Javier Krahe

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El soneto suele ser una prueba de fuego para los poetas. Su rima estrecha y su estructura fija retan la libertad de cualquier mundo personal. Hay que tener mucha energía lírica para no acabar corriendo con la lengua fuera detrás de las exigencias de los cuartetos y los tercetos. Sólo los autores más fuertes consiguen someter las rimas de la estrofa a su capacidad de mirar y decir la realidad. No se desnudan por exigencias del guión, sino que matizan, perfilan, eligen, imaginan, hasta ponerse o quitarse la ropa que ellos mismos quieren.

Javier Krahe acaba de editar Las diez de últimas, un nuevo disco que me confirma en mi admiración ante su intensidad lírica y su poder sobre las palabras. Las diez de últimas, La rebeldía es una forma de resistencia que necesita fundar un poder alternativo sobre el lenguaje, y eso es lo que hace el cantautor en cada una de sus canciones. Yo también encuentro en ellas “un inequívoco sentido satírico, provocador y crítico”, según afirmaba la sentencia judicial que lo absolvió de las acusaciones de ofensas a la religión por la famosa escena del horno y el crucifijo. Pero encuentro también un sedimento cultural, inteligente y civil, un fondo de libros, ciudades, conversaciones y palabras, que resulta muy extraño en el mundo feo, católico y cruel que soportamos.

El Centro Jurídico Tomás Moro lo demandó por la proyección en Canal Plus de una película, Esta no es la vida privada de Javier Krahe, en la que se recogían unas imágenes de una vieja grabación sobre la manera de cocinar un crucifijo y de mantenerlo tres días en el horno. No era la primera vez que el cantante se veía perseguido por los inquisidores. Su canción “Cuervo ingenuo”, cantada con Joaquín Sabina para denunciar las mentiras de Felipe González sobre la OTAN, desapareció del programa de Televisión Española en el que iba a emitirse“Cuervo ingenuo”. Las canciones y el pensamiento de Javier Krahe incomodan a los partidarios de un mundo domado. Negarse a la mordaza trae consecuencias y despierta la enemistad de los mandarines.

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En este nuevo disco se publica una canción, “Fuera de la Grey”, en la que el músico nos habla de sus relaciones con la religión. Es una pieza inteligente y honrada. No trata de sacar partido publicitario a un juicio ruidoso, sino de explicar con humor la incompatibilidad de su mundo (mujeriego, ilustrado, solitario) con los rebaños de las religiones. Pisa el suelo de las calles de Madrid, se repone de los ataques del inquisidor moderno y se mantiene alejado del Nirvana y de las praderas del simpático Manitú. Se mantiene también en su sofá, buscando palabras e imaginando historias que tengan poco que ver con las renuncias y las convenciones sociales.

Las diez de últimas no suenan a despedida, sino a apuesta rotunda por su propio mundo. Se apunta él mismo a su manera de ser, a la cultura y la ironía que lo han caracterizado desde los años 80 y los tiempos de La Mandrágora. Porque las estrategias de este provocador, repito, tienen que ver con un sedimento cultural que se hace evidente en los primeros acordes y las primeras palabras. La cuerda conserva, con una ironía sentida, el eco de la música de cámara renacentista y la poesía juega con las tradiciones. La canción que abre el nuevo disco, “Agua de la fuente”, cae sobre una de las referencias claves del simbolismo: el mensaje secreto de la monotonía del agua. Aquí no hay una verdad esencial que expresar, no hay dogmas ni certezas intocables, la palabra se instala en un tal vez que fluye para contar el deseo, las historias de amor, las contradicciones de la vida y las debilidades de uno mismo.

Javier Krahe acompaña su disco con una edición de El derecho a la pereza de Paul Lafargue, el histórico luchador marxista. Si convenimos en traducir –para no entrar en más debates– la pereza por el ocio, debemos aceptar que la degradación del tiempo de ocio es tan dañino como el desmantelamiento de la dignidad laboral. En el mundo zafio e injusto que nos cerca, Las diez de últimas de Javier Krahe invitan a sentir y pensar. Más que al grito de los rebaños nos llevan a la complicidad de sus miradas sobre las palabras bien puestas y las historias que merecen ser contadas.

El soneto suele ser una prueba de fuego para los poetas. Su rima estrecha y su estructura fija retan la libertad de cualquier mundo personal. Hay que tener mucha energía lírica para no acabar corriendo con la lengua fuera detrás de las exigencias de los cuartetos y los tercetos. Sólo los autores más fuertes consiguen someter las rimas de la estrofa a su capacidad de mirar y decir la realidad. No se desnudan por exigencias del guión, sino que matizan, perfilan, eligen, imaginan, hasta ponerse o quitarse la ropa que ellos mismos quieren.

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