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La España pandémica (I): no hay vacuna contra la desconfianza

Cristina Monge nueva.

Desde que el virus irrumpió en nuestras vidas pasamos la mitad del tiempo adaptándonos a la fase que nos toca en cada momento, y la otra mitad intentando entender qué nos está pasando. Con ánimo de contribuir a esto último, las próximas semanas esta columna irá dedicada a subrayar algunas cosas que ya sabemos sobre cómo nos está afectando la pandemia como sociedad. No sobre cómo seremos o cómo saldremos de ella –asunto reservado a futurólogos o a quienes no tienen miedo de caer en la trampa de la confirmación de los sesgos–, sino sobre cómo somos, o mejor dicho: sobre lo que vamos sabiendo acerca de cómo somos, que no es exactamente lo mismo.

Esta semana se ha conocido el estudio del CIS sobre la segunda ola del virus, con numerosos y abundantes datos que dicen mucho. Con la vacuna ya asomándose en el horizonte, una cuestión ha saltado a todos los titulares: un 55% de los españoles muestran su rechazo a vacunarse de forma inmediata y dice preferir esperar a conocer sus efectos. Además, sabemos que el escepticismo respecto a la vacuna ha ido creciendo en los últimos meses, tal como muestra Metroscopia en distintos estudios. Sería un enorme error que no cuadra con ningún otro dato creer que los que se muestran más cautos, prudentes o escépticos lo hacen desde planteamientos propios de los antivacunas (España es un país de vacunación masiva). Además, tal como se ve claramente en el CIS, la duda no es sobre la vacuna, sino sobre los efectos que pueda producir una vez comience a dispensarse. Merece la pena ahondar un poco en las cifras y en lo que significan para entender bien lo que está pasando. Y esto, independientemente de que el día que llegue la vacuna, la situación cambie por completo.

En primer lugar, hay que destacar que existe un interés generalizado por la vacuna. Casi un 83% de los entrevistados dicen haberse informado sobre los avances, más cuanto más mayores.

Respecto a la disposición a vacunarse, más allá de ese 55% que prefieren esperar a conocer los efectos, destaca una mayor disposición entre los mayores y más cautela entre los más jóvenes. Las mujeres, más reacias a los cambios, son también partidarias en mayor medida que los hombres a esperar a conocer las consecuencias de la vacuna.

Hasta aquí podría pensarse que la actitud más favorable ante la vacunación confirma la mayor conciencia de riesgo entre la población de edad avanzada, que se ha mostrado más vulnerable ante el virus, y en sentido contrario, la actitud más crítica, se sitúa entre los jóvenes, de quienes se ha llegado a decir que viven ajenos a la pandemia. Nada sorprendente.

Sin embargo, el asunto muestra otros perfiles no tan obvios ni esperados cuando introducimos en el análisis la variable del nivel de estudios. El CIS refleja más prudencia a la hora de vacunarse conforme se sube en el nivel formativo, y una mayor disposición a vacunarse de forma inmediata en aquellos sectores de la población con menor nivel de estudios. Podría pensarse que a mayor nivel formativo, mejor conocimiento de las dificultades de alcanzar una vacuna como esta en tiempo record y por lo tanto mayor sospecha de que pueda ser precipitada y estar sujeta a otros intereses. Pero, ¿no son las instituciones –OMS, Agencia Europea del Medicamento, Ministerio de Sanidad…- las encargadas de hacer las comprobaciones oportunas y dar el visto bueno al descubrimiento? ¿De qué o quién se duda entonces?

Para acabar de trazar los perfiles, conviene atender a la variable ideológica, y se podrá observar cómo la disposición más favorable a la vacuna se percibe entre quienes dicen haber votado a los partidos hoy en el gobierno, y la más crítica, la de los electores conservadores. En este sentido, destaca el 15,5% de los votantes de Vox que aseguran no estar dispuestos a vacunarse nunca, aunque en este caso sería interesante explorar cuánto hay aquí (aquí sí) de discurso antivacunas. Parece claro que la orientación política influye, y no poco, en esta actitud. Habrá que observar, por lo tanto, qué ocurre en este campo.

Estos rasgos que caracterizan a quienes se muestran más cautos y prefieren esperar a comprobar los efectos de la vacuna –más jóvenes, con mayor nivel formativo y más alejados de los partidos en el gobierno– nos indican algo que ya estaba presente en la sociedad española antes del covid y que ha adquirido una nueva dimensión en la pandemia: la falta de confianza en las instituciones, y más entre los más críticos con el actual Ejecutivo. En su informe de junio, España y la crisis del coronavirus: Una reflexión estratégica en contexto europeo e internacional, el Real Instituto Elcano ya lo advertía: “…no pueden minusvalorarse las dificultades añadidas del clima político interno, caracterizado por un grado de polarización singularmente elevado entre las democracias avanzadas (al menos, en el nivel emocional), y por una baja confianza de la ciudadanía hacia las instituciones y los actores políticos”. Krastev, por su parte, en ¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo (Debate, 2020), cita este factor de la confianza institucional como uno de los elementos claves para el éxito de la gestión de la pandemia

El CIS nos da un perfil de los más cautos ante los efectos de la vacuna en un momento de enorme interés por la misma, como muestra el número de personas que se han informado al respecto. Eso, unido al nivel formativo y a la orientación ideológica, deriva la explicación en dos sentidos diferentes.

En primer lugar, entre aquellos con menor grado formativo, es probable que la mayor información y el mayor interés mediático por estos asuntos tengan hayan contribuido a adoptar actitudes más escépticas. Ser conscientes de que la ciencia no es una línea recta inquebrantable de acumulación de conocimiento y certezas, sino que camina por vericuetos llenos de curvas, ensayos y errores, y una provisionalidad permanente de las certezas, ha hecho caer el mito para una parte de la población, consciente ahora de la complejidad de algo que teníamos tan interiorizado que nos limitábamos a seguir el calendario de vacunación de nuestros hijos e hijas.

Por otro lado, entre los segmentos con mayor formación, cabe suponer un mayor conocimiento del funcionamiento de la ciencia y de ahí podría derivarse cierto escepticismo ante el tiempo record en que se ha obtenido la vacuna. Sin embargo, las dudas deberían desaparecer por el trabajo de las instituciones, capaces de avalar la idoneidad y garantizar su viabilidad. Cabe pensar, por lo tanto, que de lo que desconfía este sector de la población no es tanto de la ciencia, que se sabe sometida a los naturales vaivenes, sino del papel de esos organismos encargados de verificar y homologar los fármacos. En especial, por parte de aquellos que están más distantes ideológicamente de quienes hoy dirigen las instituciones.

La España pandémica ahonda su desconfianza en las instituciones y entidades relevantes, alcanzando incluso a sectores, como la sanidad o los organismos científicos, que hasta ahora venían saliendo bien parados en los rankings de confianza. Podría pensarse que en un contexto de incertidumbre esto forma parte de la normalidad, pero es, precisamente, función de toda institución, intentar reducir ese margen de duda. Y de la sociedad, aprender a convivir con él.

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