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Juan Carlos, Julio Iglesias y el difícil arte de ser un sinvergüenza

El último comunicado de Casa Real pone de relieve que una de las facetas más creativas en la comunicación política es la adecuación de un mensaje para transformar sucesos negativos en favorables. Dicho sin tantos rodeos: utilizar el “cariño, no es lo que parece” cuando te pillan con los pantalones por los tobillos. Dependiendo del tamaño del estropicio y de la capacidad para encontrar eufemismos, fabular y directamente mentir, estas maniobras pueden resultar exitosas y conseguir que el protagonista salga indemne o fracasar y acabar por rematarle, sobre todo si se percibe que el escaqueo es monumental. Al sinvergüenza le interesa, por lo general, no parecer un sinvergüenza, salvo que precisamente su fama dependa de ello.

Hace unas semanas apareció Hey! Julio Iglesias y la conquista de América, un profuso pero entretenido ensayo escrito por el músico Hans Laguna que profundiza en la etapa más decisiva y apasionante del divo madrileño de la canción ligera. Contrariamente a lo que pueda parecer, Hey! no es un compendio de anécdotas hilarantes en torno a Julio Iglesias, una visión irónica de su carrera o una entregada biografía de un fan fuera de época, sino un trabajado estudio en torno a uno de los mayores fenómenos culturales de finales del siglo XX. El libro nos cuenta la historia de cómo un cantante de la España tardofranquista, ni de lejos el mejor o el más popular, consiguió saltar nuestras fronteras y convertirse en un ídolo de masas en el país gobernado por el reaganismo más conservador e hipócrita.

Laguna estudia la música de Iglesias, dándonos una visión mucho más profunda de lo que sus canciones en torno a amores, amantes y corazones rotos nos ofrecen en una primera escucha. Pero sobre todo nos ilustra el contexto alrededor del cantante y cómo este supo aprovecharlo para encarnar un estilo de vida triunfante, utilizando el amable fracaso sentimental y el llamativo exceso material. De cómo Julio acabó convirtiéndose para el norteamericano medio en aquel hombre al que ellos aspiraban a parecerse y ellas querían tener al lado, aunque fuera por una noche. Más allá, cómo la persona detrás del icono manejaba la percepción que se tenía de él y cómo era consciente de que no siendo más atractivo que el camarero que les servía —la declaración se la hizo a su manager en un restaurante—, pagar el rolls royce dependía de que todo el mundo pensara que sí lo era.

Hey! se disfruta aún no interesándote en absoluto ni la figura de Julio Iglesias ni su música, entre otras cosas porque es fácil encontrar otros simpáticos sinvergüenzas que han utilizado métodos similares para construir en torno a ellos un aura similar. ¿En quién estamos pensando? Pues ni más ni menos que en el señor que estos días se ha dado una vuelta por Galicia, ha asistido a las regatas y ha soltado desde un coche el ya antológico “explicaciones, ¿de qué?” seguido de una carcajada más propia de un estafador que de todo un rey emérito. Lo que Juan Carlos Borbón parece no entender, más allá de la troupe que le rodea, es que la España de 2022 no es la Miami de los años ochenta.

Si el anterior Rey tuvo una virtud fue la de representar para los españoles a un personaje ambivalente pero querido. Por un lado, el Juan Carlos ochentero contó con el crédito de haber detenido el Golpe de Estado, un suceso en el que su extemporánea aparición y cercanía con los militares sublevados nos indica, como así han atestiguado numerosos pero tardíos ensayos —quien escribía sobre esto, no hace tanto, acababa como un proscrito—, que su papel fue el de un observador interesado, en el mejor de los casos, que se situó en el lado correcto, el de la democracia, cuando no tuvo más remedio que hacerlo. Este golpe asentó a Juan Carlos en el trono, pero lo que le mantuvo con altos índices de popularidad hasta casi el final de su reinado fue su papel de alejamiento de la política partidaria, dotándolo de un aura de hombre cercano al pueblo pero alejado del poder, la ya épica y hoy ridícula campechanía.

Intuimos que alguna mente despierta aprovechó el espíritu de aquellos años para construir la imagen del rey con herramientas muy parecidas a las que Julio Iglesias utilizó para su triunfo americano

La leyenda reza que en España hubo un momento en que todo el mundo era juancarlista. Los ciudadanos de derechas eran monárquicos por naturaleza mientras que los progresistas se sentían atraídos por la imagen de modernidad y desenfado que aquel monarca descamisado ofrecía: igual te inauguraba unas olimpiadas que le tiraba fichas a Lady Di en Marivent. Intuimos que alguna mente despierta aprovechó el espíritu de aquellos años para construir la imagen del rey con herramientas muy parecidas a las que Julio Iglesias utilizó para su triunfo americano. Cada rumor en torno a las amantes y correrías reales no hacía mella en su popularidad, sino que la engrandecía. Si no me creen echen un ojo a la publicidad de fragancias masculinas de aquellos años y lo entenderán.

Sin embargo, lo que en un momento es virtud en otro se torna rémora y descrédito. Hay toda una generación de españoles, hoy recién jubilados, que contemplaron en su juventud las esperanzas de cambio que simbolizó el monarca, que en su adultez simpatizaron con su desenfado, pero que a partir del incidente de Botsuana en 2012 se cayeron del guindo. No han vuelto a verle de la misma forma porque no hay nada peor que la antipatía que genera el desengaño. El resto de las generaciones precedentes fuimos esas que, mientras intentábamos sacar la cabeza del agua entre dos duras crisis, pasamos del “Lo siento mucho, me he equivocado, esto no volverá a ocurrir” a la renuncia a la herencia de marzo de 2020. Es decir, que lo que para nuestros padres fue un desengaño, para nosotros fue, directamente, una burla en unos años extremadamente difíciles.

La ofensiva reaccionaria que soportamos parece querer cobrarse venganza por esta última década, decidiendo que la mejor manera de ayudar a Felipe VI es instrumentalizarlo, algo que tampoco parece haber disgustado al actual jefe del Estado. De esta manera su majestad no cuenta con la mayor virtud de su padre, la de poder interpretar a una figura cercana a la sensibilidad progresista del país, habiéndose convertido en un protagonista de parte, algo sumamente peligroso para una monarquía. Pero, además, arrastra la mochila que le dejó Juan Carlos, de la que sólo se desprendió en marzo de 2019, mes en el que aún era, junto a su heredera, beneficiario de la fundación a la que llegaba el dinero saudí: el espectáculo de Sanxenxo no ayuda a olvidar. A Felipe VI, que una vez sonrió mientras Almodóvar le cantaba el cumpleaños feliz, Vox y el PP le han hecho un traje gritando su nombre enardecidos desde la tribuna del Congreso.

Un rey no lleva corona por la gracia de Dios, por la sangre real, por ninguna constitución, ni mucho menos por la voluntad popular. Un rey lleva la corona porque es funcional a las necesidades de determinados poderes, los señores feudales otrora, los que manejan la economía hoy. Les vale como arbitrio, como representación e incluso como parapeto. Una ficción conveniente cuya última naturaleza es aportar estabilidad. Cuando deja de hacerlo esa confianza se difumina y el rey cae. Le pasó a Alfonso XIII, cuando su cercanía con la dictadura de Primo de Rivera le incapacitó para sobrevivir al cambio de régimen. Le pasó a Juan Carlos I, cuando se le fue de las manos su equilibrio entre el truhán y el señor. Le puede pasar a Felipe VI, por razones más parecidas a las de su bisabuelo que a las de su padre. Mientras, los que no tenemos trono, linaje, ni corona, seguiremos cantando aquello de La vida sigue igual.

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