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La posibilidad y el contexto

El par de capítulos disponibles para ver en España de La ciudad es nuestra valen, de lejos, para hacerse una idea de qué es lo que nos quiere transmitir en la última serie del preciso e implacable David Simon: no sólo una historia sobre policías corruptos en un Baltimore arruinado por la globalización, sino sobre todo la imposibilidad de resistirse a esa corrupción, a esa maldad cotidiana, porque es el contexto socioeconómico quien la provoca. Claro que en la serie hay contrapuntos decentes, que intentan poner algo de honradez entre la violencia y los escombros, lo que sucede es que, sencillamente, son inútiles porque son muy pocos y están demasiado aislados: no hay soledad más dolorosa que la impotencia del bien.

Existen puntos de los que hay que alejarse a toda costa, sobre todo porque son de no retorno: una vez cruzada esa línea no hay vuelta atrás. The Wire, la serie con la que Simon se consagró como un cronista de los Estados Hundidos de Norteamérica, se estrenó el 2 de junio del año 2002. Dos décadas después, el reflejo de lo que se contaba entonces y de lo que se narra ahora es exacto: las calles son las mismas, los delincuentes los mismos, la violencia la misma, la abnegación ante el desastre, igual. Eso es lo que verdaderamente conmueve de La ciudad es nuestra: salvo los modelos de móviles, nada ha cambiado entre el Baltimore de 2002 y 2020. Generaciones perdidas en una guerra no declarada del capitalismo contra todos.

Es el contexto quien marca las posibilidades y, por fortuna, España dista miles de kilómetros de Baltimore, no sólo geográficamente, sino también como proyecto de sociedad. En la ciudad norteamericana no se puede elegir, en este país sí. La diferencia, de hecho, no la marca la suerte, sino un sistema político que no ha cedido ante las embestidas del neoliberalismo, realmente una ciudadanía que ha respondido en la calle y en la urnas cada vez que alguien ha tenido la tentación de quebrar nuestro Estado del bienestar. Se han perdido unas cuantas batallas, se ha retrocedido en muchos aspectos, pero en lo fundamental hemos resistido. Hasta ahora.

Y el hasta ahora viene porque las cosas, por desgracia, han cambiado. Muchos apostamos porque, tras la pandemia, debía surgir un espíritu del 2020 que, a semejanza del espíritu de 1945, volviera a situar en el centro todo lo que importa: salud, educación, vivienda, trabajo y energía deberían quedar exentos de un arbitrio del mercado que más que impulso ha sido caos. Se han dado algunos pasos tímidos, incluso desde la UE, pero el clamor de lo que demostró el coronavirus, que lo público es esencial para defendernos de la contingencia, no se ha convertido en inercia incontestable. Por el contrario, precisamente para evitar el fin de la venganza conservadora contra el siglo XX que se inicio en los años 80, una ola reaccionaria se ha hecho patente y poderosa.

Esto, y no otra cosa, es lo que nos jugamos en este próximo año y medio: permitir que este cambio tenga carta de posibilidad o, por el contrario, hacerlo imposible mediante una restauración reaccionaria.

El hilo que va desde Vox hasta Isabel Díaz Ayuso, desde las cartas de militares que pedían "fusilar a 26 millones de hijos de puta hasta el presidente de Iberdrola riéndose de “los 11 millones de tontos”, lo que une los asaltos ultras a los ayuntamientos con los comisionistas que los asaltan por otras vías, lo que comprende que se eliminara a una cúpula del PP hasta que se espiara al presidente del Gobierno, es precisamente esta conjunción de intereses y voluntades para impedir que nuestro país cambie hacia un rumbo social, justo el que algunas partes de nuestra Constitución recogían: el que toda su riqueza esté subordinada al interés general. Esto, y no otra cosa, es lo que nos jugamos en este próximo año y medio: permitir que este cambio tenga carta de posibilidad o, por el contrario, hacerlo imposible mediante una restauración reaccionaria.

Por esto, por la enorme importancia histórica del momento, por llegar al menos a este punto donde lo deseable se encuentra con lo posible, era fundamental que la izquierda supiera adaptarse a este nuevo contexto. Algo que sucedió de una manera natural: una vez más el contexto delimita las posibilidades. Que Yolanda Díaz se convirtiera desde el año 2020 en una figura de importancia creciente tuvo que ver con su papel ministerial: junto a los sindicatos fue quien armó el principal escudo contra los efectos perniciosos en la economía de la crisis pandémica. De ahí al SMI. De ahí a la reforma laboral, una que lleva, en su haber, 800.000 contratos indefinidos. Efectivamente, como algunos veníamos contando desde hacía unos años, era el trabajo lo que definía el centro del proyecto político de la izquierda.

Ha sido este contexto el que ha provocado que una figura desconocida para la mayoría al principio de la legislatura se convirtiera en un referente: estar en sintonía con una época, vibrar en consonancia con las semanas y aspiraciones mayoritarias. No se trata sólo de que Yolanda Díaz fuera una buena candidata para la izquierda, eso es lo de menos, sino la oportunidad de revitalizar algo que llevaba mucho tiempo detenido: la fuerza del trabajo como vector de transformación, no sólo del propio ámbito laboral, sino de la sociedad entera. Esto no consiste simplemente en una indignación ante una quiebra, sino un cambio que se impulsa por lo que ya está sucediendo y no sólo por la promesa de lo que puede suceder. No estamos ante un momento de cambio, estamos ante un cambio de época.

Este proceso algunos lo llevamos contando desde que lo percibimos, desde ese momento en que los hospitales estaban llenos y nosotros permanecíamos encerrados en casa. Desde que en vez de ver gráficos sobre cómo desciende la temporalidad en el empleo, mirábamos los gráficos de la curva de contagios. Algunos también hemos contado, no sin algún disgusto, todo el clima de desestabilización y maniobras oscuras que se ha dado para evitar que la mayoría de la población perciba que la política sí puede ser útil. Pero, por desgracia, no ha sido lo único que hemos contado. También ha habido espacio, sotto voce, para las tensiones que se estaban acumulando no en torno a Yolanda Díaz, sino en torno a aceptar este cambio de época dentro del espacio de la izquierda.

A mitad de febrero publiqué en estas mismas páginas “Un horizonte al que dirigirse: memoria y futuro de nuestra izquierda”, casi una recopilación a su vez de otros artículos aparecidos hasta entonces, que expresaba una idea clave: la España del 2011 no es la del 2021. Aquello no era un análisis caprichoso, sino que venía provocado por el artificioso y perjudicial debate que se dio dentro de la izquierda en torno a la aprobación de la reforma laboral, realmente una excusa para tratar otras cosas. Uno que luego se ha repetido a raíz de la guerra en Ucrania como telón de fondo. Uno que se ha expresado en cada fricción por el funcionamiento interno en el Gobierno. Uno que ha llegado hasta la configuración de Por Andalucía y donde, una vez más, lo sustancial, lo que se discutía realmente, no era sobre esa comunidad y sobre esas elecciones, sino sobre la manera de cerrar el campo de juego al proyecto laborista que había echado ya andar a comienzos de la legislatura.

“Cuando tienes una gran necesidad de controlar el futuro, pero has perdido la capacidad para ello, una opción infalible es arruinarlo. Está claro que sufrirás daños, pero te aseguras de que los demás también: vuelves a tener el control”, escribí el pasado sábado, en medio de la resaca por la conformación de la coalición andaluza. Hoy me reafirmo en mis palabras. 

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