiento en seco. El fantasma de los juguetes rotos apunta ahora a Madrid
Obsesionada con liderar el frente antisanchista, Ayuso ha menospreciado que el ciclo de desgaste de siete años en el Gobierno ha hecho mella. Lejos de reforzar el ejecutivo madrileño y los servicios públicos para llegar en condiciones a las elecciones de 2027, Ayuso ha dejado abiertas las vías de agua. Alberto González Amador, a través de su jefe de gabinete MAR, jugó demasiado fuerte para tumbar al fiscal general y dejaron sus miserias —ya se verá si corruptelas— a la intemperie.
La guerra cultural de Ayuso por conquistar el alma más ultra del PP —y de paso disputarle ese frente a Génova 13— ha servido de paraguas y cortina de humo para tapar capítulos mucho más opacos. No es cierto ni creíble que el ático de lujo se comprara como una buena inversión para el parque inmobiliario de Madrid. Entre otras razones, porque un gobierno no tiene entre sus funciones especular con áticos. Tampoco es cierto ni creíble que los viajes a EEUU y México costaran 400 y 600 euros. Ayuso decidió pagar con dinero público y no del partido su agenda en Miami para reforzar su alianza con Trump y unirse al escudo ultra latinoamericano en México contra Claudia Sheinbaum. Por eso los gastos publicados por la Comunidad de Madrid no están completos —ni pueden estarlo— y pueden acabar en el Tribunal de Cuentas junto a la operación del ático.
A la presidenta de Madrid le van a perseguir este otoño las diligencias que afectan a tanto ático: una penal —el informe previsto de González Amador— y otra administrativa, el escándalo del casoplón en General Martínez Campos. La batalla política pasa por Ester Muñoz, la portavoz y mano derecha de Miguel Tellado, como ese PP que quiere ser Vox y una dirección nacional que gesticula apoyo en público mientras la deja caer.
Ayuso ha construido su liderazgo desde la confrontación con Sánchez, la batalla cultural y la sensación de que cada escándalo reforzaba su posición. El problema es que ahora las crisis son suyas. Pablo Casado, Cristina Cifuentes y Alberto Ruiz Gallardón no cayeron por un único episodio pero sí lo hicieron con un movimiento en seco. El fantasma de los juguetes rotos apunta ahora a Madrid.
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