Malos tiempos
Leo que la Casa Blanca gestionó más de 13.000 millones de dólares sin transparencia. Se hurtó, a conciencia, el control del Congreso de los EEUU. Este organismo va a investigar adónde fue a parar ese descomunal montante procedente de la factura venezolana de hidrocarburos, gestionada por Trump y su gabinete.
La corrupción ya es un fenómeno global. Forma parte de la geopolítica como uno de los principales factores que infectan la política. De hecho, la verdadera res pública muestra estertores de muerte. Los mecanismos de control de los que se han dotado las naciones democráticas ya no tienen autoridad.
Lo estamos observando con gran inquietud. La ONU es pisoteada sin capacidad alguna de reacción; los más altos órganos de justicia son atacados por quienes, paradójicamente, alardean de pertenecer a países demócratas; Israel, que se autoproclama una democracia, tiene un Gobierno acusado de cometer un genocidio contra mujeres y niños indefensos; Ucrania, con un Zelenski mal aconsejado, bombardea Rusia, aún sabiendo que nunca podrá ganar esta estúpida guerra, en la que Europa y la OTAN tienen cartas de culpabilidad, y no solo Rusia; y Trump atacó Irán con una acción vergonzosa e irresponsable que tuvo repercusiones en todo el mundo.
Quizás la respuesta sea tan simple como la sustitución de la verdadera política por las leyes que dictan las finanzas o, dicho de otra forma, por el poder de los grandes intereses financieros
No pasa nada. El poder se ríe de las leyes internacionales. Un verdadero desastre. Habrá que indagar las razones que expliquen la magnitud de esta debacle. Quizás la respuesta sea tan simple como la sustitución de la verdadera política por las leyes que dictan las finanzas o, dicho de otra forma, por el poder de los grandes intereses financieros. Los ricos del mundo dominan. Su objetivo es hacer caja. Para su mentalidad, la política cuesta dinero, subleva a los pobres y, lo que es peor, controla un poder que consideran de su exclusiva propiedad.
Dominan los medios de comunicación, que han transformado en instrumentos de propaganda, en una burda copia de Goebbels. No quieren ciudadanos que piensen, solo siervos y, como mucho, súbditos obedientes. Transforman incluso el significado de las palabras: fascismo por neoliberalismo capitalista; democracia por comunismo; y, lo que es peor, los bulo y las mentiras por verdades. Para cumplir este objetivo y dirigir —no gobernar— eligen a mediocres populistas que destruyen —nunca debaten— al opositor y cumplen el papel de empleados de banca. Premian al desclasado permitiéndole sentarse a su mesa o presentándolo en su corte financiera.
Pero el gran problema es que tienen mucho poder, no tienen escrúpulos para seguir manteniendo sus bulos y saben que las revoluciones que podrían arrebatárselo nadie, o muy pocos, las desean. El contrapoder que debería oponérseles sigue, históricamente, dividido.
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Eduardo Vázquez Martul es socio de infoLibre