Las plazas de las ciudades ya no son espacios para compartir

Terrazas en la Plaza del Mercado Chico (Ávila).

El fin del covid-19 nos dejó una configuración de ciudad muy distinta. El adiós al uso de la mascarilla y al gel hidroalcohólico trajo más terrazas, más mesas, más sillas, más espacio público ocupado y menos bancos, menos árboles y menos lugares donde “hacer comunidad”. La urbanista Zlatina Petrova, en su trabajo sobre las plazas de Madrid, concluye que el espacio público es cada vez más un “espejismo”: parece abierto, pero está cada vez más condicionado por reglas, usos privados y lógica comercial.

Quien pasee por grandes capitales como Madrid, Nueva York o Tokio comprobará cómo las prisas se han apoderado de la urbe y sus ciudadanos, pero puede que esa sea la sensación porque no hay lugares donde quedarse quieto, donde parar —salvo los parques—. Petrova describe cómo el espacio público madrileño ha sido reconfigurado para favorecer usos rentables y desplazar los usos gratuitos, espontáneos o incómodos: la plaza sigue estando ahí, pero ya no siempre funciona como plaza.

En Salamanca, por ejemplo, Gabriel Risco narraba en infoLibre cómo “el negocio de la hostelería ha vencido y el Gobierno municipal del PP defiende solo y exclusivamente los intereses de ese gremio”, dándoles el privilegio de ocupar en exclusiva espacio público frente a los libreros de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.

Paseando por Madrid —pero también por Ávila, Zaragoza o Alicante—, se ve cómo las plazas, los soportales y las calles están cada vez más ocupados por sillas, mesas y sombrillas, y cómo se han ido perdiendo bancos públicos donde sentarse. “Lo que define a una plaza como espacio verdaderamente público es el uso libre que hacen de ella los ciudadanos”, explica el arquitecto del grupo Teisa, Pablo Asián. “Cuando las personas pueden utilizarla de forma espontánea para reunirse, descansar o jugar, hablamos de una plaza viva”.

“El problema real aparece cuando esos lugares excluyen al ciudadano y se destinan únicamente al consumo”, añade. “El ejemplo más claro en Madrid es la Plaza Mayor. Es un espacio enorme, pero sin lugar para sentarse, salvo en una terraza, y frecuentemente ocupado por eventos comerciales”. Petrova sostiene, en la misma línea, que la plaza contemporánea puede ser un espacio público sólo en apariencia, porque su uso real está mediado por la privatización y el consumo.

“Que esto ocurra no es necesariamente perjudicial, las ciudades también necesitan plazas representativas para acoger grandes eventos”, matiza Asián. “El problema surge cuando este mismo modelo se replica en todas las plazas céntricas, dejándolas sin espacio para la vida cotidiana”. Como escribió Ortega y Gasset, la ciudad es “ante todo plaza, ágora, discusión, elocuencia”. Para el filósofo, la plaza —y la ciudad— era, en esencia, donde “la gente salía de casa para encontrarse con otros”.

Alfonso Bruna, miembro del área técnica del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Madrid, recuerda que, si se pone el foco del diseño en “la experiencia del usuario", la accesibilidad es un resultado natural. Sin embargo, cree que existe una falta de sensibilización por parte del promotor o del diseñador del espacio. 

El profesor de Derecho de la Universidad de Zaragoza Darío Badueles va más allá y se pregunta: “¿Es lógico que si desea descansar en la vía pública tras su largo paseo deba hacerlo en el suelo, apoyado en una farola o sentado en una terraza de un bar?”. La pregunta ilustra el cambio: la dificultad para permanecer en el espacio público sin pasar por caja. 

Como ejemplifica Badueles, si uno va por Madrid y no tiene dónde sentarse, va a la terraza del bar: “Se sentará, pedirá una cerveza, disfrutará del rato y pagará. Pagará por estar sentada en la vía pública”. Así, la plaza deja de ser ese lugar de encuentro para funcionar como una superficie privatizada y de gestión de rentabilidad.

Espacio público solo para separar edificios

“Se pretende el continuo movimiento, la transitoriedad perpetua, el no ‘apalancamiento’ en un espacio público”, resume Badueles. Coincide también Asián, que explica que se trata, fundamentalmente, de “gestión municipal y decisiones políticas”.

“En la mayoría de los casos, la configuración de estos espacios no responde a una falta de capacidad técnica, sino a la voluntad (o a la ausencia de ella) de diseñar un entorno verdaderamente amable y habitable para el ciudadano”, dice Asián, que señala que el diseño de las plazas más céntricas está “orientado a satisfacer las demandas del turismo, el comercio o la hostelería, relegando las necesidades del residente”.

Y de esto también se ha dado cuenta Antonio, un vecino jubilado de Madrid, que asegura que la ciudad “es para los turistas: eventos, conciertos, la visita del papa, bares con cartas en inglés o en francés. Siempre gastando”. Por eso, desde que se jubiló hace más de diez años, pasa más tiempo en el pueblo, “donde aún se puede parar, sentarse en una plaza al fresco y hablar con los vecinos sin hacer gasto”. Así que, Antonio dice estar de acuerdo con Miguel Delibes cuando decía que “la cultura se crea en los pueblos y se destruye en las ciudades”.

Asián advierte de que las plazas se “están mudando”, que el debate sobre el ágora pública está en los barrios tradicionales porque en los nuevos PAU el problema es que “el espacio público se ha concebido a menudo como el espacio que separa los edificios, perdiendo su valor de encuentro” y ahora, en un híbrido entre pueblo y ciudad, el ágora y la necesidad de hacer comunidad se han desplazado al ámbito privado, “refugiándose en el interior de las urbanizaciones con piscina y pista de pádel”.

En los barrios tradicionales, Asián recuerda que las plazas “quedan a menudo en una situación de abandono o dejadez”; tanto es así, que en el barrio de Puerto Chico, en Madrid, han sido sus vecinos y la asociación quienes se han ocupado de dar vida a una de sus plazas a través de la renaturalización del espacio.

Quién puede permanecer en la ciudad y a qué precio

Muchos, como Antonio, critican el turismo y la gentrificación como el origen de muchos males, pero Asián recuerda que la creación de espacios cómodos y amigables es, en parte, gracias a estos procesos. “Un claro ejemplo de esto es Madrid Río. Ha mejorado sustancialmente el entorno y la calidad de vida de los vecinos, pero como consecuencia ha impulsado la revalorización y la gentrificación de la zona, lo que se conoce como ‘gentrificación verde’”, explica.

El turismo, por su parte, llena las plazas de actividad, pero “el verdadero problema es que ese modelo de uso intensivo termina desplazando al residente habitual, rompiendo el tejido social y los vínculos vecinales que tradicionalmente daban sentido a la convivencia en esas plazas”, añade.

Los gobiernos liberales han apostado por exprimir el rendimiento urbano con más terrazas, más actividad económica y, por tanto, más rentabilidad. El problema es que eso provoca menos bancos públicos y menos rincones gratuitos donde estar en la ciudad.

Las ordenanzas y planes municipales han ido consolidando esa lógica de ciudad como recurso económico. Se amplían horarios y superficies de ocupación de terrazas, se permite alquilar plazas para eventos comerciales y se diseñan espacios como la plaza de Callao, en Madrid, casi como escaparates permanentes más que como lugares para estar, como recuerda Petrova. 

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Precisamente en la capital, a la falta de sombras y de plazas “gratuitas” se le suma, ahora en verano, el cierre de parques como consecuencia del calor y el viento. Guillermo, vecino de la ciudad comprometido con las asociaciones vecinales, critica esto: “El único refugio para quienes no tienen aire acondicionado es buscar la sombra de un parque, sentarse un rato con un refresco o cerca de las fuentes, sin tener que ir a un centro comercial ni gastar dinero en un bar para estar fresquito”. Y ahí está, otra vez, la misma cuestión: quién puede permanecer en la ciudad, dónde y a qué precio.

Algunos modelos apuntan hacia otro camino. “Para mí, el referente más interesante de renovación del espacio público se encuentra en Barcelona con su modelo de supermanzanas”, señala Asián. “Reduce de forma drástica el tráfico rodado y aprovecha el espacio liberado para crear nuevas plazas y revitalizar las ya existentes”. 

“Al final, la clave de todo esto es volver a poner a las personas en el centro cada vez que se diseña o se cuida nuestra ciudad”, concluye Asián.

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