Marruecos, la odisea truncada

Anass Ben Salah

Las imágenes de miles de marroquíes —niños, mujeres y jóvenes— avanzando con el rostro consumido por la desesperación hacia el espigón de Tarajal permanecerán como una de las estampas más dolorosas de la historia reciente del país. Una vergüenza colectiva que perseguirá a los marroquíes durante generaciones. Se trata de un nuevo surco abierto sobre heridas que nunca terminaron de restañar. Esta última crisis migratoria dejó de ser un asunto interno para ocupar las portadas de la prensa internacional, los informativos de televisión y las redes sociales de medio mundo.

Será imposible borrar de la memoria colectiva los centenares de vídeos que inmortalizaron aquella odisea desesperada de ciudadanos de a pie hacia un edén ficticio anhelando un brote de esperanza que ya no encontraban en su tierra.

Lo acontecido dejó de ser una mera crisis fronteriza. En cuestión de horas adquirió una dimensión regional e internacional al convertirse en una pieza más del tablero geopolítico. Diversos actores aprovecharon la tragedia para convertirla en un instrumento de presión y moneda de cambio al servicio de sus propias agendas. Estados Unidos e Israel, cómo no, no tardaron en politizar la tragedia, utilizándola como argumento para reforzar sus posiciones estratégicas y ajustar cuentas con sus adversarios, España en concreto. 

Los cuerpos flotantes de las víctimas constituyen el testimonio más contundente de un fracaso colectivo y de una hipocresía odiosa. Mientras la prensa y los círculos políticos construían a ciegas narrativas y multiplicaban hipótesis sobre las causas de esta nueva ola migratoria, quienes detentan el poder en Marruecos optaron, una vez más, por el silencio, la indiferencia y la huida hacia adelante. Pero la pregunta sigue intacta: ¿cómo llegó Marruecos hasta aquí? 

La estampida colectiva hizo saltar por los aires años de propaganda oficial sobre el supuesto éxito del modelo marroquí, la solidez de sus instituciones y la estabilidad política del país. Su coincidencia con el discurso del trono resultó especialmente llamativa. Apenas unas horas después de que el rey prometiera a “sus fieles súbditos” unas condiciones de vida dignas y libres en un entorno regional convulso, miles de ciudadanos respondían con el gesto más elocuente posible: huir de su propio país a cualquier precio

Aquella escena se convirtió, por su fuerza simbólica, en un plebiscito espontáneo contra las políticas públicas y en una impugnación de un modelo de poder del monarca alauita, marcado por la concentración del poder, el autoritarismo, la corrupción, el debilitamiento de las libertades públicas, la consolidación de una economía de privilegios así como la acumulación de riqueza en manos de una minoría, al margen de cualquier mecanismo efectivo de control. 

La ironía del destino quiso, además, que este nuevo periplo migratorio precediera a las elecciones legislativas, una cita no exenta de compraventa de votos y falsas promesas en la que los notables y los oportunistas se disputan escaños en una institución con escasa capacidad real de decisión. Un parlamento incapaz de renovar unas élites políticas que llevan décadas reproduciendo el mismo sistema estéril. No sorprende, por ello, el creciente boicot de las urnas. Cuando los ciudadanos perciben que los resultados están decididos de antemano y que las trascendentes decisiones se toman lejos de las instituciones representativas, la abstención deja de ser apatía para convertirse en una forma silenciosa de protesta

La gran huida hacia el norte, al margen de las interpretaciones sobre quién la alentó o con qué fines, constituye, sobre todo, el síntoma de una profunda crisis social y económica. No puede entenderse sin las movilizaciones que la precedieron —desde el Hirak del Rif hasta las recientes protestas juveniles—, reclamando una sanidad y una educación dignas, y una lucha efectiva contra el desempleo y la corrupción. 

Ningún discurso puede ocultar indefinidamente el aumento de las desigualdades, la expansión de la pobreza, la marginación de amplias capas sociales y la frustración acumulada tras casi tres décadas del denominado «nuevo reinado»

Si esta tragedia ha tenido alguna virtud, ha sido la de desmontar la narrativa oficial sobre los supuestos logros alcanzados durante 27 años del reinado de Mohamed VI. Ningún discurso puede ocultar indefinidamente el aumento de las desigualdades, la expansión de la pobreza, la marginación de amplias capas sociales y la frustración acumulada tras casi tres décadas del denominado «nuevo reinado». 

La crisis también ha puesto de manifiesto una realidad incómoda: el poder sigue considerando a los ciudadanos como prosélitos. En momentos de tensión, reales o ficticios, no duda en convertirlos en carne de cañón en sus propias batallas políticas, sacrificando su dignidad en nombre de intereses superiores. Una lógica profundamente maquiavélica que revela la naturaleza de la relación entre gobernantes y gobernados

Marruecos necesita hoy mucho más que respuestas coyunturales. Necesita una revisión profunda de su modelo económico, político y social; un nuevo pacto nacional que garantice una distribución más equitativa de las riquezas, reduzca las desigualdades y devuelva la esperanza a millones de ciudadanos. Esta senda exige la instauración de un verdadero diálogo nacional, una reforma constitucional promovida por una asamblea constituyente independiente y la construcción de una auténtica monarquía parlamentaria en la que el rey reine, pero no gobierne

El Marruecos de hoy avanza , en palabras del propio rey, a dos velocidades, acumula tropiezos y parece haber perdido el rumbo. Si esta deriva persiste, el país corre el enorme riesgo de embarcarse hacia una confrontación social y política sin precedentes.

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Anass Ben Salah es hispanista y periodista de la cadena catarí Al Jazeera.

Anass Ben Salah

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